Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 55 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 11

11

Pese a que necesita un buen repaso, el porche cubierto de la casa de Laura, rodeado de árboles, parece un verdadero oasis. Julia está sentada en un sillón de mimbre mirando al monte. Las vistas son muy parecidas a las de su casa, salvo porque su vecina tiene en el jardín árboles muy altos que rompen la vista de muchas zonas del monte. De refilón, también se ve el lateral de su vivienda. Mientras espera a Laura, observa las malas condiciones de la parte de abajo de la parcela que, entre otras cosas, tiene la valla vencida. Así que por ahí se puede entrar con facilidad. No entiende cómo viviendo sola no se muere de miedo. Laura sale con una bandeja en la que lleva té y un platito con galletas. Junto a ella viene su inseparable perro Pepe, que va directo a la parte baja del jardín.

—Ya sé lo que me vas a decir, pero son de avena integral, seguro que te gustan.

Le ofrece una taza de té.

—Siento mucho haberte hecho llorar. Me he enterado hoy cuando ha venido la Guardia Civil para preguntarme si sabía algo sobre los vecinos o había visto algo extraño en su casa estos días pasados. Ellos me lo han contado, yo no sabía nada. En un principio no pensaba mencionártelo, me daba mucho pudor porque apenas nos conocemos, pero con lo amable que has sido conmigo desde el principio, quería que supieras que lo siento en el alma y que aquí me tienes para lo que necesites.

La mujer vuelve a emocionarse.

—Muchas gracias, bonita, quién me iba a decir que tendría tan buena

suerte con mis vecinos, con todo lo que hay por ahí, madre mía… No sabes cuánto agradezco lo que me dices. Me hubiera gustado no haberte mentido el primer día diciéndote que mi marido había muerto y no habíamos podido tener hijos. Pero por la manera en que me mirabas y al no decirme nada me di cuenta de que no lo sabías, y en ese momento no fui capaz de contarte la verdad. Así de primeras es algo complicado… Fue estúpido por mi parte pensar que no ibas a enterarte tarde o temprano.

—Lo entiendo.

—Me chocó mucho que no lo supieras, cuando vi que estaban construyendo, pensé que lo sabríais o que os lo habrían contado al comprar la parcela.

—Eso lo gestionó todo mi marido y que yo sepa no se lo contaron o, al menos, no me ha dicho nada…

—Con lo listos que son, igual no querían arriesgarse a que os echarais atrás. Tampoco quise hablar de ello para no asustarte, aparte de que entenderás que me resulta muy doloroso…

—Perfectamente. No me lo puedo imaginar. Siento si…

Pepe empieza a ladrar como loco. La anciana se levanta.

—¡Pepe, para ya, no molestes! ¡Ven o te meto dentro, vamos! Perdona —

le dice a Julia—. No es culpa tuya, es solo que no es agradable. Tampoco es algo de lo que esté orgullosa. Además, menuda historia para darte la bienvenida, ¿no? —bromea con su eterna sonrisa, esta vez con gusto amargo, y ofrece una galleta a Julia. Después se queda mirando al horizonte y continúa—: Mi hija siempre fue una bala perdida. Nos llevábamos como el perro y el gato, pero porque nos queríamos mucho. Éramos muy iguales y por eso chocábamos; cuando tengas hijos, lo sabrás. —Laura da por sentado que los tendrá y consigue emocionar a Julia, que escucha atenta su historia

—. Se fue de casa muy joven y se casó al poco tiempo con Tiago, un

portugués mayor que ella que conoció en Tarifa. Un nómada encantador, pero que no tenía los pies en la tierra. Fueron padres enseguida y, como él no tenía un trabajo fijo, la convenció para dejar la carrera e ir de aquí para allá, sin llegar a tener nunca un hogar ni un trabajo estable para formar una familia en condiciones. Yo se lo repetía para que entrara en razón, les ofrecí nuestra casa incluso, pero eso fue en mi contra; no querían estar cerca de nadie que les recordara que se estaban equivocando. Al final se compraron una casa en Lisboa, cerca de los padres de él. Vivieron allí una década aproximadamente, pero unas Navidades lo echaron del trabajo que tenía de temporero y eso hizo que él perdiera los papeles. Por lo visto la situación se hizo insostenible y Cristina me llamó, porque quería distanciarse de su pareja, para ver si ella y el niño podían quedarse en casa una temporada.

Esto fue unos meses antes de la desgracia, no llegó al año. En esa época nuestra relación con ellos era poco más que cordial, apenas habían venido a visitarnos, pero a mi marido y a mí nos pareció una buena idea. Queríamos pasar más tiempo con ella y, sobre todo, con nuestro nieto Aníbal, un adolescente al que apenas conocíamos. Me había perdido tantas cosas…

Además era un buen momento: mi marido estaba enfermo y era una forma de que me echaran una mano y de que pasáramos un tiempo juntos y se despidieran de él en condiciones. De recuperar el tiempo que habíamos perdido, vaya.

