Milenio 3
Misterios vaticanos
«Annuntio vobis gaudium magnum: habemus Papam!».
(«Una nueva de gran alegría os traigo: ¡tenemos Papa!»).
Fórmula ritual para anunciar un nuevo pontífice.
El día 2 de abril de 2005, tras una penosa agonía, Karol Wojtyla, llamado Juan Pablo II, fallecía en Roma. El mundo, a través de la televisión y la prensa, había asistido al progresivo deterioro físico de aquel hombre carismático que había ocupado el Trono de San Pedro en 1978.
Comenzaba entonces un proceso de elección del nuevo Papa que sumiría a todos los medios de comunicación en el más oscuro desconcierto. Se hicieron miles de cábalas, se presionó a los cardenales, se dirigieron las miradas a un Papa africano, a un sudamericano, a un español, e incluso no faltó quien acudiera al ya desprestigiadísimo Código de la Biblia que, como era predecible —y esto era lo único predecible—, no dio una a derechas. Se hicieron apuestas, se proclamaron deseos y se consultaron viejas profecías para averiguar quién sería el próximo Papa. Pero lo cierto es que nadie acertó.
Los cardenales, por su parte, se encerraron en la Capilla Sixtina y allí, en el más riguroso secreto, bajo las impresionantes pinturas de Miguel Ángel, decidieron quién sería el sucesor.
A miles de kilómetros de Roma, mientras una multitud esperaba la fumata blanca en la plaza de San Pedro, un hombre observaba una vieja postal. El vigilante del albergue de peregrinos de Molinaseca, en León, tenía entre sus manos una postal que le había enviado un alemán hacía muchos años agradeciéndole su hospitalidad cuando caminaba hacia el sepulcro del apóstol Santiago. En aquella postal, aquel peregrino alemán firmaba: «J. Ratzinger, próximo papa Benedicto XVI».
Mientras los cardenales decidían en Roma quién habría de ser el nuevo pontífice, aquel vigilante del albergue de peregrinos se ocupó de sus asuntos cotidianos en un remoto pueblecito de España. De pronto, en la televisión, se escuchó la frase esperada: «Habemus Papam!». Y antes de que el protodiácono Jorge Arturo Medina Estévez pronunciara el nombre del nuevo pontífice, el vigilante del albergue dijo:
—Joseph Ratzinger, Benedicto XVI.
El anciano cardenal Medina suspiró y, acto seguido, pronunció el nombre del elegido por el Espíritu Santo para ocupar el Trono de San Pedro:
—Annuntio vobis gaudium magnum; habemus Papam: Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum, Dominum losephum Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Ratzinger qui sibi nomen imposuit Benedictum XVI.
Un monje irlandés conoce el destino de Roma
Como saben todos nuestros oyentes, Milenio 3 no es un programa que se dé por vencido con facilidad. Así que, si no obteníamos respuestas concretas a nuestras preguntas, deberíamos acudir a nuestros personajes favoritos para que nos ofrecieran alguna pista sobre la personalidad del sucesor de Juan Pablo II. Y entre esa pléyade de alquimistas, brujos, vampiros, aparecidos, visionarios, fantasmas, profetas, magos, arquitectos y condes sangrientos, nos decidimos por un venerable anciano que parecía conocer todos los secretos de Roma: San Malaquías.
San Malaquías (1094-1148) fue un monje irlandés cuya memoria se venera, especialmente, por haber organizado la Iglesia cristiana en Irlanda. En 1123 fue abad en Baugord y desde 1132 ostentó el arzobispado de Armagh. Fue cardenal primado de Irlanda y en un viaje a Roma, al parecer, sufrió un éxtasis a partir del cual comenzó a ofrecer vaticinios sorprendentes. San Malaquías murió en Clairvaux, la patria de San Bernardo de Claraval, el hombre que alentó los esfuerzos templarios e instituyó su Regla. A San Malaquías se atribuye un libro profético (no confundir con el Libro de Malaquías, del Antiguo Testamento) en el que el autor desgrana 111 frases brevísimas en latín que, en teoría, caracterizarían a los papas hasta el fin del mundo. La cuenta, en todo caso, comenzaría en Celestino II (1124). No obstante, hay que añadir que algunos especialistas aseguran que estas profecías son apócrifas y que fueron redactadas poco antes del cónclave de 1590. La fama de las profecías de San Malaquías se debe a la profunda labor investigadora que se llevaba a cabo durante el Renacimiento en el monasterio de Montecassino, especialmente dedicado a la recuperación de textos antiguos. Fueron nuevamente publicadas en 1595 por Arnaldo Ubión.
