Dulce hogar
Capítulo 8
8
La noche del incendio Aníbal subió a su cuarto enseguida, dijo «buenas noches» con la boca pequeña y subió los peldaños de dos en dos. Se encerró con el pestillo echado, se encendió un porro que tenía hecho, se asomó a la ventana para que no se quedara el olor y estuvo hablando por videollamada con Alejandra, una chica rubia de pelo muy largo y ojos enormes y azules que iba a su clase. Habían empezado a verse fuera del colegio. No podía gustarle más y eso hacía que perdiera la noción del tiempo y no se diera cuenta del ruido que hacían. Su habitación y la de su madre daban pared con pared y, al rato, Cristina siempre le daba toques con los nudillos para que colgara, pero esa noche no ocurrió así. Cuando terminó la llamada y volvió el silencio a la habitación, la escuchó llorar.
No era la primera vez que sucedía desde que se habían mudado con sus abuelos, más bien era una constante. Sin embargo, los sollozos sonaban más que nunca y, pese a que llevaban días evitándose el uno al otro porque al final siempre acababan como el perro y el gato, decidió llamar a la puerta de su madre.
— Mamá, ¿estás bien?
Cristina dio un respingo, estaba tan mal que no pensó que su hijo pudiera alarmarse.
— Vete a dormir, Aníbal, mañana hablamos —contestó, intentando controlar la voz para no sonar afectada.
— ¿Ha pasado algo?
— No, no…
— Venga ya, déjate de tonterías. —Aníbal trató de abrir la puerta, pero su madre había cerrado el pestillo—. Venga, abre…, ¡mamá!, ¿ha pasado algo malo?, ¿me tengo que preocupar?
— No, no… De verdad…
Cuanto más reconfortantes querían parecer las palabras que pronunciaba Cristina, más evidente era que mentía. Esto, sumado al desagrado que le provocaba que no lo dejara entrar para hablar con ella en condiciones, le hizo sentir mucha impotencia y eso condujo a que sonase cada vez más brusco.
— Déjate de tonterías, es otra vez por papá, ¿no? Por eso llevas así tantos días… ¿Qué coño ha pasado? ¿Te ha hecho algo? ¿Te ha pegado?
— No, no…
— No me mientas, porque no soy tonto, ¿qué ha pasado va?
Aníbal bajó un poco la voz cuando se dio cuenta de que en cualquier momento podía salir su abuela y entonces sí que le iba a ser imposible sacarle a su madre el motivo por el que estaba así. Lo que no sabía era que Laura se había tomado una pastilla para dormir y estaba disfrutando de un profundo sueño. El chico forzó la manivela de la puerta para conseguir abrirla, pero no hubo manera. Su madre cada vez lloraba más en el interior. Sin darse cuenta, Aníbal replicó la actitud de su padre. Por mucho que quisiera ayudar a su madre, la forma de actuar era igual de violenta y conseguía el efecto contrario. Cristina estaba en la esquina de su habitación, tirada en el suelo hecha un ovillo, mientras él la increpaba e intentaba abrir la puerta de malos modos. Todas las veces en las que Tiago había hecho lo mismo se hicieron presentes y Cristina se desmoronó aún más.
— Vete… —suplicó.
— ¡No hasta que me digas qué ha pasado!
— Por favor.
— Es que eres idiota, mamá. No te das cuenta de que sigue jugando contigo, de que te trata como una mierda. No le importas nada, no le importamos ninguno de los dos. ¿Te ha amenazado?, ¿te ha pegado?
— ¡No! Ya te lo he dicho.
— ¡No, claro! Como si yo me chupara el dedo. Estoy cansado ya de vuestros juegos y vuestras gilipolleces… De que pienses que no me entero de nada y…
— Estoy embarazada —lo interrumpió Cristina antes de romperse de nuevo.
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