Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 89 de 198

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Milenio 3

¿Quieres jugar conmigo?

María Vallejo-Nágera, autora de Un mensajero en la noche, narra una historia impresionante y que también fue objeto de gran atención mediática en su momento.

El protagonista de esta historia era un criminal, un asesino convicto y muy peligroso llamado Albert Wensbourgh. Se encontraba en la cárcel cuando le ocurrió… lo que a tantas otras personas: se despierta porque alguien pronuncia su nombre y ve a un ser que cambia su espíritu y su percepción de la existencia. «Me dijo que era un ser lleno de luz», explica María Vallejo-Nágera, que tuvo la oportunidad de entrevistarlo. «Me dijo que tenía apariencia humana, que llevaba un vestido largo y blanco, del que emanaba muchísima luz. Yo le pregunté por las “alas”, por las famosas alas que todos creemos que tienen los ángeles. No era una pregunta gratuita: yo había investigado los acontecimientos de Fátima y quería saber si existía alguna relación entre este tipo de apariciones; y los tres niños de Fátima, Jacinta, Francisco y Lucía, decían que el ángel que ellos vieron sí tenía alas. Este preso me dijo que el ser que se presentó en su celda no tenía alas, que tenía un haz de luz tremendo en las espaldas y eso podía ser, a los ojos de un niño, alas».

María Vallejo-Nágera no tiene dudas al respecto: «En el caso de Albert Wensbourgh, era un ángel clarísimamente». Es necesario apuntar, en todo caso, que las creencias personales de Vallejo-Nágera, profundamente católica, impregnan su investigación y, quizá por esa razón, cree que no puede ser otra cosa más que un ángel. En todo caso, era un ser luminoso cuya aparición también resulta muy recurrente, sobre todo dentro de la mística. En esos casos, las apariciones eran angélicas o celestiales… o todo lo contrario.

Después de aquel encuentro nocturno, el criminal Albert Wensbourgh cambió por completo: «Era un preso muy inteligente, muy peligroso y muy violento», añade Vallejo-Nágera. «Era un cóctel molotov dentro de la cárcel. Después de vivir esta experiencia, cambió tan radicalmente que cumplió su condena y después quiso dedicar su vida a Dios y a los pobres en el interior de un convento benedictino. No fue sacerdote, sino monje. Obviamente, algo le tuvo que pasar… y algo bueno, en todo caso, porque dejó de delinquir, y de asesinar, y de hacer barbaridades, para dedicarse a hacer el bien a los demás. Por eso yo estoy convencida de que este hombre vio un ángel. Fue lo que él me describió hasta la saciedad».

 

¿Quieres jugar conmigo?

A veces los niños ven cosas que los adultos no pueden ver.

El «amigo invisible» es una entidad con la que los pequeños parecen comunicarse con fluidez, juegan con ellos, hablan con ellos, discuten con ellos y les cuentan sus secretos. Todos conocemos a niños que tienen estos extraños amigos.

¿Son sólo ensoñaciones y fabulaciones de esos pequeños que poseen una imaginación desbordada? ¿O es que tienen otro tipo de percepciones y ven cosas que nosotros ya no podemos ver? José Luis López Ibor, psiquiatra y una autoridad incuestionable en estos asuntos, no tiene dudas al respecto: «Es imaginación. Lo necesitan. En el fondo, es una llamada de atención y, por otro lado, están buscando su sitio en el mundo. Para dialogar con otras personas, les resulta más fácil inventarse un personaje que dialogar con los adultos, porque a veces los seres que estamos alrededor de los niños somos incomprensibles para ellos. Así entran en juego los amigos invisibles y van dotando a los amigos invisibles o a otros objetos de características propias de los seres que viven. Un niño juega con un objeto o con un muñeco y le confiere vida. Eso es muy frecuente en los niños, hasta que se va desarrollando y va madurando su personalidad; entonces, ya no necesita de esos apoyos».

No hay que tener miedo ni temor a estos amigos invisibles, porque es muy común, muy habitual. Sin embargo, en ocasiones, tratamos de quitar de la cabeza a los niños la posibilidad de esa entidad. «Hoy estamos en un mundo científico y no podemos creer en eso», nos decimos. ¿Pero a esos seres les importa lo que podamos creer o no?

Los etruscos creían que los niños veían cosas y que había una parte de su cerebro más desarrollada y también más pura. Por eso no dudaban de que los niños veían… algo. Al cabo de algunos años, los pequeños perdían esas capacidades y los adultos ni siquiera eran capaces de recordar que habían pasado por esa experiencia.

Y, en efecto, es casi imposible recordar lo que se veía a los 3 o 4 años. El cerebro del niño crece y va olvidando esas visiones. ¿Fueron reales? ¿Es un asunto que se puede mantener en el ámbito de la pura ensoñación o la pura imaginación?

En su habitación o en cualquier rincón de la casa, el niño —especialmente entre los 3 y los 5 años— juega o habla con alguien y le enseña sus juguetes y le cuenta cosas de la escuela o de la familia, se ríe o mantiene durante largos ratos la mirada fija en un lugar concreto de la estancia. Su comportamiento es tan natural y se expresa de una forma tan auténtica que todo el que le rodea tiene la impresión de que verdaderamente hay alguien allí, junto al niño, y al que no pueden ver.

Son innumerables los casos de padres que acuden a consultar a psicólogos y psiquiatras infantiles por esta razón y muchos de ellos dan una explicación atendiendo a la mente de los niños: una mente con acceso a planos de existencia desconocidos u olvidados por los adultos. Los consejos que dan los psicólogos es que debe hablarse con los niños e interesarse por esos amigos, de modo que así se pueda analizar y verificar la lógica de su historia y la realidad, para poder distinguir si se trata de fenómenos paranormales o de una simple invención y fantasía infantil.

En general, esas amistades imaginarias de los niños parecen ser muy importantes para su desarrollo, como señalaba el doctor López Ibor: le ayudan a configurar su mundo y a encontrar un espacio de aprendizaje frente al universo de los adultos, incomprensible para ellos. En ocasiones, esos amigos representan la superación de angustias personales y, por esa razón, conviene que los padres estén atentos. Y luego… los niños lo olvidan por completo. Quizá ese efecto de «borrado» de nuestro cerebro debería tenerse en cuenta. Y nunca sabremos si son reales o no.