Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 4 de 198

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Milenio 3

Regreso a Amityville

Butch estaba muy nervioso. Y poco después de comenzar las investigaciones, la policía encontró en su habitación una caja con balas del mismo calibre que el rifle utilizado. Su teoría, hasta ese momento, se basaba en una historia simple: él no había estado presente cuando ocurrieron los crímenes. Pero Ronald DeFeo se desmoronó casi inmediatamente, como un castillo de naipes golpeado por el viento. No sabía qué decir y cómo explicar lo que había hecho. Muy pronto, la policía acabó de arrancarle una confesión que no dejaba lugar a dudas.

Había sido él.

Sin embargo, el verdadero problema no era hallar un culpable, sino una explicación coherente.

Durante el juicio, que comenzó el 14 de octubre de 1975, un año después de los hechos, Ronald DeFeo no negó los hechos. Aseguró, para espanto de los jueces, que ni la hora del crimen ni la forma de ejecutarlo fueron ideas suyas. Se las había dictado una supuesta entidad que lo dominaba y le obligaba a actuar. Algo a lo que Ronnie llamó «el verdadero amo de la mansión». El demonio, el diablo, Satanás, o quienquiera que fuese, le había obligado a cometer aquel crimen.

Por supuesto, durante el juicio hablaron los especialistas en psiquiatría. Pero éstos sólo añadieron confusión: unos aseguraban que Butch era un «neurótico con delirios paranoides», otros hablaban de una «personalidad disociada»; también se comentó la posibilidad de un síndrome de «doble personalidad» y de «esquizofrenia en grado máximo».

El proceso captó la atención de la población de todo el Estado, que permaneció atenta a la radio, la televisión y la prensa a lo largo del mes y siete días que duró la vista. El 21 de noviembre tuvo lugar la votación del jurado popular: doce votos a favor de la culpabilidad, ninguno en contra. Culpable de seis asesinatos en segundo grado, 25 años de prisión por cada uno, un total de 150 años de condena, o, lo que es lo mismo: cadena perpetua.

Hoy, Ronald DeFeo Jr., Butch, el homicida múltiple dominado por el demonio de Amityville, permanece encarcelado en el departamento correccional del Estado de Nueva York.

 

Regreso a Amityville

En 1979 se proyectó en las pantallas de cine de todo el mundo una película titulada Terror en Amityville. Una historia verdadera, de Stuart Rosenberg, basada en un libro de Jay Anson. En aquella película, el espectador presenciaba el siguiente diálogo protagonizado por el matrimonio Lutz:

KATHLEEN: Un chico mató a toda su familia aquí… ¿no es espantoso?

GEORGE: Sí, pero las casas no guardan recuerdos.

¿Las casas no guardan recuerdos? ¿Estamos seguros de ello?

Hay casas en las que desgraciadamente se repite una ecuación invariable: se produce un hecho luctuoso o criminal, y más adelante las personas que habitan en ese lugar denuncian fenómenos extraños. No entramos a debatir si son reales o no. Pero los denuncian. Y con frecuencia tienen que abandonarlas y no vuelven a ser habitadas. Son casas marcadas.

Regresemos al número 112 de Ocean Avenue.

La casa estaba vacía, pero poco después de aquellos crímenes fue alquilada por el matrimonio Lutz, George y Kathleen, con sus tres hijos. Y en este punto comienza una terrorífica historia que nada tiene que ver con enfermedades mentales y con procesos que puedan entenderse desde el ámbito científico convencional.

Al parecer, cuando este matrimonio alquiló la preciosa vivienda junto al río, no sabían que allí se había cometido una verdadera matanza. Lo supieron más tarde, cuando su mundo y su visión de la realidad se habían resquebrajado por completo.

Al poco de entrar en aquel lugar, comenzaron a producirse fenómenos de difícil explicación. Kathleen oía cómo la voz de su marido se distorsionaba y pronunciaba frases que, en realidad, no había emitido en ningún momento. Una voz profunda y amenazante hablaba desde distintos e indefinidos rincones e increpaba a los habitantes, diciendo: «¡Váyanse!» y «¡Fuera de aquí!».

Las mecedoras se balanceaban solas, los objetos de las repisas salían despedidos sin ningún motivo y se estrellaban contra el suelo, los jarrones se quebraban en mil pedazos, las puertas se abrían y se cerraban sin que una mano corpórea empujara los pomos… Kathleen Lutz dijo que había visto unos ojos inyectados en sangre en el interior de las habitaciones y que había voces que pronunciaban su nombre y que la perseguían por toda la casa…

—¡Kathleen! ¡Kathleen…! ¡Fuera de aquí!

La persistencia de olores fétidos repentinos obligaron a revisar todo el sistema de cañerías cuatro veces en un cortísimo espacio de tiempo. También aparecían enjambres de moscas o de polillas que se desvanecían misteriosamente. Y a veces podían oírse las voces de unos niños en el ático o en las habitaciones.

¿Eran imaginaciones suyas? ¿Estaban siendo víctimas de una gigantesca broma de mal gusto? ¿Qué estaba sucediendo?

La familia se puso en contacto con un sacerdote, el padre Mancuso, que acudió a la casa con la intención de «limpiarla» de supuestos espíritus y fuerzas maléficas. El padre Mancuso explicó así su experiencia: «Iba bendiciendo el recibidor y sentí frío. Realmente hacía mucho frío allí. Era muy curioso porque en la calle hacía un día precioso. Era invierno, pero no era normal que en el interior de la casa estuviéramos tan helados. Fui avanzando hacia dentro de la casa, con el agua bendita, limpiando los rincones, y escuché una voz raramente profunda, detrás de mí, que me decía: “¡Vete de aquí!”. Parecía que venía de todas partes, no de un punto concreto que pudiera identificar. Muy raro. Y sentí que alguien iba acompañándome, y allí, físicamente, no había nadie…».

El padre Mancuso todavía vive, y nunca podrá olvidar su entrada en la casa de Amityville. Él no creía en los fantasmas… pero admite que aquellas voces estaban allí. Y recuerda la experiencia como un hecho muy desagradable: incluso en el porche de la casa se podía notar esa presencia molesta y estremecedora.