Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 2 de 103

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Dulce hogar

Parte I

I

Hogar:

Domicilio habitual de una persona y en el que

desarrolla su vida privada o familiar.

Fuego encendido en este lugar.

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DÍA 1

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1

Hoy es el día, a partir de este momento su vida cambiará para siempre. Lo sabe perfectamente y no lo puede desear más. Le ha costado mucho, pero igual que le sucede con todo lo que se propone. Lo ha conseguido. Hace dos semanas desde la última vez que estuvo ahí, apenas catorce días desde que saboreó por un instante la miel de la felicidad. Aquella mañana hicieron el camino en coche como dos niños pequeños a punto de descubrir el país de Nunca Jamás. Mientras conducía, su marido estiraba el brazo para entrelazar los dedos con los suyos. Sus miradas se cruzaron y, en lo que dura un parpadeo, se declararon su amor. Por fuera la casa seguía igual que las últimas veces que habían visitado la obra, pero antes de abrir la enorme puerta pivotante de acero, Rubén le pidió que se diera la vuelta. Después le tapó los ojos con las manos y la giró. Cuando Julia vio cómo había quedado todo, le empezaron a caer lágrimas de felicidad. Al final del día, al regresar al piso en el que vivían de alquiler hasta que se pudieran mudar, las lágrimas volvieron a descender por su rostro, con la diferencia de que esta vez lloraba a mares y sin ningún consuelo.

Las alertas saltaron días antes cuando se le empezaron a hinchar el vientre y los pechos y se mareaba cada dos por tres. Se decía a sí misma que igual era por algo que había comido, que estaría engordando o que se debía al estrés que le suponía despedirse de su trabajo para siempre, más aún después de todo lo que acababa de pasar a nivel familiar, por mucho que fuera una decisión más que meditada. Pero no, la sangre era la prueba. Le había vuelto a bajar la regla, lo cual no era ninguna novedad, y esto

empezaba a hacer mella en la pareja. Aunque ya no se disgustaba de la misma manera, no dejaba de comer ni se pasaba una semana preguntándose por qué tenían tan mala suerte, si estaban siendo castigados por algo o si quizá era que no tenía que ser y significaba un aviso para que dejaran de intentarlo. No obstante, en el último año, ese dolor había pasado a otro estadio gracias a la ayuda del psicólogo al que visitaba cada miércoles, siempre y cuando no tuviera que trabajar, y que pensaba retomar cuando ya estuviera instalada en la casa. La construcción de la vivienda también había ayudado a relativizar la situación para que intentara no obsesionarse con el tema, quitarle hierro y buscar esa relajación de la que le hablaban cuando le contaban algún caso en el que finalmente habían conseguido ser padres una vez se habían olvidado de ello. Esa era su esperanza, llegar a ese momento, y aquel lugar era el idóneo para que sucediera. El problema era que Rubén había tenido que volar en el último momento y una vez más debía sobrevivir a las circunstancias sola.

Julia va recorriendo descalza las estancias con una sonrisa en la boca. El suelo porcelánico efecto hormigón ha quedado increíble, fue un acierto apostar por el gran formato aunque se gastaran un poco más. Al fin y al cabo ya se habían pasado con creces del presupuesto que tenían en un principio. Menos mal que se lo habían avisado y estaban preparados para afrontar todas las «sorpresas» que llegaron cada dos por tres. La casa se había construido en tiempo récord. Como alardeaba el constructor con su voz ronca, «en el mínimo posible para una casa que no es prefabricada», pero aun así había sido toda una guerra. Una eterna batalla. Solo de pensar en ello se pone enferma y no se lo puede permitir. Tiene que estar bien y con la mente despejada. Es consciente de que ahora viene la etapa en la que aparecerán los detalles mal rematados, los primeros desperfectos, las averías y demás «regalitos», pero tiene claro que no piensa verse superada

por ello. «Poco a poco y con buena letra», como le decía siempre su madre.

Es cuestión de prioridades y ahora las suyas ya no tienen tanto que ver con la casa, sino con ella misma y el sueño que se ha propuesto alcanzar: crear un verdadero hogar.

Después de un primer vistazo, le reconforta saber que, como le había prometido Rubén, todo lo principal estaba en orden y en su sitio gracias a la agencia de lujo que habían contratado para la limpieza de obra y mudanza, tan solo faltan algunas cajas por abrir, que ella indicó que dejaran tal cual, pero no tiene ninguna prisa. No quiere llenar la casa de todas las mierdas que se acumulan sin ningún filtro. Menuda suerte es que el trastero esté en el sótano para no tener que justificar por qué es incapaz de tirar todas esas cosas, que en su mayoría carecen de valor, incluso emocional.

A Julia le llama la atención el olor a limpio, espera que a su marido no le dé por fumar a escondidas, como acostumbra, y que en dos días huela todo a tabaco. Han hecho un pacto para que no fume como un carretero, pero, conociéndolo, ya le tocará llamarle la atención más de una vez. La pone mala que siga con ese hábito tan dañino y que luego tenga semejante obsesión con el deporte y se pase el día dando lecciones sobre salud, rutinas de ejercicios y nutricionismo. Aunque son esas contradicciones las que le gustan de él, que fuera responsable y canalla al mismo tiempo. «Al fin y al cabo, si no hiciera nada malo, qué aburrido sería todo, ¿no?», le decía Rubén guiñándole un ojo cada vez que los reproches subían de tono.

