Milenio 3
Explicaciones, tipologías y genealogías
Bien. De acuerdo. Que hablen.
Aquella noche comenzó un experimento sociológico a gran escala… y la respuesta fue sorprendente. Recibimos unos 750 casos a lo largo de la primera madrugada. Eran relatos de personas que habían tenido esa experiencia, que conocían de primera mano esos hechos, o que conocían a familiares y amigos que los habían vivido y sufrido. Con nombres y apellidos concretos, verificables, reales. Un material que quemaba en las manos.
La situación es ésta: sabemos que tenemos mucha audiencia, porque trabajamos en la Cadena SER, una emisora que es líder en todas las franjas horarias, pero, aun así, nuestros oyentes son sólo un pequeño porcentaje de la población. Ante esta avalancha de casos, debíamos preguntarnos de nuevo si aquello era leyenda o realidad. La respuesta es sencilla: no sabemos qué es. ¿Alucinaciones? ¿Sugestiones? ¿Impresiones? Debo decir que el material con el que contamos es digno de una investigación profunda y de gran calado: no puede ser que entre los oyentes del programa —un mínimo porcentaje respecto a la población española— se den tantos casos de apariciones y revelaciones fantasmales junto a las carreteras. ¡Más de 750 casos distintos!
Entre los oyentes que participaron en esta investigación se dieron distintas actitudes: había personas que estaban muy nerviosas, otros preferían no identificarse, otros nos legaban un secreto que pertenecía a su círculo familiar y personal. Se trata de material sensible, desde luego, y se comprenden los recelos y las dudas, porque estos temas se han tratado tan frívolamente en ocasiones que los protagonistas a veces son tachados de locos o perturbados. Por eso es necesario tener mucho cuidado y mucho tacto. A lo largo de las próximas páginas se cederá la voz a personas que han tenido experiencias con esos extraños visitantes de las carreteras españolas. Pero antes es necesario hacer algunas precisiones.
Explicaciones, tipologías y genealogías
José Miguel Gaona, psiquiatra de obligada consulta, como hemos comprobado en el capítulo anterior, prefiere explicar estos casos como productos de ciertos estados alterados de conciencia, similares a las alucinaciones y visiones de distintos tipos que se producen en la vigilia, poco antes del sueño o antes del despertar; y también suele aludirse al cansancio o a otros estados físicos que pueden favorecer visiones de este tipo.
Las preguntas, en este caso, son inmediatas: ¿y qué sucede cuando no es sólo una persona la que observa este fenómeno? Con mucha frecuencia, estas experiencias afectan a grupos de personas que viajan juntas en un automóvil. ¿Es que todos sufren una misma alucinación? Por supuesto, eso podría ocurrir, aunque los psiquiatras nos aseguran que ese tipo de alucinaciones grupales o colectivas o compartidas son muy raras. La cuestión se torna más compleja a medida que se investigan los casos. ¿Sugestión? ¿Qué clase de sugestión es la que obliga a creer que una entidad o un ser sube al vehículo de una persona y después desaparece?
Se dice que estas figuras aparecidas son siempre mujeres. Según Antonio Ortí y Josep Sampere, autores de Leyendas urbanas en España (Martínez Roca, Madrid, 2000), la mujer representaba en la Antigüedad, y para la Iglesia, una especie de reto pecaminoso y nos hablan de caballeros para los cuales esas damas eran la representación de la desviación del deber, algo parecido a las sirenas que trataron de encantar con sus prodigiosas voces a Ulises en la Odisea homérica. Ahora bien, si es leyenda, ¿cómo entender la persistencia de estos fenómenos y la implacable verosimilitud de los testimonios?
¿Qué se esconde detrás de esto? ¿Qué está viendo la gente en las carreteras? ¿Por qué ocurren tales episodios? ¿Se debe a los lugares o a las personas? Muchos camioneros y conductores llevan toda la vida en las carreteras y nunca han visto nada semejante. Así pues, ¿se trata de una coincidencia de determinados lugares y determinadas personas? O de algo más dramático: ¿se trata de la persistencia de elementos no conocidos tras acontecimientos trágicos? Los espiritistas dirían que tras un hecho terrible hay elementos psíquicos o espirituales que permanecen en el lugar… pero eso sólo es una simple teoría.
