Milenio 3
La conspiración de Los Galindos
La policía sólo tenía preguntas.
Y el pueblo sólo hipótesis y habladurías.
En esos días, las más variopintas teorías corrían por Paradas, por el Aljarafe sevillano y todos los pueblos de la comarca. Había que justificar aquello de algún modo y había que explicar qué había podido pasar. Era una situación terrible: al menos, si Zapata no hubiera aparecido, tendrían a quién culpar. Pero el supuesto asesino apareció muerto también y, desde luego, no se había suicidado tras los crímenes. Así que los rumores se disparan: se habla de un supuesto mendigo, con barba desaliñada, descalzo, que había pasado por allí… A estas hipótesis —más propias de la imaginación popular que de una verdadera investigación policial— se responde con preguntas que hacen tambalear toda explicación: ¿cómo es posible que un solo individuo hubiese matado a cinco personas, tres de ellas de gran corpulencia, en apenas minutos? ¿Cómo era posible que ninguno hubiera podido escapar o hubiera podido pedir auxilio?
Juan León, vecino de Paradas, es uno de los pocos ciudadanos que se atreven a hablar del asunto en un pueblo que aún permanece envuelto en silencio. Por extraño y estrafalario que suene, se habló de ovnis, de objetos que sobrevolaron el cortijo aquella tarde. Es una de las teorías más delirantes. «Sí, decían que un ovni había venido y que los habían matado…», asegura Juan León: «Sí, ovnis y cualquier otra cosa. Eso no se olvida, no se olvida». Juan León y otros vecinos lamentan que su comarca sea conocida casi exclusivamente por las muertes de Los Galindos. Es un pueblo marcado por la tragedia, una tragedia sin ningún tipo de solución. No hay un caso igual probablemente en Europa, con cinco cadáveres en un lugar concreto y sin una sola huella.
La conspiración de Los Galindos
Salvador Ortega continuaba las investigaciones. En los departamentos policiales y en los despachos políticos había nerviosismo y deseos de resolver de una vez por todas el caso. Se emplearon las mejores técnicas de la época.
Se centró la investigación en los dos cuerpos carbonizados de José González y Asunción Peralta. Y se pensó que el primero, tractorista y persona bastante enclenque en cuanto a complexión física, pudo haber hecho la matanza y, luego, haberse suicidado en un arrebato de locura. Salvador Ortega no lo cree. Empieza a investigar y piensa que González pudo haber sido, incluso, el primero en morir. Se comienza a hablar de más de un asesino, quizá dos o tres personas. «Pudimos demostrar que habían intervenido más de dos personas, posiblemente tres, pero una sola… no», asegura Salvador Ortega. «Con seguridad, actuaron dos personas, y, posiblemente, tres. Pero una sola no lo hizo. Y, además, se utilizó para ello una de pieza de los tractores, el gancho o el pico, que así lo llaman».
Con esa pieza de empacadora, alguien sembró el terror aquel 22 de julio de 1975. Esa persona o esas personas quizá están aún vivas y tal vez estén leyendo estas líneas. ¿Por qué lo hicisteis? No teníais ningún móvil económico aparente, porque no robasteis nada. ¿Lo hicisteis sólo por venganza? ¿Por pasión? Vuestras víctimas eran personas completamente inocentes, trabajadores del campo, gentes que sólo esperaban la atardecida para regresar a casa…
Manuela González, hermana del primer tractorista muerto en Los Galindos, José González, es una de las personas que más veces ha levantado su voz para intentar pedir justicia y, sobre todo, para que no se olvide que este crimen aún sigue sin solución. «Yo no sé quién lo hizo, porque si lo supiera, evidentemente, lo diría», advierte Manuela. «Sólo puedo decir que los cinco eran… a cada cual más bueno. Los matan, hablan de ellos y no los defiende nadie. Ni los amos. Los amos, al revés: los amos querían que no apareciera… La policía se portó muy bien, pero cuando llegaban allí… nada. El juez nos decía que los iban a coger, que los iban a coger… ¡Nada! Y el abogado, igual. Los asesinos no robaron. Y, por otra parte, ellos no tenían dinero. Los mataron sin saber por qué ni por qué no».
Manuela esboza una teoría. Quizá su hipótesis se base en la desesperación o en la convicción de que ningún criminal debe quedar impune. «Los asesinos eran bien conocidos, porque si no… los cogen. Los que entraron en Los Galindos sabían muy bien dónde entraban, sabían muy bien lo que hacían, y mataron a los cinco que estorbaban, porque a los que no estorbaban no los mataron, a ninguno. Algo sabrían los pobrecitos. No sé qué sabrían».