Mientras pasea por el enorme salón diáfano, separado de la cocina por dos enormes puertas de acero gris antracita y cristal, se deleita con cada detalle cuidadosamente elegido, como la carpintería exterior: la barandilla de cristal de la escalera y de toda la planta superior de la casa, desde donde se puede apreciar parte del salón y la espectacular vista del campo que hay enfrente, y la repisa de la chimenea, que es del mismo color que las puertas

de la cocina. Otro de los protagonistas de su nuevo hogar era el dorado. Le había costado convencer a su marido, pero luego él le reconoció que había sido una buena elección: la enorme lámpara del comedor, las de mesa, a cada lado del sofá modular colocado de cara a la cristalera, y los marcos de fotos y figuritas situadas de manera provisional por las estanterías daban mucha luz. Un aire sofisticado que contrastaba con el exterior brutalista en hormigón con madera muy oscura. Ahora lo mira y le gusta cómo ha quedado todo, hasta el último rincón parece sacado de un libro de arquitectura y decoración vanguardista.

Al llegar a la altura del sofá se deja caer en la chaise longue para contemplar el paisaje a través de la cristalera. El mismo suelo del salón continúa en el porche hasta llegar a una franja de césped artificial que rodea una piscina infinita de pizarra negra. En el extremo hay un jacuzzi, su capricho, aunque en realidad toda la casa lo es, incluido el terreno en el que está construida. Aquel cuadrado lleno de chorros de agua caliente representa el verdadero lujo que supone poder bañarse en cualquier época del año. Lo enciende desde la pantalla de un pequeño monitor fijo en la pared. Hay uno en cada habitación para controlar la iluminación, las persianas, la temperatura, los toldos y el jacuzzi. También sirve como telefonillo, con una cámara que permite ver quién llama. Esa misma tarde piensa estrenarlo para disfrutar del atardecer con una copa de vino, como le ha prometido a Rubén. Aunque con el calor que hace igual tiene que apagarlo antes para no derretirse. A él le han asignado un vuelo a Río y no ha podido cambiarlo para estar juntos ese primer día pese a que lo llevara esperando tanto tiempo. En un primer momento ella se negó en redondo, le dijo que ya se bañaría cuando estuvieran los dos, pero, al final, le prometió que lo haría.

—Quiero una foto cuando estés dentro. Y desnuda… —le había pedido

Rubén con una sonrisa picarona.

Le da rabia que se hayan retrasado con la entrega de la casa casi cinco meses; si hubiera estado a tiempo, no tendría ese sabor agridulce, pese a lo maravillosa que ha quedado y lo afortunada que debería sentirse. Pero no deja de estar sola y encima justo cuando acaban de pasar dos semanas del primer día de regla y en teoría se es más fértil. Se levanta de golpe para apartar de su mente todo pensamiento negativo. El chute de adrenalina que le produce esta nueva aventura vital le hace sentirse fuerte. Tiene la casa más bonita que ha visto en su vida, nunca se hubiera imaginado en un lugar así, e iba a formar una familia en ella. No pensaba parar hasta conseguirlo.

Da un par de pasos y pega la cara al cristal. A pesar de que ha llegado el mes de octubre, hace calor y parece que todavía es verano. Aun así, corre el viento y se nota en los cientos de árboles que llenan el campo y cuyas ramas se mueven sin parar. Sin embargo, frente a ella, muy cerca de la vivienda, hay una enorme encina que debe tener cientos de años, que permanece firme sin que se le mueva ni una hoja. Un árbol de tronco grandioso cuyas ramas apenas tienen hojas y que preside el lugar imponiéndose sobre el resto de ejemplares y la maleza.

Julia desvía la mirada hacia el monte, desde donde vislumbra varios caminos de tierra, pero no ve a nadie. A su derecha hay un par de chalets adosados con una pequeña terraza. Las contraventanas están cerradas y parece que estuvieran vacías. Entonces una pregunta la asalta: ¿habrá alguien en ese mismo momento que la esté observando? Vuelve a hacer otra pasada: vigila cada una de las casas que alcanza a ver, también los caminos, pero hay tantos arbustos y árboles, que le resulta imposible detectarlo. Esto la inquieta, quizá demasiado, y no le gusta la sensación extraña que le produce. Tiene un escalofrío. Un mal presentimiento. Se aparta de la ventana y sube resuelta las escaleras para ir a su habitación en la planta de

arriba, ya que la parcela está en pendiente y la casa estructurada de manera escalonada: arriba del todo los dormitorios con sus cuartos de baño; en la planta intermedia las zonas comunes: la cocina, el lavadero y la terraza con piscina, y en el sótano un gran cuarto de estar, el trastero y una sala de cine.

Cuando recorre el recibidor, en forma de U que une las habitaciones, vuelve a mirar hacia la cristalera doble que se eleva desde el suelo del salón hasta el techo, y al ver sin dificultad el exterior, es consciente de que lo que siempre le había parecido una fachada de cristal con vistas espectaculares ahora, de alguna manera, desde dentro, siente como un escaparate. Si alguien la hubiera estado mirando mientras caminaba por el salón, podría haber seguido sus pasos hasta donde se encontraba en ese momento.

Agiliza las zancadas y entra en el vestidor, donde nadie puede vigilarla.

Está acelerada, pero ¿por qué? Es absurdo. Se hace una coleta, se pone las gafas de sol, coge las llaves del coche y sale por la puerta. No puede permitirse que el miedo se apodere de ella ese primer día en su nueva casa, más aún cuando sabe que en unas horas tendrá que dormir sola.

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