Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 1 de 198

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Milenio 3

Prólogo

Estudio Central de Radio Madrid, Cadena SER (1 de junio de 2002. 22.00 horas)

Debió de ser algo similar a lo que confiesan algunas personas: ECM, Experiencias Cercanas a la Muerte.

No vi el túnel de luz prodigiosa aunque ciertamente vi una luz roja, ni a unos seres lejanos que me enseñaban la palma de la mano indicando que aún no era mi momento de pasar a la otra orilla aunque realmente sí vi seres que las agitaban nerviosos indicándome algo con gran desesperación. Eran las caras aterrorizadas de Carmen, de los técnicos, de todo el equipo, mirándome con ojos como platos y queriendo hacerme comprender que se había borrado, esfumado, aniquilado todo el material con el que iba a empezar Milenio 3.

Era el primer programa. Y acababan de sonar los pitos de las diez: el momento en que teníamos que entrar al ruedo de las ondas.

«Esto no me puede estar pasando a mí», pensé notando que el corazón se me iba deteniendo poco a poco. «¡Con todo lo que habíamos preparado como introducción! ¡Si el programa entero se basa en eso! ¿Qué hacemos ahora?».

—¡Arráncate, Iker! ¡Arráncate ya!… —entendí leyendo los labios de mis compañeros al otro lado del cristal.

Previamente, unos dos minutos antes de esta escena de auténtico terror al menos para quien esto escribe, había llamado Antonio García Ferreras, el diré, para regalarme un «Estoy ansioso para escuchar tu inicio. Seguro que la cosa sale genial»…

—¡Que hables ya! —creo que expresó alguien desde el control como si fuese un mimo anunciando su inmediato suicidio.

Y pasaban los segundos, sonaba la sintonía de El dragón, de Vangelis —nuestra eterna cabecera—, y yo me había quedado tan mudo como una estatua íbera del siglo VI a.C. Por lo menos.

—¡Que el ordenador lo ha formateado todo!… —creo que decían en una zona de control que ya parecía el camarote de los Hermanos Marx ante la alarma desatada…

«O sea», reflexioné llevándome las manos a la cabeza, «que se han perdido los documentos de las conversaciones de pilotos, los sonidos, los saludos de… ¡Que se ha perdido todo!».

Tragué saliva, mirando aquella luz roja hipnótica que indicaba que estábamos en el aire hacía ya demasiado tiempo…

Ése fue el debut. Con más de un millón de personas al otro lado, aguardando.

Cincuenta segundos, un minuto, un minuto diez… y sólo se escuchaba el frenético piano de la sintonía. Entonces comprendí que mi gloriosa aparición como director de un espacio nacional en la SER había durado lo mismo que un suspiro.

—¡Haz algo, Iker! ¡Improvisa, por Dios!…

Creo que en poco más de un segundo vi imágenes de mi propia vida con total nitidez. Pasando como diapositivas muy rápidas. Por eso digo lo de las experiencias cercanas a la muerte. Quienes han estado entre este mundo y el otro y han conseguido billete de vuelta aseguran que pasa eso. En mi caso, era toda una experiencia cercana a la absoluta defunción profesional. Y me vi, repentinamente, con 17 años, haciendo autostop con mi amigo Lorenzo, debutando en una radio de un pueblo donde hacíamos un programa de misterios con el sol de la plena hora de la siesta. Es decir, sin audiencia. Y así, años. También me vi correteando, mochila a la espalda, entre los bloques y los descampados del Barrio de Absorción de la Uva de Hortaleza, de noche cerrada, para ir a una radio casi subterránea y, por supuesto, pirata. El único lugar donde nos dejaban ir a pelearnos con el micro. Un micro que, de algún modo, era igual que aquél, aunque ni era amarillo ni ponía SER… y quizá por eso no impresionaba tanto como el que tenía delante de mi nariz.

Me vi, como si hubiera entrado en una burbuja de otra dimensión, en once o doce emisoras, sin cobrar, a veces haciendo turnos para limpiar y mantenerlas. Como se hacía y se hace en las radios comunitarias y en la universidad: buscando la mínima oportunidad en los tablones de anuncios. De lo que sea… pero en la radio. Siempre en la radio.

Y vi también los rechazos, las sonrisas de medio pelo, la suficiencia de muchos profesionales que dijeron que a donde iba yo hablando de esas cosas tan raras, que me dedicase a otras más normales.

Y quizá tuvieran razón.

Todo eso lo vi en el piloto rojo, indicativo de que mi micro llevaba minuto y medio abierto, en conexión con cientos de miles de amigos que, estoy seguro, no estaban siendo partícipes de mi miedo y de mi angustia.

«Tantos años y tanto esfuerzo para esto», pensé. Y se me nubló la vista.

Pero también por un instante —el tiempo y el espacio son muy relativos en la desesperación— comprendí que era el momento, la ocasión tantas veces anhelada. Ya estaba bien de reírse de lo desconocido. Ya estaba bien de aguantar aquellos nefastos programas de televisión que habían copado el panorama mediático donde todo el mundo se burlaba de nuestros temas. Como si no hubiese una posibilidad de acercarse a lo que nadie cuenta con dignidad.