Nuestros testigos —sólo se avanzará una muestra— son personas normales, con los oficios más diversos, de procedencias distintas, con condiciones culturales y socioeconómicas muy diferentes. ¿Y qué o a quién ven? Con frecuencia, como se ha dicho, la visión se corresponde con una mujer joven, pero también hay ancianas enlutadas, hombres altos y grotescos ataviados con sombrero de copa o con un maletín, niñas vestidas de primera comunión o portando un ramito de flores, niños con una pelota, ancianos, e incluso grupos mixtos, como anciana-niña, o animales. Quizá la visión más terrorífica sea la de la niña de ojos vacíos que sonríe… En noviembre de 2003, un camionero de Girona se ve obligado a frenar casi violentamente al divisar en medio de la noche lluviosa a una niña con vestidos de otra época que cruza la carretera sonriendo, envuelta en una especie de luminiscencia muy ligera. En aquella noche sin luna se apreciaba su pequeña figura brillante con claridad. Sonríe y cruza… en mitad de una carretera de montaña.
Entre los camioneros se cuenta la historia del lobo negro que se cruza ante el vehículo justo en el momento en el que podrían quedarse dormidos. Este hecho sugiere que estas figuras aparecen como premoniciones o como avisos. Muchos de los testimonios recogidos tienen relación con esta función de ángeles custodios: avisan de un inminente peligro. Son figuras que salvan vidas.
En otros casos no advierten de la posibilidad de un accidente, sino que se presentan como el recuerdo de ese suceso: «Ten cuidado… porque aquí me maté yo».
Finalmente, parece que en ocasiones sólo intentan reclamar nuestra atención. Un oyente narraba un caso espeluznante: él era trabajador en una ambulancia y acudió al lugar donde se había producido un accidente de tráfico. Cuando se acercó a las inmediaciones del siniestro, una joven le contó cómo había ocurrido todo. Cuando sacaron el cadáver del amasijo de hierros en que se había convertido el coche… era ella.
Estas experiencias tienen una genealogía y una historia. Sea lo que fuere — muchos piensan que es una leyenda que se modifica con el discurrir de los siglos—, su persistencia parece indudable. Los cruces de caminos, lugar donde moran los demonios, según las tradiciones medievales, son, desde el punto de vista antropológico, emplazamientos propios para la aparición de seres fantasmales: la espantosa visión de una mujer sin cabeza en un cruce de caminos en Etch, actual Holanda, se halla recogida en numerosos textos antiguos. Durante el medievo se generó una cultura del miedo a fuerza de repetir imágenes de mujeres con trajes vaporosos, muy semejantes a las que se describen en la actualidad. En aquellos siglos, el terror tenía otra intensidad: no se podía transitar por algunos caminos a determinadas horas. Y en los siglos XVII y XVIII hay una larga tradición de caballeros que hablan de mujeres que exhalaban un gélido aliento cuando se montaban tras el jinete, justo un instante antes de desaparecer.
También es común la historia de los carruajes que transitan por parajes oscuros y que se detienen obligadamente porque los caballos se niegan a continuar el camino. A veces se explica que el postillón descendía del pescante y trataba de encontrar la causa que atemorizaba a las bestias; entonces veían una figura en mitad del camino. Sólo cuando esa figura extraña se había ido o se difuminaba, los caballos reemprendían la marcha.
En Estados Unidos se realizaron estudios sobre la famosa «chica de la curva» en los años cuarenta y se publicaron en diversos medios de comunicación. Se encontraron 79 tipos de autoestopistas fantasmales y, casi en el cien por cien de los casos, éstos avisaban de un acontecimiento futuro. En Sudáfrica es clásico el caso del fantasma de Uniondale. Los testigos no se conocían entre sí, ni sabían de la historia, y narraron los mismos hechos, incluso dieron un nombre: María Roux, una chica que murió el día 12 de abril de 1968, a los 23 años, en un accidente de coche. Se comprobó que esa chica había existido y había fallecido en el mismo lugar y en la misma fecha que ella misma, en su versión fantasmal, indicó a los viajeros.
Hace mucho tiempo, cuando estábamos en el proceso de investigación previo a la publicación del libro El paraíso maldito, que se centraba en el paisaje cacereño de Las Hurdes, tuvimos ocasión de conocer una historia sorprendente. Supimos que hubo una serie de intervenciones oficiales en 1907 debido a ciertas apariciones en la zona. Cuando los testigos tuvieron que explicar lo que habían visto en diferentes puntos y a lo largo del tiempo, utilizaron un nombre curioso: el Duende Entiznao. Nos lo describieron como un individuo vestido completamente de negro y —lo que más inquietaba a los veinte testigos que lo contaron—, según ellos, el Duende Entiznao se aparecía en lugares donde se había producido alguna tragedia. Su tocado característico era un sombrero de copa. En las páginas siguientes el lector podrá deducir si hay casualidades o no.