Javier Sierra nos recordaba que San Malaquías fue, ante todo, un hombre de su tiempo y precisaba que la Roma eclesiástica en la Edad Media era una institución poderosísima. «Desde el año 1000, aproximadamente, después del los terrores del fin del mundo que se vivieron en esa época, surgieron muchos profetas en toda Europa que hablaron de una inminente catástrofe relacionada con el Papado». Ello guardaba relación también con las difíciles relaciones que mantenía Roma con el resto de los Estados europeos, desde luego.
El caso es que San Malaquías murió en brazos de San Bernardo, como se ha dicho, y parece que, en ese momento, el monje irlandés reveló algo. San Bernardo escribió una vida de San Malaquías y, sin embargo, en esa Vida de San Malaquías no aparece ni rastro de las profecías. Habría que esperar al siglo XV para que se descubrieran esos 111 lemas papales.
Y algunos son sorprendentes.
Por ejemplo, uno de los lemas es Rosa umbría. Según la contabilidad de los papas, ese puesto le correspondería a Clemente XIII (Cario della Torre, 1758-1769). Curiosamente, este Papa había sido gobernador en la Umbría italiana y el símbolo de esa región y de su escudo de armas papal es, precisamente, una rosa.
En el puesto que correspondería a Clemente XIV (Giovanni Ganganelli, 1769-1774), San Malaquías —o quien fuera— escribió Ursus velox. El escudo de armas del pontificado de Clemente XIV es un oso volando.
A León XIII (1878-1903) le correspondería Lumen in Caelo, «Luz en los cielos». Precisamente, su escudo nobiliario era una estrella fugaz o un cometa.
A Angelo Roncalli, Juan XXIII (1958-1963), le correspondería Pastor et nauta: «Pastor navegante». ¿Cómo explicarlo? «La referencia al pastor se sobreentiende», dice Javier Sierra, «porque todos los pontífices son pastores de la Iglesia. Pero lo de “navegante” es muy curioso: él fue patriarca de Venecia. Y Venecia es un lugar donde, evidentemente, se necesita la navegación prácticamente a diario para desplazarse por los canales y por las calles de agua de la ciudad. Esa alusión de un “Papa navegante”, aplicado a alguien que tuvo bajo su jurisdicción esa ciudad hermosa de Venecia, no deja de ser una coincidencia muy precisa».
La divisa 108, Flosflorum, correspondería a Pablo VI, Giovanni Battista Montini (1963-1978). Dicen que Su Santidad ofició la misa de Navidad en la catedral de Santa María de las Flores, en Florencia, y que el recinto fue adornado con una gigantesca flor de lis. Y, además, su escudo pontificio luce tres hermosas flores.
San Malaquías, o quienquiera que fuera el autor de estos lemas, pareció detenerse en tres datos claves de las vidas de estos pontífices: la cuna, el apellido y el escudo. Estos tres elementos, en general, parecen determinantes. En ocasiones parece referirse a su profesión, a los lugares importantes de su vida o a otros aspectos.
A lo largo de este capítulo se ha dedicado especial atención a Albino Luciani, el papa Juan Pablo I. Siguiendo la cronología establecida por San Malaquías, a este pontífice le correspondería el lema 109. Lo cual supone que Juan Pablo II tendría el 110 y el cardenal Ratzinger el 111. ¡El último! ¡Dios guarde al cardenal Ratzinger!
A Juan Pablo I —según la cronología papal— le correspondería el lema De mediatate lunae; esto es, el Papa de la media luna. Curiosamente, el pontífice fue elegido el 26 de agosto de 1978, el primer día del último cuarto lunar, por tanto, en el cielo aparecía la media luna. Cuando murió brillaba el último cuarto de la luna, otra media luna. Y su papado duró media luna, del 3 al 28 de septiembre.
Javier Sierra adelantaba otras coincidencias sorprendentes, por ejemplo, que Juan Pablo I vivió y fue sacerdote de Belluno, que en italiano significa «bella luna».
