Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 49 de 103

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Dulce hogar

Capítulo 5

5

Julia cada vez está más nerviosa y decide llamar a Pilu antes de que lleguen los agentes de la Guardia Civil. Necesita desahogarse con alguien y tal vez su amiga tenga alguna información que no hayan hecho pública todavía y que debería saber. Algo que sepa por algún vecino. Sin embargo, esta no responde a la llamada. Julia intuye que sigue enfadada, pero está segura de que el caramelito que le va a poner en la punta de la lengua hará que la llame en cuanto escuche su mensaje. Le deja un audio: «Pilu, sé que continúas mosqueada conmigo. Lo siento, metí la gamba, pero es que no estoy bien. Me están pasando muchas cosas desde que he llegado a la urbanización y estoy un poco superada por los acontecimientos. Por eso te llamaba; para contarte todo bien y disculparme. Además te necesito…, estoy muy asustada. No sé si te has enterado de que ha desaparecido una familia con sus tres hijos en la urbanización: pues son mis vecinos; viven en la casa de al lado. Estoy cagada porque he visto algo horrible, llámame, por favor».

Julia envía el audio y se viste para esperar a los agentes en el vestíbulo de entrada, de cara al monte. Desde ahí puede vigilar que el chico de la capucha no aparezca de pronto. Aunque quizá esté perdiendo el tiempo y todavía continúe en la casa de sus vecinos. Si es así, ella se encargará de que se lo lleven preso en lo que canta un gallo. Si pretendía desafiarla, se enteraría de quién era ella. Suena el telefonillo, comprueba que son los agentes y les abre la puerta de la calle. Candela baja las escaleras junto a su

ayudante Mateo y un agente de unos treinta y pico años con el pelo rapado y la cara llena de pecas.

—Gracias por llamarnos —la saluda Candela mientras se acerca—, vamos contrarreloj y cualquier detalle puede ser de gran ayuda.

—En este momento es crucial establecer si se trata de una desaparición forzada o una marcha voluntaria —añade Mateo—. Dice que ha visto a una persona dentro de la casa…

—Así es, pero hoy no. Fue ayer, después de hablar con ustedes.

—¿Y por qué no nos llamó? —le pregunta Candela.

—Pues…, verá, es que no le di importancia, creía que sería algún agente o familiar, pero después he pensado que igual era importante…

—Lo es —dice Mateo irónico.

—¿A qué hora lo vio? —la interroga Candela.

—Sobre las ocho de la tarde, ya estaba anocheciendo.

Por la manera en la que se miran los agentes intuye que a esa hora no debería haber nadie y que, por lo tanto, el chico no pertenecía al cuerpo.

—Pide a Paula que revisen las cámaras que funcionan por si hubiera alguna imagen —ordena a Mateo y después se dirige a Julia—. Le vamos a pedir una descripción detallada de la persona a la que vio, para eso ha venido Roberto. —El agente saluda con un gesto—. Pero antes ¿podría decirnos dónde lo vio y dónde estaba usted exactamente?

—Sí, claro. Síganme, por favor.

Julia cierra la puerta con llave y baja por el lateral de la parcela, seguida por los tres agentes, hasta el porche.

—Nosotros estábamos en el jacuzzi, mi marido había llegado por la mañana. Después de hablar con ustedes, yo estaba muy nerviosa y él me convenció para que nos diésemos un baño y me relajara. —Mateo tose intencionadamente, de manera jocosa. Candela lo atraviesa con la mirada

—. No me podía quitar de la cabeza lo que me habían contado durante la visita y, en un momento determinado, miré hacia la casa y me pareció ver una sombra. Algo similar a lo que vi durante la mañana en la misma ventana. Esa, la de la esquina. —Julia la señala con el dedo—. No me pareció que estuviera limpiando porque estaba quieto. Me quedé mirando, pues me pareció extraño, y vi cómo se acercaba al cristal hasta quedarse pegado a él. Entonces sorprendí a un chico con una sudadera y la capucha puesta.

—¿Tenía la luz dada en el interior?

—No, estaba todo apagado.

—Entonces a esta distancia, si dice que empezaba a anochecer y con los cristales ahumados, es posible que fuera alguna sombra o algún reflejo que le hiciera pensar…

—No, no. Estoy segura de que era un chico, lo vi perfectamente.

—Pero entiendo que le sería complicado, casi imposible, ver al joven con precisión —apunta Mateo, que le hace un gesto al otro guardia civil indicando que están perdiendo el tiempo.

—Sé quién es porque ya lo he visto más veces. —Los dos se miran extrañados—. Llevo días viéndolo en el monte mirando hacia aquí, sin quitarme ojo. En un principio pensé que me espiaba porque sabía que estaba sola, pero luego, al verlo dentro de la casa de mis vecinos, pensé que era un trabajador o familiar de Javier y Vanesa, no sé…

—¿Y no llamó a seguridad? —Candela se muestra extrañada.

—No le di importancia, no era más que un chaval que paseaba por el campo. No había hecho nada. Pero ahora estoy convencida de que estaba tanteando. Quizá vio que no estaban mis vecinos y decidió entrar, puede que haya tenido algo que ver con su desaparición.

Mateo la mira subiendo las cejas.

—No adelantemos acontecimientos —dice entre dientes, mirando a Roberto, que le ríe la gracia—. Una pregunta: su marido también lo vio,

¿verdad? Imagino que si estaban juntos…

—No, solo yo. —Julia nota cómo los tres agentes la miran llenos de escepticismo—. Estábamos abrazados, él miraba hacia ahí y yo a la ventana. Lo que les he contado duró apenas unos segundos, no llegó ni a un minuto y, cuando tuve claro que era el chico, avisé a mi marido, pero al ir a comprobarlo, ya había desaparecido —miente para borrar el escepticismo en la mirada de los agentes.

—Entiendo que esto puede confirmarlo él —continúa Mateo.

—Por supuesto, pero no está en casa. Ha tenido que marcharse, una urgencia… Es piloto y debe cubrir hoy a un compañero que ha dado positivo en covid. Pero ya saben dónde pueden encontrarlo…

—Cuando quieras, Roberto —interviene Candela, amistosa, para cortar la tensión que flota en el ambiente—. Es importante que se concentre. Esto nos servirá en un primer momento para descartar gente que tenga acceso a la vivienda, como algún familiar. En ese caso, comprobamos que tenga una buena coartada para descartarlo rápidamente y que no nos robe tiempo de la investigación principal.

El agente se acerca y le pide detalles de la fisonomía del chico. Por suerte Julia lo había visto muy de cerca cuando tuvieron el encontronazo en la valla de su casa e intentó que lo dejara entrar. ¿Y si todo el juego sexual era una excusa para que le abriera y por eso cuando ella se negó, se puso hecho una furia? No obstante, no les cuenta ese episodio: en realidad no añade ningún dato nuevo que pueda tener relación con sus vecinos; ya solo por haber entrado en una casa donde habían desaparecido los propietarios tenían motivos más que suficientes para detenerlo. Cuando Roberto termina

de hacer preguntas, separa el lápiz del folio y se lo enseña a Julia, que siente un escalofrío nada más verlo.

—Es él, sin duda —dice completamente pálida.

Candela y Mateo se acercan entonces y, cuando lo ven, ambos se miran perplejos.

—Está de coña, ¿no? —le pregunta Mateo.

Ella niega con la cabeza. Entonces interviene Candela, cauta:

—Julia, este es el parricida. El joven que quemó a su propia madre.

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