Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 109 de 198

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Milenio 3

Muerte de un campesino

Éste es el paisaje en el que iba a desarrollarse una de las historias más estremecedoras y apasionantes de los últimos tiempos.

 

Muerte de un campesino

Uno de los primeros «mártires del misterio», Joao Prestes Filho, murió en horrorosas circunstancias que jamás han podido dilucidarse por completo. Según los informes iniciales, tenía 39 años cuando falleció, aunque las investigaciones posteriores y las actas de defunción demuestran que contaba con 44. Pablo Villarrubia reconoce que cada vez que recuerda este caso siente miedo y admite que esta historia le persigue desde que investigó aquellos sucesos junto a otro magnífico especialista brasileño-japonés, Claudio Suenaga. «Se me ponen los pelos de punta», dice Villarrubia. «No es ninguna broma: la muerte de Joao Prestes Filho fue estremecedora, y por eso es justo considerarlo uno de los primeros mártires del misterio».

La historia comenzó el 4 de marzo de 1946. Joao había estado pescando, como cualquier otro día, en el río Tieté. Cuando llegó la hora de partir, le dio un apretón de manos a su compañero y se despidió de él.

Este hombre regresó a su casa, una cabaña campesina situada en los alrededores de Aracariguama, a dos kilómetros de la localidad. Era un día de carnaval, y su mujer había ido al pueblo, donde la familia tenía parientes y amigos.

El día transcurría con plena normalidad y tranquilidad, como es habitual en las comunidades campesinas del interior brasileño, y nada hacía sospechar que aquella tarde fuera a convertirse en un verdadero infierno para Joao Prestes. Sin embargo, sucedió algo terrible…

«Hay varias versiones sobre lo que sucedió…», nos dice Villarrubia. «Pero yo conocí a un testigo que conoció a Joao Prestes. Este testigo se llamaba Virgilio Ferreiras, ya fallecido, y fue clave para conocer la verdadera historia de la muerte de Joao Prestes Filho. Virgilio, cuando yo lo conocí, tenía 92 años. Lo encontramos de forma casual, y aún conservaba una fortaleza física increíble: estaba cortando caña y maíz. Era amigo y primo de Joao Prestes y habló con él cuando Joao estaba en su cama, moribundo, poco antes de fallecer».

Virgilio Ferreiras le contó a Villarrubia que Joao Prestes llegó tranquilamente a su cabaña, a su casa. Entró y preparó la lumbre para cocinar el pescado. Acto seguido, se fue a bañar y, al salir, dentro de su propia casa, se topa con una luz amarilla, brillante y zigzagueante… «Era algo… como un destello, como un rayo», dice Villarrubia. El anciano Virgilio habló de un rato de luz. «Y a partir de ese momento, Joao siente que el cuerpo le arde, que se le quema todo el cuerpo. Entonces, se mira en el espejo y percibe que tiene algunas manchas, que está quemado…».

Joao Prestes Filho apenas puede mover los brazos y las manos. Siente que está ardiendo, que se está quemando vivo… Aterrorizado por aquella cosa que había invadido su casa, consigue abrir el pestillo de la puerta con los dientes, y abandona el lugar corriendo y desesperado. Corre dos kilómetros hasta la aldea de Aracariguama en busca de ayuda… Hizo aquel camino infernal descalzo, como era habitual entre el campesinado brasileño de aquellos años.

Desesperado, según relató Virgilio, el desgraciado Prestes alcanzó el centro del pueblo y entró en casa de su hermana, que estaba junto a la iglesia. Le contó lo que le había ocurrido y cómo sentía que se abrasaba… «Se echó en la cama y empezó a temblar y a tener sudores. Notaba que su cuerpo estaba prácticamente quemado. Pero no en su totalidad: ni el pelo ni las partes que estaban cubiertas por ropa parecían haber sufrido daños. Prestes sólo llevaba una especie de bermudas y esa parte de las piernas no se quemó. El cuerpo presentaba un color… como si estuviera asado o tostado… Estaba como la carne de un cerdo tostada, quemada. Ésas fueron las palabras textuales de Virgilio Ferreiras».

Joao empieza a balbucear y a sentir vívamente las graves quemaduras de primer y segundo grado que abrasaban su cuerpo, tal y como indicaba el acta de defunción que Villarrubia tuvo la oportunidad de leer en Aracariguama. Entonces, casi a punto de desvanecerse y morir, fue cuando le contó la historia a Virgilio.

Hay una parte de este impenetrable misterio que ha permanecido oculta durante muchos años. Cuando Prestes le contaba su desdichado episodio a Virgilio, añadió un suceso acontecido meses antes y que puede ofrecer datos reveladores.

Joao Prestes le contó a Virgilio Ferreiras que ya había sido víctima de otro ataque, muy parecido a éste, cuando se dedicaba al transporte de mulas por la sierra que separa Sao Paulo de Río de Janeiro. Por cerros y selvas, Prestes llevaba veinte o treinta mulas a otra comunidad, a otra aldea. Y allí, de pronto, al final de la tarde, vio una especie de bola de luz que comenzó a girar en torno a él, dio varias vueltas y estuvo a punto de derribarlo de su montura.

¿Por qué Joao Prestes no había comentado este suceso antes? Lo cierto es que Joao se asustó, pero sabía que aquello no era más —ni menos— que el Boi tata, el mítico Boi tatú del que hablaban las antiguas leyendas indígenas.

En realidad aparece ya en las crónicas de los conquistadores españoles: entre ellos, el padre José de Anchieta (1534-1597), el célebre cura canario que tradujo a la lengua indígena los catecismos y las obras doctrinales de los conquistadores. El beato José de Anchieta, llamado el Apóstol de Brasil, también fue testigo de la aparición de extrañas esferas luminosas que atacaban y mataban a los indígenas.

Ya poco importaban las antiguas historias: Joao Prestes se estaba consumiendo a la vista de los parientes, vecinos y amigos. En el lecho, el moribundo balbucea: «La luz… la luz…». Un enfermero de la prefectura de Sao Roque describió la imagen de Joao Prestes en términos que encogen el ánimo: «La carne de ese hombre adquirió un aspecto… como si hubiera estado cocida durante muchas horas y las orejas se fueron deslizando por la cara».