Milenio 3
Sangre y normas
En todo caso, Llorente hablaba de 340.592 víctimas del Santo Oficio registradas en España. De ese gran número, según Llorente, 31.912 fueron quemados en público. Pero la cuestión que aquí nos interesa no es cuántas personas fueron ejecutadas mediante procesos teóricamente legales. La cuestión es cuántas personas fueron «ejecutadas» mediante procedimientos paralelos, mediante el trabajo de La Garduña. No hay datos fidedignos de las «ejecuciones» que pudieron llevarse a cabo en otros ambientes patibularios y de las que no quedó registro alguno. Se asegura que La Garduña hacía esos trabajos sucios, esos trabajos absolutamente deshonestos incluso para los herederos de Torquemada.
Sangre y normas
En La Garduña se reproducían los elementos constantes que configuran toda sociedad secreta. Por ejemplo, la revelación de la existencia de dicha sociedad acarreaba la muerte. Era imprescindible la organización jerárquica y una obediencia ciega a los superiores, hasta el extremo de dar la vida por la causa si ello era necesario. Se trataba, por supuesto, de una organización piramidal: en su vértice superior se encontraban personajes que seguramente gozaban de privilegios sociales, pero en la base de la misma se encontraban individuos de la peor ralea, entre los cuales había brujas, alquimistas, embaucadores, pícaros, etcétera.
Pero una organización de control político y social, como La Garduña, necesitaba sobre todo de una cúpula solvente y que pudiera permanecer ajena a los crímenes que ejecutaban los malhechores: allí se encontraban gobernadores, jueces, alcaldes e incluso alcaides de prisiones o sacerdotes.
Salvador Ortega, uno de los pioneros de la Policía Científica española y colaborador de Milenio 3, nos explicaba cómo se estratificaba esta organización: «Como toda sociedad secreta, La Garduña estaba estructurada en niveles de distintos estatus. La Garduña establecía escalas concretas. Se entraba siendo aprendiz, que era el primer grado de iniciación. Entre los aprendices se encontraban los chivatos, los soplones y otras gentes de inferior categoría. Había también mujeres que eran admitidas en ese grado; se llamaban coberteras. Y éstas eran una especie de informadoras que sugerían dónde se tenía que entrar y atacar. El segundo grado es el que más se parece a la generación masónica y a toda la generación de las sociedades secretas: el compañero, le compagnon de la francmasonería, etcétera. Los compañeros eran los encargados de los robos y los encargados incluso de asesinar. El gran maestre era el que dictaminaba quién debía ser asesinado».
Salvador Ortega nos decía que en ningún caso se permitía que los miembros de La Garduña, postulantes o floreadores, los compañeros, en fin, atacaran o asesinaran sin una orden expresa del gran maestre o alguno de los ancianos superiores. Se trataba de una supervisión técnica estricta y que, en realidad, aseguraba la pervivencia de la hermandad. «Hay un detalle muy importante: entre los grandes ingresos de la congregación se contaba precisamente con la recaudación de “tributos” por protección. Es el mismo sistema de la Camorra y otras organizaciones mañosas».
En pleno siglo XVII el gran maestre de La Garduña establecía los grados de la hermandad muy nítidamente, describiendo al «gremio» de los aprendices y sus distintas categorías como chivatos, fuelles, soplones y coberteras, cuya principal labor era la vigilancia y seguimiento. Entre los compañeros, verdaderos brazos ejecutores, hombres y mujeres, se encontraban los floreadores y punteadores, es decir: los asesinos dispuestos con dagas o espadas. Una categoría específica parecía constituirla los postulantes, verdaderos extorsionadores que recaudaban los fondos necesarios a cambio de «protección», como una verdadera sociedad mañosa. Por encima de todos ellos estaban los maestros y los ancianos que adoctrinaban a los novicios e iniciados. En la cúspide, naturalmente, el gran maestre.
El gran maestre siempre permanecía en la sombra, dictaminando quién habría de ser la siguiente víctima. Bajo su mano se ocultaban las «escuadras de los garduñeros», siempre embozados y siempre dispuestos a dar el golpe mortal. Esas «escuadras» sembraron el pánico en ciudades como Toledo, Sevilla o Barcelona y, en ocasiones, cumplían misiones especialísimas, porque debían asesinar a un personaje relevante. Curiosamente, cuando las escuadras de garduñeros se deslizaban por las calles tortuosas de Toledo o Sevilla, los alguaciles no aparecían.
«La Garduña fue pionera en crear una especie de institución con el vínculo de hermandad en el que coexistieran hombres y mujeres a la vez», nos explicaba Rodríguez Bausa. Porque las hermandades eran bastante frecuentes, pero solían ser congregaciones masculinas y en muy raros casos femeninas o mixtas. «Que fuera una organización de hombres y mujeres me parece bastante insólito». Rodríguez Bausa nos hablaba de las coberteras pero añadía otro rango u otro grado que correspondía sólo al género femenino. «A ciertas mujeres se les otorgaba un título muy bonito que era el de “sirenas”. Estas “sirenas” eran las encargadas de conseguir información a través, de favores de tipo sexual, generalmente».