Sin embargo, en la contabilidad de los papas y la relación con los lemas de San Malaquías se han dado una serie de problemas notables, porque no se sabe a ciencia cierta si se deben contar los antipapas. «Por ejemplo, hay una polémica sobre si Juan Pablo I es, en realidad, ese papa 109 o si, en realidad, ese lugar lo ocupa otro», precisa Sierra. «Unos días antes del nombramiento de Juan Pablo I se consagró otro Papa. Ese Papa es un antipapa, en realidad. Es el papa Clemente, el Papa famoso de El Palmar de Troya, que fue en aquellos días objeto de portadas en todos los periódicos del mundo. Hay un detalle muy curioso: en todas las profecías de San Malaquías los papas que tienen la palabra “luna” en su lema son papas o bien cismáticos, o bien antipapas, o bien papas muy controvertidos que han hecho variar el rumbo de la Iglesia en algún sentido. Y la controversia reside en si Clemente Domínguez sería, en realidad, el Papa de la media luna».
Dado el carácter empresarial de la secta de El Palmar de Troya, quizá sería excesivo incluirlo en un listado tan hermoso. Además, con el correr de los tiempos, hemos sabido que el tal Clemente Domínguez no le interesó en absoluto a San Malaquías, porque, si él contara, el cardenal Ratzinger sería el último y definitivo pontífice, que habrá de llamarse Pedro, como el primer obispo de Roma, el discípulo de Jesús.
De modo que el último listado es éste:
109. De mediatate lunae (sup. Juan Pablo I) 110. De laboris solis (sup. Juan Pablo II) 111. De gloria olivae (sup. Benedicto XVI)
Los especialistas en estos asuntos —con las precauciones necesarias— advierten que De laboris solis (el esfuerzo o los trabajos del sol) se corresponde bastante adecuadamente a la labor expansionista y mediática de Juan Pablo II, un verdadero líder para las juventudes católicas y un verdadero faro para los creyentes, según dicen. Sin embargo, no es un vaticinio tan preciso como otros.
¿Y qué tiene que ver el cardenal Ratzinger con «la gloria del olivo»? Aún no se sabe: no guarda relación ni con su patria ni con su escudo de armas, pero eso no significa que, en un momento dado, no pueda vincularse a algo que pueda identificarse realmente con esa sentencia, «la gloria del olivo»: Jerusalén, Palestina, Israel, España, Grecia, Italia, etcétera. Además, Benedicto XV, el último pontífice que llevó ese nombre destacó por sus negociaciones políticas a favor de la paz en Europa.
El monje cisterciense Joaquín de Fiore, en el siglo XII, ya predijo que Roma terminaría envuelta en el caos y que esa circunstancia precedería al final completo de la institución eclesiástica. «Que Roma, ciudad privada de toda disciplina cristiana, es el origen de todas las abominables obras de la cristiandad. A ella afectará, en primer lugar, el juicio de Dios».
Todos repiten que, en un momento determinado, no habrá Papa en Roma, que durante un período de unos meses —alguno de ellos ofrece incluso el número de meses precisos— el mundo cristiano quedará descabezado. Jean de Vatiguerro, un monje del siglo XIII, profetizó en su Líber mirabilis que durante veinticinco meses no habrá gobierno ni Papa en la Iglesia de Roma, antes de la completa destrucción. Y Nicolás de Fluh, que es otro clérigo profeta de la época, abunda en este dato. Y Don Bosco, en el siglo XIX, ya anunció al propio papa Pío IX que cuando aparezca una luz brillante en el cielo, en medio de una batalla, se producirá un suceso trágico: el Papa y una parte de su séquito abandonarán el Vaticano dejando tras de sí una plaza cubierta de muertos y heridos. Las profecías de sor Lucía, la vidente de Fátima, eran tan sangrientas y crueles como éstas, o más. En resumen, la tercera parte del secreto de Fátima hablaba de una visión apocalíptica: un obispo vestido de blanco, que se identifica con el Santo Padre, acompañado de sacerdotes y religiosos, sube una montaña empinada con muchísimo esfuerzo; llegan a la cima y allí hay una gran cruz. Antes de llegar a ese lugar, cruzan una ciudad que está en ruinas, llena de cadáveres: muchos de ellos son miembros de la Curia. Cuando llegan a la cima, asesinan a ese obispo vestido de blanco con armas de fuego y con flechas, y con él mueren religiosos, hombres, mujeres. Y dos ángeles recogen la sangre de esos mártires y se la ofrecen a Dios. Esa es la visión de Fátima.