Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 113 de 198

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Milenio 3

Tumbas vacías

¿Quién podría contar los muertos a manos de este horrible tirano? Se asegura que derramó la sangre de más de cien mil personas. Su política del terror ofreció espectáculos siniestros y se congratuló de haber inventado refinadísimas torturas y métodos de ajusticiamiento. Su obsesión por el control de la población llegó a límites inconcebibles. Se decía que odiaba profundamente a los ladrones, que no toleraba que se escamotearan los impuestos y que la distracción de una sola moneda conducía al patíbulo. En 1463 colocó una copa de oro en mitad de una plaza de Sighisoara. La gente podía beber de ella, pero ¡ay de quien osara robarla! Esa copa se mantuvo tres años en la plaza sin que a nadie se le pasara por la cabeza hurtarla.

Probablemente el mito de Drácula nació en vida del propio Vlad Tepes Draculea, el Empalador. Se comenzó a murmurar que estaba obsesionado con la muerte, con su propia muerte, y que comenzó a delirar a propósito de la posibilidad de vivir para siempre. Aquel interminable derramamiento de sangre no podía permanecer ajeno a los rumores del pueblo y se aseguró que Vlad IV bebía la sangre de sus reos y enemigos para alargar su vida. Cuando capturaba a algún noble turco o a algún personaje importante, lo empalaba y exigía que alguien recogiera la sangre que destilaba del desgraciado prisionero; después, la ingería como si se tratara de un elixir de la vida eterna, un poderoso bebedizo que lo convertiría en un ser… ¡inmortal!

Una traición de su propio ejército y una acción rápida de los turcos consiguieron que Vlad IV fuera apresado. Al parecer, le cortaron la cabeza en 1476. Se había rumoreado que era la única manera de acabar con su vida. Cuando trasladaron la cabeza del gran sanguinario a Estambul y la expusieron a la vista del pueblo, las gentes se arremolinaban para ver al tirano valaco que aterrorizaba sus noches. Quizá también deseaban asegurarse de que Vlad Tepes, el Empalador, había muerto.

 

Tumbas vacías

En Transilvania se da un hecho que puede resultar curioso. Vlad IV Draculea, Drácula, se considera allí un héroe y, sorprendentemente para los occidentales, suele pronunciarse una frase estremecedora: «¡Que vuelva Drácula!». Esta expresión tiene una justificación sociopolítica: en tiempos conflictivos, cuando la delincuencia y las mafias parecieron adueñarse de Rumanía —tras la caída de Nicolae Ceaucescu (1989)—, los rumanos recuerdan la parte «positiva» de la vieja historia. A pesar de sus crímenes, a Vlad IV se le consideraba, en cierto modo, un justiciero.

Fernando Martínez Láinez es autor de Tras los pasos de Drácula, una investigación encaminada a descubrir por qué, por ejemplo, Ceaucescu consideró héroe nacional a Drácula y por qué muchos rumanos, a pesar de la crueldad de Vlad IV, consideran a Drácula un auténtico ídolo. «Vlad Tepes era un príncipe cristiano», explica Fernando Martínez Láinez. «Era un hombre que apoyaba a la iglesia ortodoxa rumana y que favoreció enormemente a los monasterios y conventos religiosos. Él estaba convencido de que actuaba en nombre de Dios. En ese sentido, era un comportamiento “esquizofrénico”, pero muy común en aquella época. Se podían llevar a cabo grandes matanzas y, sin embargo, estar convencidos de que Dios lo aprobaba, lo consentía y lo premiaba».

El fanatismo religioso es así: incongruente e implacable. A lo largo de la Historia pueden espigarse numerosos hechos semejantes: hombres que han sido capaces de las peores tropelías en nombre de Dios.

«Una de las pruebas palpables de la devoción o el respeto que este hombre inspiraba a la Iglesia, o del entendimiento que tenía con la Iglesia, es que fue enterrado en un templo que pertenecía a un monasterio que él mismo había protegido», añade Martínez Láinez. «Es una iglesia pequeñita y allí está la tumba. Y cuidando la tumba de Drácula está una monja, una humilde monjita que, bueno… está allí… como si cuidara las reliquias de un santo».

¡Así que hay una tumba en Sighisoara con los restos del maléfico Vlad Tepes!

Noelia Induráin, coautora de Vampiros, nos contaba que esa capilla, o esa iglesia está realmente dedicada a Vlad IV. Allí, al parecer, todo está relacionado con él, y hay recortes y carteles que perpetúan su memoria. «Es una iglesia por y para Vlad», asegura Noelia Induráin. «En 1933 hubo unas excavaciones y se dice que no se halló el cuerpo de Vlad. Al parecer sólo había huesos de caballos y un anillo con las armas de Valaquia. Sin embargo, hay quien afirma que se halló un esqueleto y dos cráneos. O sea, ni siquiera existe un acuerdo sobre lo que realmente se encontró en esa tumba».

Muchas jóvenes estarían más tranquilas si los historiadores y los arqueólogos les aseguraran que se han encontrado los huesos de Vlad Tepes y que se puede confirmar que está muerto y bien muerto.

«Lo cierto es que se venera a Vlad en Transilvania», asegura Noelia Induráin. «Te puedo asegurar que se le venera». Y se le venera porque fue en realidad un gran guerrero. Noelia Induráin pone el dedo en la llaga cuando habla de la importancia de considerar la historia de Vlad IV en su espacio temporal sin incurrir en anacronismos. En aquella época, Vlad Tepes era un cristiano enfrentado al poder turco, que procuraba la estabilidad de su principado y la prosperidad de su pueblo. Los métodos de Vlad Tepes parecen hoy horrendos —y seguramente lo eran también en su tiempo —, pero no eran muy distintos a los de otros príncipes de su época.

Sin embargo, hay detalles que caracterizan a Vlad Tepes como un personaje muy cercano al vampiro. Como se ha señalado, algunas crónicas aseguraban que desayunaba observando a los empalados. Y más: que desayunaba la sangre de los empalados. ¿Es éste el origen o la fuente principal de Bram Stoker? Según la mayoría de los historiadores, no cabe duda de que el escritor conoció algunas crónicas que hablaban de Vlad Tepes y de su fruición sanguinaria. «Los historiadores están de acuerdo en eso», explica Noelia Induráin. «Algunas crónicas dicen que llegaba a desayunar entre los empalados. Y en otras se asegura que untaba el pan en la sangre que caía de la gente que estaba agonizando. Yo supongo que si Bram Stoker llegó a leer eso…».