Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 42 de 198

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Milenio 3

Buscando la luz

«Nosotros no hemos entendido cuál era la función exacta de las catedrales en el mundo antiguo», dice Javier Sierra. «Pero ahora sabemos que en el centro del templo, casi siempre, convergen una serie de canales subterráneos que van a dar al crucero, al punto donde se cruzan las dos naves principales que forman la cruz de la planta de una catedral. Que haya corrientes subterráneas canalizadas por los maestros constructores en la Antigüedad significaba que eran conscientes de que el agua podía provocar unos campos magnéticos especiales que podían alterar el funcionamiento del cerebro». Este tipo de canalizaciones y conductos subterráneos se dan en Chartres, en Santiago de Compostela, en León y en muchos otros lugares. «Hoy lo sabemos bien», añade Sierra: «Hay lugares que los expertos llaman “telúricos”, que influyen en el comportamiento, que hacen que uno se sienta más relajado, más propenso a escuchar sonidos o ver imágenes que otros no pueden oír o escuchar. Por esa razón, las catedrales son, de alguna manera, como máquinas que convierten al fiel en un místico, y eso, desde luego, era algo que se buscaba deliberadamente en el mundo antiguo: la sensación era el milagro, algo a lo que nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, no le damos tanta importancia».

 

Buscando la luz

La mayoría de los expertos está de acuerdo en afirmar que en la bóveda de crucería residió el gran cambio evolutivo del románico al gótico. Al cruzarse dos bóvedas de cañón, el peso ya no recae sobre los muros, sino sobre cuatro pilares, de modo que las paredes podían abrirse en grandes ventanales. Además, las naves pueden alargarse con nuevas bóvedas y elevarse cómodamente sobre los pilares, los «bosques de columnas» que son propios de los edificios góticos y prácticamente inexistentes en el románico. El arte gótico resolvió a un tiempo problemas técnicos y problemas espirituales: la luz era un componente esencial. «Ego sum lux mundi», decían los textos que acompañaban las representaciones medievales de Jesucristo: «Yo soy la luz del mundo». Así pues, los constructores de catedrales dedicaron todos sus esfuerzos a levantar templos de luz.

Las catedrales góticas tienen algo de frágiles custodias acristaladas frente a los macizos templos románicos. En sus muros se abren grandiosas vidrieras de cientos de colores que iluminan el recinto. Los constructores las elaboraron siguiendo una técnica similar a la del mosaico: sujetaban las piezas de cristal coloreadas con tiras de plomo y todo ello lo montaban en un bastidor metálico. Estas pinturas con luz, como se llamaban en la época, provocaban sensaciones desconocidas hasta el momento. Las vidrieras de las catedrales, por la emoción de los colores, desligaban a los creyentes de sus preocupaciones mundanas y pretendían conducirlos hacia pensamientos más elevados. Normalmente, en ellas se recreaban oficios, las labores propias de cada estación del año (mensarios), escenas religiosas, escudos de armas e incluso zodiacos, pero los colores que se utilizaban en su creación, en realidad, se establecían conforme a un código significativo.