¡Ya estaba bien! Era el momento de dar un giro. Y hacerlo con ilusión, con ganas, con fe, con fascinación por cada descubrimiento, por cada palabra, por cada música, por cada sensación generada, comprendiendo que lo desconocido es muy amplio y ahí caben muchas cosas, enamorándonos de la historia, de la leyenda, de la conspiración, de las investigación sobre el terreno y, sobre todo, de la radio. El medio con más magia que el hombre ha creado para interactuar con el alma de sus congéneres.

¡Ya estaba bien!

Y entonces sentí que El dragón de Vangelis, nuestra sintonía, nuestra única bandera, me daba fuerza. Y las miradas de Carmen, de Katia, de Carlos y de los técnicos se fundieron con la mía. Como si fueran una. Como una señal. Porque todos habíamos dejado demasiado en el camino para estar ahí. Precisamente en ese momento y en ese lugar. Y no podía fallarles.

Buenas noches. Comenzamos hoy una aventura que creo que va a ser

francamente fascinante. Tengo ya el estudio en penumbra, el estudio con un

solo foco de luz, y les aseguro y les prometo que va a ser una hora

inolvidable… Hace mucho tiempo que Cadena SER no apuesta por un

formato de este tipo, un formato donde el periodismo riguroso es lo que va a

imperar… Se convierte el estudio central de Madrid en una especie de nave…

En esas primeras palabras, atropelladas en la línea de salida de un humilde programa de verano, ya había varios elementos familiares que han conformado nuestro pequeño mundo hasta el momento de escribir estas líneas. Tan cerca del programa número quinientos.

Exactamente así fue el bautismo de fuego de Milenio 3. Así despegó esa nave del misterio que en aquel instante se enfrentaba a un cosmos bastante incierto. Un universo que se ha ido iluminando gracias a la confianza de los miles de tripulantes que cada madrugada deciden subirse con nosotros en busca de nuevas aventuras, de nuevas ilusiones, de nuevos hallazgos que nos remuevan algo por dentro.

Exactamente a los dos minutos y medio la buena estrella, la que relumbra cuando uno más lo necesita, esa que siempre pone a prueba nuestra fe, hizo que, como por un milagro, apareciesen repentinamente los documentos que parecían haberse perdido en el Triángulo de las Bermudas. Las palabras de Iñaki Gabilondo, que fue nuestro padrino, nuestro maestro dando la alternativa en la difícil plaza del estudio Al, sonaron con más fuerza que nunca. Como una bienvenida.

Entonces presentí que nuestra suerte había cambiado y que llegábamos allí para quedarnos.

Creo que nunca lo había contado; ahora ya lo sabéis. Será nuestro secreto.

Nada ha sido fácil en estos cuatro años. Pero ha merecido la pena gracias a vosotros y gracias a la radio. Porque el verdadero misterio, el auténtico, el que supera con creces cualquier suceso insólito, es el que se ha ido forjando casi sin darnos cuenta. Esa sensación tan difícil de describir con palabras, esa que cuando llega la madrugada nos hermana. Esa que hace que nuestro corazón retumbe cuando salimos ahí fuera, al escenario, en el momento que decidimos aterrizar en alguna ciudad y vernos las caras. Esa que tú, tripulante de esta nave del misterio, conoces tan bien como yo, porque no sólo la hemos creado nosotros, sino que la habéis construido vosotros, aceptándonos como compañeros de viaje cada noche. Un viaje mágico al que auguro larga vida porque mientras siga existiendo un alma curiosa, mientras haya necesidad de conocer más, mientras siga habiendo amigos y amigas que comprendan que hay que ser humilde ante el eterno misterio de la vida, nuestra labor tendrá sentido. Y entonces, por mucho que cambie el entorno, la vida cotidiana, la política, el deporte, la crónica rosa, la economía o los sinsabores del duro día a día, la llamada seguirá ahí, como si fuera una señal enviada desde el confín de un cosmos lleno de secretos, como una ancestral invocación que conecta con nuestra sensibilidad más profunda.

Gracias de corazón por estos quinientos viajes rumbo a lo desconocido. Gracias por habernos ayudado a alcanzar el sueño que un día soñamos con toda nuestra fe.

Este libro esta hecho sólo con la idea de devolveros un poco de esa energía que nos habéis enviado cada uno de vosotros, desde cada domicilio, desde cada coche, desde cada trabajo, desde cada garita… No son sólo papel y letras. Es algo para guardar, para sentirlo nuestro, para que quede ahí siempre y no sean palabras arrastradas por el viento, porque estoy convencido de que lo que ahora tienes entre las manos no es sólo historias, casos, datos y enigmas, es mucho más. Creo que ahí está el espíritu mismo de nuestro programa, de vuestro programa, ese que hace que conectemos cada noche bajo la tutela de un noble Dragón que siempre vela por todos los milenarios.

Iker Jiménez