En sus palabras —aquí se transcriben sólo como testimonio, sin que pueda deducirse de ello ninguna valoración nuestra en este u otro sentido— se aprecia desde otro punto de vista el silencio en torno a este caso: ¿había personas que sabían quiénes fueron los autores? ¿Había personas que consiguieron ocultar a los culpables? Si esta teoría de la conspiración es difícil de admitir es porque no hay móvil aparente. ¿Un secreto? ¿Qué secreto? ¿Qué sabían aquellos trabajadores que pudiera haberles costado la vida?
«Secreto… ¿de qué…?», se pregunta Manuela. «¿Qué iban a saber ellos? Ellos iban a trabajar a las ocho de la mañana y venían a las siete o a las ocho de la tarde, y les daban su peonada, y ya está. Los caseros que estaban allí eran muy buena gente: Zapata y su mujer, Ramón, el tractorista, qué buenísima persona… Fui una vez, cuando se cumplieron los veinte años, fui a poner flores donde los quemaron… y no me dejaban entrar. ¿Por qué lo hicieron? ¿Por qué hicieron aquello a cinco personas tan buenas? Si al menos supiéramos por qué lo hicieron…».
Es la voz de las personas que no pueden olvidar lo que pasó, y el absurdo aparente de aquella matanza: que no haya móvil, que no haya culpables, que no haya pruebas, que no haya huellas en el lugar de la masacre.
Manuela González tiene razones para levantar la voz, puesto que su hermano, José González, el primer tractorista muerto, fue uno de los objetivos de las habladurías… y de la investigación criminal. Pesaba 56 kilos, medía 1,60 y era miope. Es difícil que con una complexión física semejante cometiera un crimen tan espantoso. Se le acusó porque en su cráneo, al parecer, había aparecido una especie de orificio… al menos, así lo vio la policía. Se exhumaron los cuerpos y se descubrió algo digno del CSI televisivo: aquello no era un tiro. Aquel hombre no había matado al resto y luego se había pegado un tiro, sino que era una especie de deformidad congénita.
Salvador Ortega, del departamento de Investigación Criminal de Sevilla, describe así el hallazgo que descartó el posible suicidio de José González: «Ese cráneo no había recibido un disparo. Sólo tenía un defecto fisiológico en su configuración ósea y era como una especie de tapón, que no estaba soldado. Al quemarse su cuerpo, los gases hicieron que aquel tapón saltara y, naturalmente, aparecía un agujero redondo que se identificó al principio como el disparo de una bala. Esta revelación revolucionó de nuevo el caso. Yo creo que el forense que declaró en primer lugar que era un disparo se llevó tal disgusto que al poco tiempo murió de un infarto. Realmente aquello trajo consecuencias nefastas».
En fin, la teoría de un asesinato masivo y un posterior suicidio quedaba también descartada. La cuestión era así de simple: la policía no tenía nada a qué aferrarse, estaban en un callejón sin salida. Cuando las pruebas se tornan oscuras y el problema parece insalvable, hay que acudir a territorios y disciplinas más abstractas que tal vez proporcionen alguna hipótesis. Se trata de un camino inverso: en vez de ir de las pruebas al asesino, se intenta descubrir al asesino desde su propia perspectiva criminal.
José Antonio García Andrade, el forense más prestigioso de nuestro país, catedrático en Psiquiatría Forense, que fuera durante tantos años el presidente de los forenses españoles, nos explica cómo sería este criminal. ¿Qué tendría en su mente para cometer semejante carnicería? ¿Por qué actuó así? ¿Qué motivos puede tener alguien para actuar así?
«Desde luego», advierte García Andrade, «no es obra de un loco, ni mucho menos, sino de una mente lúcida, una mente pasional, apasionadamente criminal. Aunque en ese caso intervinieron también una serie de intereses espurios y luego no supieron cómo controlarlos. Sin duda ninguna, pasará a la historia de la criminología como prototipo de uno de los delitos que no se llegó a conocer del todo y como prototipo de lo que no se debe hacer nunca. Yo no sé si el asesino estará por ahí o ha sido víctima del paso del tiempo, pero ya no se descubrirá nunca».
¿Por qué? Esta conclusión es triste para las familias: nunca se podrá descubrir al asesino y nunca podrá saberse qué fue exactamente lo que ocurrió y por qué ocurrió. Es un gran enigma policial. Pero ¿debemos resignarnos? En nuestra opinión, es importante que nadie olvide esta historia, que siga ahí pendiente, que alguien investigue, que no se cierre el caso impunemente. Ojalá algún día sepamos la verdad. Aquí sólo se pretende exigir la justicia que puede exigir el periodismo: recuperar y recordar la historia.