Dulce hogar
Capítulo 8
8
Después del impacto que le ha producido enterarse de todo lo que había sucedido en el idílico lugar en el que vivía, de averiguar quién es el chico que protagoniza sus pesadillas tanto dormida como despierta, Julia pincha en el siguiente enlace, fechado un día después del crimen. Ahora quiere saber cuál es la relación de su vecina con todo esto. Laura le ha contado que lleva en esa casa toda la vida pero que no ha tenido hijos. Entonces ¿qué tiene que ver el parricida con ella? La noticia ocupa una página entera de la sección de «Sucesos» y está acompañada por un retrato de Laura. En él aparece frente a la casa de Julia en bata, cruzada de brazos y con el gesto desencajado mientras habla con unos agentes. Está cerca de su casa, con la fachada oscura, probablemente por las llamas, y de fondo el monte lleno de cenizas y de árboles quemados. En el pie de foto aparece escrito: «Laura Domínguez, la abuela del parricida y madre de la víctima, junto a los agentes que se personaron en el lugar del incendio». ¿Su abuela? Ahora entiende todo, Laura le ha mentido para obviar el tema.
Julia empieza a leer y se trata de una crónica de los hechos que acaba de conocer. El reportaje cuenta que Aníbal Caballero, el joven parricida, era un pieza y que Cristina, la madre, estaba de los nervios. Ella no podía más, porque se pasaba todo el día pendiente de su hijo, que siempre se metía en problemas. La tenía martirizada, según contaban algunas vecinas. Esa noche él se dedicó a beber y a fumar marihuana. Sabía que su madre le estaría esperando y subió hacia su casa desde el monte con una garrafa de gasolina. Ella, como hacía habitualmente, estaba fumando con los brazos
cruzados. Los dos se enfrentaron y él la roció con gasolina y le prendió fuego con su mechero. El texto, que es de un periódico de tirada nacional, menciona que los familiares no se despertaron con la bronca y que ya intervinieron demasiado tarde cuando las llamas habían acabado con su vida y con parte del entorno natural. El incendio se habría extendido y Aníbal, según citaba, sufrió también quemaduras graves.
Julia continúa leyendo más sobre el suceso. Las noticias que encuentra datadas en los meses siguientes ofrecen las novedades del caso hasta el juicio y se da cuenta de que el crimen en sí queda en un segundo plano para dejar paso a una cuestión que trae cola y que protagonizará los titulares de las siguientes crónicas: el asunto principal fue determinar el estado mental del chico cuando mató a su madre. Y esto, a su vez, hizo que se planteara un debate acerca de si los delincuentes con problemas de salud mental deberían permanecer en una prisión convencional o en un centro especializado en el que tratasen su enfermedad como era debido.
En uno de los artículos que revisa se explica que desde el punto de vista jurídico poco a poco se había llegado a la convicción de que las personas con enfermedades mentales merecían una respuesta sancionadora diferente a la de los criminales en su sano juicio. No debían ser castigados con una pena, sino con una medida de seguridad. El problema radicaba en que, por lo visto, muchas veces no se producía tal diferencia entre ambas sanciones y, en muchos casos, lo que cumplían era una verdadera pena de prisión.
Julia sigue buscando y localiza otra de las noticias en las que aparece Laura, un primer plano, con un gesto serio, y con un titular que dice: «Mi nieto no estaba en sus plenas facultades».
Al terminar de leer vuelve a fijarse en Laura: ¿cómo era posible que no se hubiera enterado en su momento? No hace tanto tiempo de esa imagen y le habían caído por lo menos diez años encima. Seguramente por el
disgusto, qué duro tenía que ser perder a una hija de esa manera y encima a manos de tu propio nieto.
En ese mismo instante alguien llama al telefonillo. Julia continúa de pie en el recibidor y tarda un suspiro en mirar por la pantalla. Alguien sale de espaldas del encuadre de la cámara. Sucede tan rápido que no sabe decir si se trata de un hombre o una mujer, quizá sea un repartidor.
—¿Sí? —Y después de unos segundos sin obtener respuesta—. ¿Hola?
Julia abre y esta vez no han tirado ningún paquete por la valla. Camina hasta la puerta exterior donde está el buzón y mira dentro: hay un sobre grande doblado igual que el que dejaron lleno de ceniza. No espera a entrar para abrirlo. Lo que encuentra le rompe los esquemas: un chupete rosa.
Julia nota un nudo en la garganta y los ojos se le empañan de lágrimas. No se puede ser tan cruel. Inevitablemente piensa en Paula y su marido y en cómo Pilu le dijo que iban a por ella por haber conseguido semejantes vistas.
Le parece una locura, pero, sean quienes sean, han conseguido su objetivo: incomodarla. Cuando demuestre a Pilu y a los guardias civiles que el pirómano es quien la está acosando, entonces pondrán cartas sobre el asunto. Tiene demasiados frentes abiertos. Si hace falta, escribirá una queja formal a la comunidad por acoso e instalará unas cámaras fuera que, además, graben lo que sucede en la entrada de la casa para presentarlo como prueba si se repiten las visitas. Arruga el sobre sin remitente y lo tira al cubo de basura que hay justo al lado, oculto tras un pequeño muro. Entra en su casa y deja el chupete en una balda del vestidor, para guardarlo como prueba por si tiene de nuevo problemas de credibilidad más adelante.
Después termina de prepararse, porque solo hay una manera de demostrar que no se equivoca respecto al parricida: tiene que ir a visitarlo.
OceanofPDF.com