Dulce hogar
Capítulo 20
20
Los pocos metros que separan la puerta exterior de su casa de la de sus vecinos se le hacen interminables. Julia siente que cada segundo que pasa es una victoria para Rubén y Vanesa, pero cuanto antes les demuestre que no es así porque se han pasado de listos, antes pasará página. Ha salido de su casa con esa convicción, pero, a medio camino, nota un temblor en el rostro y en la barbilla y tiene que parar un momento. Está llorando, no puede controlarse. La armadura que se ha creado en tiempo récord y de manera improvisada es de corcho y no la protege en absoluto. El dolor la ha traspasado: Rubén, su marido, el hombre que la hacía feliz —pese a que en ocasiones ella misma no hubiera estado a la altura, solo tenía que recordar cómo se había comportado con Aníbal— ha dejado de quererla. Ella ya no es su prioridad y, por tanto, tampoco querrá formar una familia. Su casa jamás será un hogar, si es que consigue que siga siendo su casa… Julia se siente mal y, sin previo aviso, tiene una arcada que le hace expulsar todo lo que tiene en el estómago. Aún inclinada, lo primero que piensa, ilusa, al observar su propio vómito es que ojalá fuera porque por fin está embarazada. Pero se teme que el verdadero motivo no tiene que ver con eso, sino más bien con el malestar que le han provocado los últimos descubrimientos y que han puesto su mundo patas arriba.
Se incorpora y se limpia la boca con la manga de la camiseta, que tiene remangada. Toma una bocanada de aire y retoma la marcha hasta que llega al telefonillo de la casa de Javier y Vanesa. Llama varias veces y aguarda.
Nadie responde. La esperanza de que estuvieran ocultos allí o de que
hubiesen vuelto después de que se fuera la Guardia Civil se desvanece. Tal vez la información que le ha dado el reloj inteligente sobre su geolocalización es errónea y al estar a tan pocos metros de distancia ha marcado el terreno entre ambas casas, quizá todo sea una confusión. Aun así mira a la cámara que tiene enfrente y se pregunta si no la observarán desde el interior mientras se ríen de ella. Pero ¿dónde están los niños y Javier? La incertidumbre y los celos hacen que le hierva la sangre.
Llama de nuevo y deja el dedo apretado en el timbre. Después de que nadie responda, decide entrar. Se dirige hacia el lateral opuesto al de su casa, estira los brazos y se agarra a las placas de hierro oscuro que forman la parte superior de la valla y trepa hasta que consigue subirse al muro enfoscado en blanco. Pasa primero una pierna, después la otra y salta dentro de la parcela. La altura es mayor de lo que esperaba. Como el terreno está en pendiente, la parte que da a la calle es más alta, y la distancia, mayor.
Aun así ha caído bien y no se ha hecho daño. En la parte delantera hay dos ventanales verticales desde donde ahora mismo podrían estar viéndola. Julia se esfuerza en descubrir si la observan en ese momento, pero los cristales oscuros se lo impiden.
Camina decidida hasta un camino de escaleras que conduce hasta la puerta principal. Cuando pone el pie en el primer escalón, una alarma empieza a sonar. El ruido ensordecedor casi le provoca un infarto. Han debido de instalarla esa misma mañana. Julia no se mueve y mira hacia los lados, como si fueran a salir policías de todas partes para detenerla. Este pensamiento le hace pegar un respingo y darse la vuelta para salir por la puerta de acceso principal y volver a su casa lo más rápido posible.
Cierra la puerta de la valla exterior y se deja caer apoyando la espalda hasta terminar sentada en el suelo. El corazón está a punto de salírsele del pecho y le cuesta respirar. Siente ganas de llorar, pero un impulso le hace
girar la cabeza hacia la casa de sus vecinos. Los cristales de las ventanas de las habitaciones de la planta alta también están tintados, y, aunque no pueda saber si hay alguien al otro lado de la ventana, tiene la convicción de que así es y de que está siendo observada.
Se levanta deprisa para entrar en su casa y llorar a solas cuando da una patada a algo sin darse cuenta. Baja la mirada y se topa con un sobre igual al que dejaron en su buzón con el chupete dentro. Julia lo coge intrigada y camina a buen ritmo hasta la puerta principal de la vivienda. La prisa por saber qué contiene el sobre hace que, por primera vez, entre en su casa sin echar la llave directamente una vez dentro. Abre el sobre. Mete la mano y, cuando toca lo que hay en su interior, siente un escalofrío. Suplica que no sea lo que cree. Sin embargo, en cuanto lo ve pega un grito. Segundos después nota que le flaquean las piernas y que se precipita, sin poder evitarlo, al suelo.
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