Es importante resaltar que esta hermandad se consideraba una congregación cristiana y piadosa, tremendamente devota. Una buena parte del dinero que se conseguía mediante la extorsión y el robo estaba destinada a pagar misas.
¿Hasta dónde llegó el poder de La Garduña? Lo que se sabe es que esta organización hacía gigantescas donaciones, incluso a la catedral de Toledo, al parecer. Ello seguramente fue motivo de escándalo, porque todo el mundo sabía qué tipo de individuos formaban la base de La Garduña: los más bajos fondos, los delincuentes, pícaros, asesinos, prostitutas, bandoleros, ladrones, asaltadores…
A pesar de la estricta jerarquización, en estas sociedades secretas también se daban disensiones y se producían conflictos internos que acababan por desestructurarlas y conducirlas a su final. En el caso de La Garduña, sus procedimientos condujeron a una espiral de violencia incontrolada. Incluso se acusó a esta hermandad de empezar a traficar con órganos y vísceras humanas. El fundamento de este negocio macabro estaba en la brujería, para la cual eran muy necesarios los restos humanos y la grasa y la sangre infantil. En torno a los siglos XVI y XVII, en Toledo o Salamanca —verdaderas academias de esoterismo, magia y brujería—, algunos aseguraban que se podía extraer la sangre del cuerpo, licuarla y volver a ingerirla fundida con placas finísimas de oro. La sangre, en ese mundo oscuro de la brujería, siempre fue un elemento importantísimo, no sólo como medicina, sino como un modo de acercarse a la mágica meta de los alquimistas: la vida eterna.
Así pues, La Garduña, ya descontrolada, empezó a convertirse en una sociedad de delincuentes dedicados al robo, el rapto y las sangrías de niños. Algunos infantes aparecían en las riberas del Tajo, destripados. Y la primitivísima prensa y las hojas volanderas hablaban de pánico y miedo social.
La Garduña tenía sus propios símbolos. Todos los integrantes —al menos los iniciados y los compañeros— lucían un símbolo de reconocimiento. Eran tres puntos tatuados en la palma de la mano. Esos tres puntos fueron utilizados después por otras sociedades, como la Camorra italiana o incluso la masonería. También se asegura que esos tres puntos son clásicos entre las personas que han estado en la cárcel, actualmente. En realidad, parecen los restos de una tradición clásica que parece vincular definitivamente los bajos fondos sociales a la estructura de La Garduña. Y esos tres puntos aparecían también en algunas piedras, marcando territorios.
En la última etapa de esta sociedad, ya bien entrado el siglo XIX, La Garduña cometió un error. Se encontró un libro donde se habían apuntado algunas de sus fechorías y algunos de sus secretos. Ocurrió en el año 1821, en la casa del gran maestre Francisco Cortina: allí se encontró un volumen en cuyas tapas se podía leer: «Libro mayor». A consecuencia de este hallazgo fueron juzgados y ejecutados en la plaza mayor de Sevilla muchos miembros de la sociedad. Los supervivientes huyeron al monte o bien emigraron a América del Sur: La Garduña volvió a aparecer en Brasil, en Perú, en Argentina y México.
Algunos de los miembros de La Garduña fueron procesados y ajusticiados. Se asegura que ciertos individuos pertenecientes a esta sociedad quisieron morir con sus capas de hermandad, luciendo los tres puntos característicos que también estaban tatuados en sus manos.
Francisco Cortina fue el último gran maestre de La Garduña. Hablamos de 1822. El 25 de noviembre de aquel año, Francisco Cortina, junto con dieciséis garduñistas, fueron ejecutados en Sevilla. Entre ellos había chivatos, guapos, apuñaladores, floreadores y punteadores. Dicen que los garduñeros, antes de morir en este gran proceso, destinaron todos sus tesoros a pagar sus propias misas. Y murieron al parecer con gran dignidad, sin temblar, estáticos, ante el respeto y el miedo del propio público. Salvador Ortega lo explicaba así: «Fernando VII se dio cuenta del peligro que representaba esa sociedad. Hubo un crimen, un estrangulamiento de una joven en Sevilla y, tras las pesquisas, se encontró un libro. Era una cosa muy rara, porque La Garduña no apuntaba nada, era totalmente secreta. Y en ese libro habían anotado la mayor parte de las últimas fechorías cometidas. Y aquella prueba fue suficiente para poder ajusticiar al gran maestre, que entonces vivía en Sevilla. Y fueron ajusticiados en la plaza mayor de Sevilla».