Milenio 3
Dos expediciones
Nacho Ares, director de la revista De Arqueología, opina que esos dibujos «son tan ingenuos e infantiles que no recuerdan nada americano. Se salen del denominador común del arte precolombino. Cualquier persona con un mínimo de cultura arqueológica puede descubrir en las piezas mayas, aztecas, mochicas, etcétera, lo americano precolombino y en estas piezas del padre Crespi es difícil encontrarlo».
Sin embargo, se aprecian en las tablas alfabetos curiosos y, desde luego, falsificar en oro… es raro. «Falsificar en oro es raro», admite Juanjo Revenga, «pero con todas estas cosas siempre existe la posibilidad del engaño y aún más en países donde el lucro económico es un motivo esencial. Allí se puede matar por estas piezas, porque en muchos lugares la vida no vale nada». En opinión del realizador de La América insólita, de TVE, «con esto ocurre como con el chamanismo y otros asuntos parecidos: un 90 por ciento pueden ser mentira, pueden estar trucados o preparados, pero hay un 10 por ciento inexplicable. Y ya es bastante. Ya hay mucho en lo que trabajar».
El asunto de las tablas de oro, en fin, es muy controvertido y aunque la mayor parte de los especialistas desconfían de la verosimilitud de la historia del padre Crespi, aún hay quien defiende que algunas de esas piezas tienen algún viso de ser reales.
El padre Crespi murió hace algunos años y muy pocos han podido acceder a sus notas, a su legado y a la obsesión que tuvo este sacerdote por recopilar todo lo que tuviera que ver con la cueva de los Tayos.
Dos expediciones
A mediados de la década de 1960, un abogado de origen húngaro y asentado en Argentina, llamado Janos o Juan Moricz, viaja al Ecuador en busca de la mítica Biblioteca de Oro de los Tayos. Juan Moricz, en realidad, era un industrial minero y un contratista de obras. Por añadidura, realizaba negocios con los hallazgos arqueológicos que encontraba.
Este cazatesoros firmó un acta notarial en el despacho central de Cuenca (Ecuador). En ese documento parece sugerirse que el hallazgo fue casual, aunque el personaje invita a pensar que encontrar la cueva era un objetivo y no una coincidencia. Éste es el texto del acta: «Yo, Juan Moricz, ciudadano argentino por residencia, nacido en Hungría, pasaporte número 4361689, en la región Oriental, provincia de Morona Santiago, dentro de los límites de la República del Ecuador, he descubierto valiosos objetos de gran valor cultural y histórico para la Humanidad. Los objetos consisten especialmente en láminas metálicas que contienen probablemente el resumen de una civilización extinguida, de la cual no teníamos hasta la fecha el menor indicio. Los objetos se encuentran diseminados en distintas cuevas y son de la más variada naturaleza. He podido realizar el descubrimiento en circunstancias afortunadas: en mi condición de científico investigué aspectos folclóricos, étnicos y lingüísticos de las etnias ecuatorianas. Los objetos por mí encontrados presentan las siguientes características: 1. Objetos de piedra y metal de distintos tamaños y colores; y 2. Láminas de metal grabadas con signos y escrituras. Se trata aquí de una verdadera biblioteca metálica que podría acaso contener un compendio de la historia de la Humanidad como, asimismo, revelar el origen del hombre o dar noticias acerca de una civilización extinguida».
Moricz, al parecer, dio con ese enclave por la amistad que trabó con dos chamanes shuaras, que lo llevaron al lugar y le mostraron los presuntos tesoros.
Pablo Villarrubia Mauso, nuestro «último aventurero», nos explicaba que, a su entender, aquellas cuevas de los Tayos sí pudieron albergar algún tipo de tesoro arqueológico, pero en su opinión es probable que en la actualidad ya no se encuentre allí. «Quizá fue robado», concluye Villarrubia Mauso, «quizá hubo un pacto entre Moricz y los indígenas para trasladar el tesoro a un lugar más seguro. Y otros dicen que se ha escondido en otra cueva de la zona. Aquella es una zona con muchas cuevas, en las que se podrían ocultar esos objetos».
Moritz murió en 1991 en una expedición arqueológica, en los Andes argentinos.
La segunda expedición importante tuvo lugar en 1978 y fue dirigida por Stanley Hall. Este ingeniero escocés, en realidad, planteó una expedición arqueológica científica, a pesar de que fue el libro de Erich von Daniken lo que en principio le llamó la atención. Hall estuvo en contacto con Moricz, pero su sistema era academicista y cartesiano: estaba decidido a explorar todas las posibilidades de aquella cueva y zanjar la historia de un lado o de otro. Desde el punto de vista científico, como señala Chionetti, «fue una de las expediciones espeleológicas más grandes de la Historia».
Consiguió un buen registro de las cavidades de los Tayos, con un mapa preciso de su interior, estudió especies animales y vegetales, recogió pruebas geológicas y encontró algunas piezas arqueológicas de pequeño tamaño, sobre todo cerámicas.
¿Dónde estaba la Biblioteca de Oro?
En esta expedición, junto a un buen número de científicos y técnicos, iba el astronauta Neil Armstrong. Existen fotos que demuestran que el cosmonauta estuvo allí, en aquellas galerías. La cuestión es saber por qué. ¿Qué había llevado a Armstrong a aquel remoto paraje?
La historia de la singular peregrinación del astronauta estadounidense comienza —de nuevo— en el fabulador suizo Erich von Daniken: un grupo religioso de Utah leyó el libro que refería la historia de la Biblioteca de Oro y se quedaron prendados de la narración. Ese grupo eran los mormones. Según las invenciones del profeta mormón Joseph Smith, un ángel llamado Moroni le había mostrado un libro de oro y él lo había traducido para su comunidad (Book of Mormon). Una leyenda decía que el libro de oro original se encontraba escondido en las grutas de las montañas de los Andes, de modo que todo parecía conjugarse para que las profecías mormonas se verificaran. A Neil Armstrong lo acompañaron cuatro mormones. Lo consideraban una especie de «elegido» que los llevaría a la prueba definitiva de sus creencias. Y se asegura que fue esta secta religiosa la que proporcionó los fondos necesarios para que se llevara a cabo la expedición.