»Al principio nos organizamos muy bien, fue bonito ver a mi hija en casa conmigo y con su padre, disfrutando de las pequeñas cosas como años atrás.

Cuidábamos juntas de él y del jardín, nos divertíamos mucho los tres decidiendo qué flores plantar y dónde. Fue una etapa preciosa. Con un poso agridulce por cómo se había dado todo… pero bonita. Con los años aprendemos a valorar los esfuerzos de nuestros padres y creo que a ella le pasó eso. —Julia asiente para sus adentros al pensar en su madre—. Me lo

dijo una noche de verano que nos quedamos aquí charlando, había viajado tanto que olvidó quién era. Estar juntos de nuevo nos vino muy bien a todos. Mi nieto Aníbal también parecía estar contento, se integró de maravilla en el colegio y se pasaba el día fuera con los amigos, hasta que un día la jefa de estudios nos llamó para quejarse de su comportamiento. Lo que no nos imaginábamos es que ese sería el principio de todo lo que vendría después. Empezó a llegar cada vez más tarde a casa, apestando a tabaco y a porros. A veces venía borracho, incluso entre semana. No nos dejaban de llegar avisos del colegio para advertirnos de que faltaba mucho a clase y de que cuando iba siempre tenía alguna bronca con los profesores o con sus compañeros. Cristina estaba muy preocupada y recurría mucho a mi yerno, que se había comprado un camión y trabajaba como transportista para distintas empresas por toda España. Él no llevaba nada bien la distancia que había tomado su mujer y era la manera de aparecer por casa cada dos por tres. Así que cuando ella le contaba lo que hacía su hijo, le parecía normal y lo justificaba como «cosas de la edad». Pero Cristina estaba muy nerviosa y tomó las riendas rápidamente, yo creo que le asustaba la excesiva independencia y el espíritu condescendiente que demostraba su hijo, porque en el fondo se veía reflejada en él y no quería que cometiera sus mismos errores. Aunque yo creo que a la pobrecita también le preocupaba que los demás pensaran que todo era por su culpa, por haberlo hecho mal. Es algo que va implícito en todas las madres, ¡como si de nosotras dependiera el comportamiento de nuestros hijos! Pero da igual. Nosotras actuamos siempre como si fuera responsabilidad nuestra.

»Ella intentó acercarse a él con diplomacia, pero le fue imposible que la escuchara y que atendiera a razones. Si antes chocaban, después la situación se volvió insufrible, y lo mismo sucedía con Tiago, cuya relación con él se fue haciendo cada vez más áspera. Mi marido, el pobre, se enteraba de todo

y yo creo que lo estaba matando lentamente verlos así. Recuerdo una de las últimas peleas que presenciamos después de la última visita de Tiago. Fue terrible. Los dos estaban fuera de sí, Aníbal la amenazó con largarse, le dijo que como no fuera más dura con su marido, él se largaría también a Lisboa.

Solo quería provocarla, estaba en un momento típico de la adolescencia en el que no soportaba a su padre, pero Cristina entró al trapo y le dijo que si eso era lo que quería, ya estaba tardando en marcharse. Dejaron prácticamente de hablarse y el ambiente en casa cambió de manera radical.

Por desgracia, no supimos ver lo que se estaba cociendo.

»Mi hija fumaba mucho, igual que mi yerno y mi nieto. Cuando estaban en casa, había colillas por todas partes… y en el jardín ni te cuento. Hubo un momento en que les prohibí que fumaran dentro porque a mi marido le sentaba fatal, el pobre se ahogaba y, además, apestaba todo a tabaco.

Cristina se había pasado al invento ese que dicen que no es tabaco, pero que es igual de malo y huele fatal, así que ella salía siempre fuera, especialmente cuando se quedaba esperando a Aníbal hasta altas horas de la madrugada, como dicen que hizo esa noche… —Laura cierra los ojos y hace una pausa con la cabeza inclinada hacia abajo, como si Julia no pudiera verla—. Creo que el resto de la historia ya la conoces… No pudimos hacer nada, cuando empezamos a oler el humo, ya era demasiado tarde… Nunca olvidaré… —La mujer vuelve a hacer una pausa y se le quiebra la voz—. Lo siento, no puedo seguir.

Esta vez Laura se tapa la cara con las manos y se mantiene así durante un minuto. Julia observa cómo tiembla sin saber bien si dejarla o intervenir afectuosamente. Las dos están en silencio hasta que, de pronto, se escuchan unos ruidos extraños dentro de la casa. Son los mismos gemidos que Julia escuchó la primera vez que vio a su vecina mientras la espiaba y que tan

mal cuerpo le dejaron. Ahora tiene la misma sensación. Laura se quita las manos de la cara, tiene los ojos rojos y llenos de lágrimas.

—Me temo que aún no te he contado toda la verdad —dice mirando seria hacia el interior de su casa.

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