Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 154 de 198

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Milenio 3

Etnias malditas

«España, tierra de antiguo renombre, tierra de maravillas y de misterios».

George Borrow, La Biblia en España.

En los oscuros años de la profunda Edad Media, un grupo de músicos subía por las calles del barrio de Bozate, en el pueblo navarro de Arizkun. Eran rubios, altos y de ojos azules. Venían ataviados con extrañas capas y lucían, como un sambenito, una pata de oca prendida en la espalda o en los hombros. Ningún vecino deseaba cruzarse con ellos y, si se veían obligados, huían la mirada y el gesto ante aquellos apestados.

Cuando estas gentes marcadas acudían a la iglesia, debían entrar por una puerta distinta, especial y única… para los marginados, para los excluidos. En el interior del templo quedaban reducidos y separados de los vecinos, en lo más oscuro, en el fondo de la iglesia. Y cuando querían comulgar, el sacerdote les entrega la oblea con unas pinzas.

Eran los agotes.

 

Razas marcadas

Agotes, chuetas, vaqueiros de alzada, maragatos, hurdanos o nanos de Freser. Todos éstos, y otros muchos, son los nombres casi olvidados de pueblos y grupos humanos que sufrieron la exclusión y la marginación. Son los pueblos malditos de España.

Desde tiempos remotos, nuestro país acogió a diversas comunidades que fueron odiadas por el resto. Eran grupos humanos diferenciados que mantenían extrañas costumbres, enigmáticos saberes y que, en ocasiones, constituían hermandades fuera de la ley. Es la increíble crónica de una marginación.

Javier García Egocheaga, autor de Minorías malditas: la historia desconocida de otros pueblos de España, explicaba cómo la exclusión de estos grupos humanos no se reducía a un apartheid real en la comunidad cercana, sino que constituyó un verdadero ocultamiento desde el punto de vista histórico y político: «Descubrí que en este país había habido minorías que habían sido lapidadas también por la Historia y los tiempos. En primer lugar, habían sido proscritos; y luego, habían quedado apartados de la memoria de la gente, incluso. Hasta tal punto, que esas minorías apenas son conocidas fuera de los reducidos límites de los territorios en que fueron confinadas. Así, por ejemplo, la gente no sabe qué son los agotes de Navarra, los vaqueiros de alzada de Asturias o los pasiegos de Cantabria. Hemos olvidado que España tuvo un pasado muy turbio y que ese país homogéneo fue confeccionado a medida. Para conseguirlo, se depuró todo lo que se consideraba sangre impura, de una forma o de otra, y a las pruebas me remito».

Ha de entenderse que no se está tratando aquí de conflictos religiosos o políticos; la marginación de los judíos, de los musulmanes o de los cristianos —en Al-Andalus — es «comprensible» en un estado de guerra. De lo que nos estamos ocupando ahora —por eso es necesario explicarlo, porque es un asunto olvidado— es de grupos humanos concretos a los que se consideraba apestados. ¿Por qué? En algunos casos el fundamento estaba en sus orígenes territoriales, o en su aspecto físico, o en leyendas atribuidas, o en su relación con la Iglesia, o en la penuria económica, o en las guerras gremiales, o en supuestas relaciones con la magia y el mundo natural.