Dulce hogar

Pablo Rivero · Capítulo 80 de 103

Páginas del PDF

Dulce hogar

Capítulo 10

10

Las palabras que acababa de pronunciar Aníbal habían dejado completamente confundida a Laura. Tenía que tratarse de un error.

— Hijo, qué dices… —respondió mientras rezaba para que no fuera más que un delirio de su nieto.

— Mamá estaba embarazada… —insistió el chico, que seguía mirando por la ventana—. Eso fue lo último que me dijo.

Laura presenció cómo una lágrima descendía por la mejilla en la que su nieto tenía las cicatrices de las quemaduras. Intentó que hablase más, pidiéndole que le contara la conversación que había tenido con su madre la noche que sucedió todo para saber si era cierto o no, pero él no abrió la boca.

Al llegar a casa, subió a la habitación de su hija, que permanecía prácticamente intacta. No había recogido ni tirado nada. Abrió el primer cajón de la mesilla que usaba Cristina junto a la cama, y sacó una agenda de piel marrón. Fue directa a la letra «G» y llamó a su ginecólogo. Le respondió la chica de la recepción, que le prometió darle el recado al doctor. Este le devolvió la llamada media hora después y, cuando Laura le contó el motivo por el que había contactado con él, el médico hizo un silencio antes de confirmarle que lo que le había contado Aníbal era cierto.

Ese fue el preciso momento en el que Laura decidió que no iba a seguir esperando de brazos cruzados a que se hiciera justicia. Si la policía no pensaba hacer nada, sería ella quien les daría su merecido, y ya sabía por dónde empezar.

Jacinto, el supuesto vigilante de seguridad de la urbanización, está asomado al pozo junto al chico. Va vestido completamente de negro y fuma, como siempre. Julia ya no tiene ninguna duda de que él es el hombre que intentó entrar en su casa las dos veces en que lo sorprendió. Pero ¿qué hacía junto a Aníbal? ¿Era otro interno del centro al que también habían contratado Vanesa y Rubén para librarse de ella?

Julia saca fuerzas, pero cuando va a hablar, escucha otra vez llorar a la bebé. Se la imagina en el suelo junto a Laura, pasando frío, suplicando entre llantos que sus padres la cojan. Aunque quizá Estrella solo es parte del gancho para tenderle una trampa y está ya, en ese instante, protegida y no en las condiciones que pasan por su mente de manera alarmista.

—Jacinto, por favor, sacadme de aquí. No sé lo que os habrán pagado por esto… ¿Tenéis que deshaceros de mí, es eso? —Escucha la risa del chico, pero no es suficiente para interrumpirla. Julia sigue hablando de carrerilla

—. De mí y de Javier, ¿verdad? Porque no ha sido él, ¿no? Era su dedo…

Son ellos, quieren marcharse juntos con los niños y borrarnos del mapa…

Escuchadme —dice cada vez más desesperada—. Tengo ahorros, puedo daros más de lo que os hayan prometido… Por favor…, no quiero meteros en problemas, os pago y me voy fuera…, a mi pueblo, donde sea… No tienen por qué saberlo. —Julia sigue dando argumentos y conforme más habla, más se da cuenta de lo absurdo que suena todo.

Hasta que llega un momento en el que se queda en silencio tratando de interpretar en sus miradas si puede albergar un ápice de esperanza. Pero no logra verlos con nitidez y, además, la forma hierática con que la mira el tal Jacinto tampoco ayuda a tener una pista. Entonces escucha una voz suave de fondo, cree que es Laura. Julia siente un fuerte alivio. Los dos hombres se miran y Jacinto desaparece de su campo de visión. Ella teme que hagan

algo a su vecina. La bebé sigue llorando. Entonces el chico se gira de nuevo hacia él y le dice:

—Hasta ahora, papá.

OceanofPDF.com