Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 62 de 198

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Milenio 3

La mano cortada

«La emoción más antigua y más intensa

de la Humanidad es el miedo; y el más antiguo

y más intenso de los miedos

es el miedo a lo desconocido».

H. P. LOVECRAFT, El horror en la literatura.

Sería difícil encontrar una historia en la que se reunieran los siguientes elementos: una marquesa, una casa misteriosa, crímenes, mutilaciones, espías, nazis, extraños virus, extraterrestres… Si algún escritor pudiera conjugar todos estos componentes, seguramente podría presumir de una imaginación portentosa. Sin embargo, no es necesario que nadie lo fabule: la vida real ha encajado todos estos inverosímiles conceptos para diseñar una de las tramas más atractivas, extrañas y misteriosas de nuestra larga y, desgraciadamente, densa crónica negra.

El famoso periódico El Caso, dirigido entonces por Eugenio Suárez, salió a la calle en enero de 1954 con un número que vendió más que ningún otro. Se agotaron los ejemplares. La portada era una lechera. Era un recipiente transparente, y en su interior había una mano de mujer con las uñas pintadas. El titular decía: «Albacete: el caso de la mano cortada».

 

Censura y otras mutilaciones

El Caso era el periódico más leído en la España de aquella época, de modo que aquella imagen causó un gran impacto. Al día siguiente, la fotografía era otra bien distinta: los chatarreros haciéndose de oro prácticamente porque la gente de Madrid se estaba deshaciendo de las lecheras. La mayoría eran de latón. Los ciudadanos habían sentido un repentino asco por estos objetos a causa de aquella portada. La noticia hablaba de una mutilación en una casa misteriosa, de una madre de oscuro pasado y de una serie de personajes no menos enigmáticos.

Los periodistas veteranos de El Caso recordaban que había sido uno de los sucesos más truculentos en la larga trayectoria de ese periódico. ¿De quién era esa mano? ¿Qué ocurrió? ¿Qué ocurría en aquella casa? ¿Por qué se mezclaban los nazis con esta historia? ¿Por qué había mensajes extraños que se difundían y se enviaban desde no se sabe dónde? ¿Por qué se hablaba de virus letales? ¿Se trataba de sacrificios o de rituales relacionados con el satanismo?

En la primera escena de esta película real aparece una mujer de 42 años, llamada Margot Shelly, perteneciente a la alta sociedad. El día 19 de enero de 1954, su cadáver aparece tumbado en una cama de un domicilio madrileño, misteriosamente mutilado: le falta una mano. Su hermano, Luis Shelly, se presenta en el juzgado número 14 de Madrid y asegura que la responsable de la mutilación es su propia madre. Pero ¿quién era su madre?

Margarita Ruiz de Lihory y de La Bastida acumulaba muchos títulos nobiliarios. Era marquesa de Villasante, baronesa de Alcahalí, duquesa de Valdeáguilas y vizcondesa de La Mosquera. Era, en fin, una distinguida dama de la nobleza española. Había nacido en 1888 y era la menor de las dos hijas del matrimonio compuesto por Soledad Resines de La Bastida y José María Ruiz de Lihory. Con 18 años, Margarita se casa con Ricardo Shelly, un empresario con el que tuvo cuatro hijos: José María, Juan, Luis y Margot. Margarita era una mujer muy adelantada a su tiempo. Fue la primera mujer española que estudió Derecho en la Universidad de Valencia. También cursó dos años de Medicina. Además, fue modelo y espía, periodista y miembro de los servicios secretos españoles, a los que sirvió en África durante la Guerra Civil. Se asegura que fue la primera corresponsal de guerra del mundo. La primera enviada especial que, vestida de hombre, redactaba crónicas para varios periódicos desde Marruecos. Tras la muerte de su primer marido, en 1937 comienza una nueva relación con José María Bassols. Se casó con él, pero esta boda se anularía más tarde. En el Rif marroquí ejerció como agente secreto y conoció a Abdelkrim o Abd el-Krim, un funcionario del Protectorado español en Marruecos que posteriormente se rebeló y encabezó la sublevación independentista en la década de 1920. Margarita Ruiz de Lihory tenía numerosas propiedades, especialmente en la zona de Albacete.

Entre sus posesiones, la más importante era una casa situada en el número 58 de la calle Mayor de la capital manchega. Era una casa bien conocida en la tranquila ciudad: desde siempre la habían llamado «la casa de los fantasmas». Cuando se empiezan a investigar los hechos, la policía encontró en aquel lugar paredes forradas en telas rojas, sótanos con grabados de extrañas simbologías, animales enteros despellejados colgados de garfios, huesos que —se aseguraba— eran humanos, un esqueleto, libros de brujería… La escenografía, a medio camino entre la ficción popular y la realidad concreta, resultó aterradora y los españoles se vieron atenazados por aquel caso singularmente macabro.

Las investigaciones se suceden. Una mujer de 42 años, soltera, Margot Shelly Ruiz, hija de esta extraña marquesa, aparece muerta y con la mano amputada, tal y como había declarado su hermano. Entonces, la policía encuentra esa famosa y celebérrima lechera con la mano en su interior. Es un verdadero escándalo o, más que eso, un terrible acontecimiento que estremece a todo el mundo. El 4 de febrero, pocos días después, se ordena la exhumación del cadáver, que ya había sido enterrado. Y los investigadores se dan de bruces con otra macabra sorpresa: tras una exploración detenida, se percatan de que a Margot le faltan los globos oculares. Se los habían extirpado y, con la precisión de un cirujano, también le habían arrancado la lengua. Además había trazas de que le habían rasurado parte del vello púbico.

Francisco Pérez Abellán, maestro de la crónica de sucesos, explicaba qué significó para el periodismo y para la sociedad de su época el conocimiento de aquel caso. Todo el asunto tenía la apariencia de un ritual y era la primera vez que se hablaba de este tipo de prácticas sangrientas en España. «Margarita Ruiz de Lihory había perdido a su hija y quería conservar algo de ella; probablemente también llevara a cabo una especie de ritual conducente no se sabe muy bien a qué… Quizá a tener con ella cierto contacto después de la muerte o tal vez pretendía, mediante formularios secretos, la eterna juventud. Aparentemente, por esa razón se quedó con parte del cuerpo de su hija, fallecida de una enfermedad repentina y rapidísima, fulminante, y le seccionó algunas partes de su organismo. Le sacó los ojos, le cortó la lengua, cortó pelos del pubis… y también la mano, efectivamente, una mano que pasaría a la historia y que haría vender más periódicos de El Caso que ningún otro asunto nunca. En aquella época», asegura Pérez Abellán, «todo esto interesaba muchísimo, porque era una época en la que muchos asuntos simplemente no se podían publicar. Se valoraba el suceso, pero a veces no se podían plasmar dos crímenes en la misma semana: había que elegir uno, porque no lo permitía la situación…».