Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 84 de 198

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Milenio 3

Visitantes de dormitorio

«Una voz, la parálisis del cuerpo y la visión

de una figura que nos observa a los pies de nuestra propia

cama. No es un sueño, son miles de casos reales».

John Mack, catedrático de Psiquiatría de Harvard.

En 1987, dos libros provocan un cataclismo en el panorama literario norteamericano: Communion, A True Story, de Withley Strieber, e Intruders, de Budd Hopkins. En ambas obras se daba luz verde al nacimiento de un nuevo misterio: los visitantes de dormitorio. A partir de ese instante, decenas de miles de personas confesaron sus experiencias en un aluvión sin precedentes, gentes de toda condición y cultura tenían un nexo común: una noche cualquiera, frente a su cama, algo desconocido había cobrado forma…

 

Los testimonios de M3

«Estaba durmiendo y me desperté. Y vi a mi hija sentada a los pies de la cama, viendo la televisión. Me tranquilicé mucho y seguí durmiendo. Al día siguiente me comunicaron que una sobrina mía se había suicidado. Se había suicidado a la una, a la misma hora que yo me desperté. Al día siguiente, le pregunté a mi hija qué hacía viendo la televisión a aquella hora. Me dijo que ella no había estado allí. Estoy absolutamente convencida de que aquella figura que estaba a los pies de mi cama era mi sobrina». (Alicia, de Jaén).

«Yo estaba durmiendo en mi habitación, con mi mujer, y nuestro niño estaba en la cuna. Tuve la sensación de que algo nos miraba y, entonces, me desperté. No puedo decir que estaba durmiendo porque incluso me senté en la cama: estaba incorporado y desperté a mi mujer, medio adormilada, y le dije: “¿No lo estás viendo? ¿No lo estás viendo?”. Era un niño de unos 10 u 11 años, con el pelo largo, aunque no le llegaba a los hombros… era una melenita rubia y lisa. Llevaba una blusa blanca, como una blusa de otra época, como de piratas… La parte de abajo estaba como difuminada, no se veía bien. Estaba en una esquina de la cuna, y como mirando de lado a mi hijo. Me asusté un poco y le dije: “¿Quién eres? ¿Qué quieres?”. Entonces me miró… como si no me hiciera caso, y se disolvió… No se fue, se giró y… se desintegró. ¡Estaba mirando a mi chiquillo! Me dio miedo que mirara al niño, porque sólo tenía cuatro o cinco meses. Mi hijo no lloró. Ni siquiera se despertó. Aquello me miró como ignorándome, como si yo no fuera nadie…». (José, de Valencia).

«Noté que me tocaban el hombro. No hice mucho caso… Abrí los ojos, los volví a cerrar y seguí durmiendo. Entonces, me agita. Pienso que es mi hermana o mi madre, que sólo desean molestarme o bromear… Después… me hizo daño. Yo, completamente despierto, me giro y veo a una figura, nada parecido a algo que hubiese visto antes… Simplemente, me miró, me sonrió y empezó a moverse, casi bailando, de un lado a otro y, así, en la niebla en que estaba envuelto, se fue desvaneciendo hasta que desapareció. Yo intenté gritar, intenté saltar de la cama, pero no fui capaz: estaba completamente mudo y paralizado». (Esteban, de Cáceres).