Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 118 de 198

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Milenio 3

El enigma de Cristóbal Colón

«Un piloto desconocido, quizá onubense o vizcaíno,

regresó de lejanas tierras, muy enfermo.

Fue acogido por Cristóbal en Porto Santo

y en agradecimiento le reveló el gran secreto

de ese mundo desconocido».

Juan Manzano y Manzano, El secreto de Colón.

Apenas unos años antes de la odisea de Cristóbal Colón, el geógrafo musulmán Al Idrisi, decía de aquel mar brumoso: «Nadie sabe lo que hay detrás, ni puede averiguarse, por las dificultades que oponen para la navegación las profundas tinieblas, la altura de las olas, la frecuencia de las tempestades, los innumerables monstruos y la violencia de los vientos». Y tan sólo un año antes del viaje colombino, otro geógrafo, Félix Faber de Ulm, escribía: «Más allá de Finis Terrae no hay nada. Sólo las aguas de un mar infinito, cuyos caminos nadie conoce sino Dios».

 

Un hombre envuelto en sombras

Más allá del fin del mundo, del Finis Terrae, se extendía un reino de tinieblas. Nadie en su sano juicio osaría emprender la aventura de cruzarlo.

Y, sin embargo, un hombre se embarcó en semejante locura en 1492. El lector imagina que conoce el nombre de ese almirante y podría asegurar que se llamaba Cristóbal Colón. Pero las cosas no parecen tan firmes. ¿Cómo llamarlo? Efectivamente, algunos autores no dudan en nombrarlo Cristóbal Colón, pero otros aseguran que su verdadero nombre era Cristóforo Colone y, finalmente, no falta quien asegure que se trataba de un tal Pedro Colom (Luis Ulloa, Universidad Nacional de Lima). La vida del más célebre marino de la historia de España es, en sí misma, un gran misterio. Sus principales biógrafos, incluido su hijo, plasmaron la obsesión del almirante de que no trascendiese ni su lugar de origen ni su procedencia exacta.

Respecto al nombre, nada es seguro y algunas coincidencias hacen sospechar incluso de la autenticidad de ese dato. Sebastián Vázquez, editor de la colección Arca de Sabiduría de la editorial Edaf, advierte que casi hay que suponer que aquel marinero se llamase así, porque muy bien podría haberse cambiado el nombre: «En la tradición cristiana, Cristóbal es aquel gigante que transportaba sobre sus hombros a los viajeros que deseaban cruzar un río; después les robaba o los ahogaba. Su conversión se produce cuando cruza al niño Jesús: es el famoso milagro de San Cristóbal». Hoy esta leyenda está prácticamente olvidada, pero San Cristóbal era un santo muy conocido y venerado en el Renacimiento. «Es muy curiosa la coincidencia», añade Sebastián Vázquez, «porque, como el gigante Cristóbal, el marino llevó el cristianismo de un lado al otro de las aguas. Y tiene el mismo nombre, naturalmente».

Los misterios sobre el nombre del almirante se oscurecen aún más al comprobar la extraña simbología de su firma: «Era una especie de X, y arriba había unas iniciales, separadas por puntos. Es una firma que hoy aún no se ha logrado descifrar», advierte Sebastián Vázquez. «Pidió a sus descendientes que siguieran utilizándola. Hay muchos que aseguran que detrás de todo ello había una especie de contenido… de ceremonia mágica».

Las investigaciones científicas e historiográficas más serias se entrecruzan con vehemencias patrióticas a la hora de decidir dónde nació el prodigioso aventurero. Si se habla de un Cristóbal Colón genovés —él lo afirmó—, habría que explicar por qué no escribió ni una sola palabra en italiano. Y más: cuando leía textos italianos, los anotaba en castellano. Se habla de un Colón barcelonés y de un Colón mallorquín, quizá de orígenes judíos. Desde luego, se habla de un Colón portugués e incluso de un Colón gallego. (Para completar la nómina, también se habla de un navegante en el tiempo). La mayoría de estas teorías apuntan su solvencia basándose en la toponimia y en las relaciones onomásticas y familiares, pero ninguna parece firmemente asentada desde el punto de vista científico. Y en ello tuvo mucha culpa el propio Cristóbal Colón, empeñado en mantener la oscuridad sobre su vida, sus conocimientos y sus actos, y convencido de que sus hijos debían mantener esos secretos bien guardados. Hay cientos de esculturas y retratos del almirante. Pero los historiadores afirman que ninguno es exactamente él.

No cabe duda de que este hombre oscuro era un gran marinero, seguramente versado en geografía y astronomía; probablemente se ejercitó en la piratería y estuvo al servicio tanto de los monarcas portugueses como de los españoles y de los genoveses. Algunas biografías lo consideran imaginativo, fantasioso, imprudente, aventurero, hábil, sagaz, taimado, avaricioso, envidioso, oportunista, diplomático o ingenuo. Seguramente era un hombre común y tal vez todas estas características se dieran en su vida en uno u otro momento.

Lo cierto es que, en un momento dado, este marinero asegura que puede cruzar el océano y llegar a las Indias Occidentales. (Colón murió creyendo que había llegado a las costas de China o de la India). Seguramente realizó propuestas a diferentes Estados (se da por cierto que sólo unos detalles impidieron que hiciera el descubrimiento bajo bandera portuguesa), pero finalmente se empeñó en que la Corona de Castilla sufragase los gastos. ¡Hasta los niños sabían que al final de ese mar tenebroso había monstruos y un mundo infernal! ¿Qué locura era aquella? Isabel y Fernando, los Reyes Católicos, rechazaron inicialmente su propuesta… pero algo hizo que variaran de opinión. De pronto, Colón comienza a recibir prebendas reales, se le nombra almirante de la mar Océana, se le adelantan cuantiosas sumas de dinero para preparar la travesía, se le entregan dos carabelas y una nao perfectamente pertrechadas —aunque no todos los marineros fueron de buena gana, especialmente los cuatro presos a los que se les obligó a embarcar—, se le asegura que recibirá un porcentaje altísimo de las riquezas que se hallen al otro lado del mundo y se le promete un virreinato. Teniendo en cuenta el pragmatismo propio de Fernando de Aragón (a quien el mismo Maquiavelo ensalzó en su famoso ensayo El príncipe) y de Isabel la Católica (más preocupada por la conquista definitiva de Granada, que por hipotéticas aventuras marineras), resulta especialmente extraño que concedieran tantas prebendas al osado marino.