Milenio 3
Bajo las piedras
El primer misterio de las catedrales góticas afecta a sus emplazamientos. Tras los centenares de investigaciones arqueológicas realizadas en Europa Occidental, parece evidente que estos gigantes de piedra no están situados al azar. La mayoría de los templos medievales se levantaron en lugares donde ya existía una capilla románica; pero ahí no acaba todo, porque esos pequeños edificios cristianos, a su vez, solían alzarse sobre basílicas paganas aún más antiguas o en emplazamientos de cultos prerromanos dedicados a dioses de la Naturaleza, empleados por druidas y magos.
En Chartres, por ejemplo, la catedral se levantó sobre una de aquellas fuentes mágicas de los galos. Y en León sigue siendo un misterio por qué los constructores de la Pulchra leonina eligieron ese altozano ocupado en su tiempo por las termas romanas de la Legio VII y luego por el palacio del rey Ordoño II para erigir uno de los templos góticos por excelencia. En este caso, las complejidades técnicas no impidieron que los arquitectos se esforzaran al máximo: habían decidido que aquel era el lugar apropiado y levantaron la catedral en aquel emplazamiento, a toda costa. El suelo era inestable y movedizo, y complicó enormemente la construcción: así fue como los arquitectos inventaron la «leyenda del topo». Decían que un gigantesco topo estaba horadando el subsuelo, impidiendo el desarrollo normal de las obras y haciendo estragos en los cimientos del templo. Finalmente, el gran topo fue capturado y en la actualidad se muestra colgado de las paredes del templo. Es un caparazón de tortuga o de galápago que aún despierta el asombro de los visitantes.
Este tipo de leyendas y misterios afecta a casi todos los emplazamientos catedralicios góticos, incluso a otros más modernos. Por ejemplo, la Sagrada Familia de Barcelona. «Se empezó a edificar en el año 1882 por el arquitecto catalán y gran esoterista Antonio Gaudí i Cornet», señala Miguel Aracil, autor de una Guía mágica de Cataluña, «pero antes se le había encargado a una de las personas que quizá más había investigado el misterio de los góticos: el arquitecto Francisco Villar». Tanto Gaudí como Villar sabían que el emplazamiento elegido para levantar el templo de la Sagrada Familia era muy especial: allí se encontraba uno de los tres dólmenes antiguos que aún se conservaban a finales del siglo XIX. Según Aracil, el dolmen «estaba exactamente donde se encuentra hoy la Sagrada Familia y, más concretamente, debajo de la cripta».
La recurrencia de estas memorias ancestrales obliga a preguntarse nuevamente por los objetivos originales de las catedrales. A la hora de definir estos emplazamientos góticos, los estudiosos hablan de dos claves principales: una, referida a templos y lugares de poder antiquísimos (altares paganos, montañas sagradas, etcétera); y otra, en perfecta armonía con las corrientes telúricas y acuáticas, las cuales formarían al parecer redes de energía que influirían sobre los individuos que accedieran a esos templos y que podrían provocar estados alterados de conciencia.