Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 150 de 198

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Milenio 3

Golden Dawn

Cuando se iba a proceder a la ejecución, la gente de Jerez se enfrentó a las fuerzas del orden, porque sabían que aquellos hombres eran inocentes. El encargado de ajusticiar con garrote vil a los supuestos integrantes de La Mano Negra se llamaba Gregorio Mayoral, era el ejecutor de sentencias más diestro de España, decían, y al parecer se vanagloriaba de haber facilitado el tránsito a mejor vida a más de cien personas. Se le consideraba un hombre duro e implacable. Algunos aseguraban que en sus ejecuciones se ensañaba con los reos. En aquella tremenda ocasión, en Jerez, ante la mirada atónita de cientos de personas que sabían que se estaba cometiendo un crimen, Mayoral se atrevió a hacer una cosa que horripiló a la gente. Uno a uno, fue quitándoles las capuchas… Todos pudieron ver cómo los ajusticiados tenían los ojos fuera de las órbitas, las lenguas fuera, retorcidas y en una mueca casi burlona, los rostros desencajados… Un retrato del horror.

Pero hubo gente que probablemente sonrió: se había acabado con La Mano Negra.

Nos decía Manuel Ramírez López que hubo quien atacó al verdugo en el tren, que le arrebataron la pistola y el dinero que había cobrado por la ejecución, y muchos se negaron a compartir el vagón del tren con él. «Todo el mundo sabía que eran inocentes».

 

Golden Dawn

El siglo XIX fue una época apasionante en casi todos los sentidos: fue un tiempo de innovación tecnológica, de convulsiones políticas, de experimentación y revolución. También fue una época en la que proliferaron las sociedades secretas. En este caso, se daban dos tipos de agrupaciones características. El primero de ellos englobaría las hermandades de tipo político, muchas de las cuales eran herencia de las confabulaciones y conciliábulos de la Revolución Francesa. El segundo tipo afectaría a sociedades de tipo espiritual o místico o esotérico.

Era común, por ejemplo, que los intelectuales, los literatos, los sabios y los eruditos empezaran a reunirse en salones y tertulias. Desde luego, sus fines no eran delictivos, o al menos no lo eran directamente, sino indirectamente. La conspiración era el régimen fundamental de estas agrupaciones. Muchas de ellas quisieron instaurar gobiernos en la sombra, mientras que otras se entregaban al esoterismo y al ocultismo sin mayores intereses sociales.

Una de las sociedades secretas o discretas más interesantes es la Golden Dawn, donde se reunía la flor y nata de la intelectualidad londinense a finales del siglo XIX.

La Golden Dawn (The Hermetic Order of Golden Dawn) fue fundada en Inglaterra en 1888 por Samuel Mathers, William Woodman y William Wescott inspirándose en la Sociedad de la Rosacruz. El fundador decía tener contacto con los superiores desconocidos, que eran seres dotados de poderes sobrehumanos que suplantarían y conducirían a los elegidos de la raza humana a una formidable mutación. Este grupo practicaba la magia ceremonial, el ocultismo y las iniciaciones dentro de diferentes logias masónicas para obtener poderes y conocimientos secretos. Instruían a sus adeptos en el estudio de la cábala, de los misterios egipcios, la filosofía, el cristianismo místico, la alquimia, la astrología, la clarividencia o los viajes astrales. A través de estos estudios se suponía que despertaban en los iniciados los poderes ocultos que poseían. Sus estudios sobre las ciencias ocultas atrajeron a muchos intelectuales y artistas como William Butler Yeats, Florence Farr, Bram Stoker o Herman Hesse. Su organización jerárquica se distribuía en once grados, desde el neófito hasta el gran maestre. Entre sus juramentos, por supuesto, destacan aquellos que se refieren a la necesidad de no hablar de los secretos de la orden o con personas expulsadas de ésta, no copiar ni permitir copiar ningún documento sin permiso, preservar los trabajos de la ciencia divina, no degradar el conocimiento místico haciendo magia negra y mantener respeto por todas las religiones.