Milenio 3
La exposición de los muertos
Otras pruebas antiguas eran la arteriotomía radial, que consistía en seccionar una arteria de la muñeca para verificar si existía circulación sanguínea, o el test del éter, que se efectuaba inyectando dos centímetros cúbicos de éter en la epidermis del individuo en cuestión. Si el cuerpo despedía un hilo de éter vaporizado cuando se retiraba la aguja, ello significaba que aún seguía vivo. De lo contrario, estaba muerto.
El profesor Jan Bondeson decía que también se llegaron a utilizar «placas galvánicas». Se patentó un aparato que era una placa galvánica, una especie de imán, que producía descargas. En su manual de instrucciones se describía que había que abrir el bíceps del difunto y colocar esa placa en su interior. Si el músculo se contraía, el hombre estaba vivo; si no se contraía, estaba muerto. Decía que no había posible error, que era infalible. Cincuenta años después se descubrió que este método era cualquier cosa excepto infalible. En todo caso, fue un aparato que se vendió estupendamente.
Como puede observarse, todos estos sistemas acuden a la fisiología más radical, lo cual pone al descubierto un verdadero problema, porque la conciencia del individuo —y la conciencia de su existencia— no se halla en sus músculos, ni en su aliento, ni en su sangre, sino en su cerebro. ¿Cuándo se detiene la actividad en el cerebro?
¿La putrefacción indica que el individuo ya no tiene conciencia de sí mismo? Las pruebas modernas certifican la muerte sólo cuando el cuerpo se detiene en ambos sentidos: inactividad fisiológica e inactividad cerebral.
La exposición de los muertos
Desde el siglo XVII fueron muy frecuentes en Alemania, Francia, Portugal y otros países las «casas de muertos». Estas casas estaban en las afueras de las grandes ciudades como Munich, Berlín, Copenhague, París o Lisboa. Eran las Vitae dubitae asylii, los asilos, refugios o casas de «la vida dudosa». En términos generales, eran casas o almacenes en los que se dejaban pudrir los cuerpos de los muertos al cuidado de ciertos vigilantes. A los cadáveres se les ataba un hilo en la mano o en los pies y, en el otro extremo, se colocaba una campanilla. De este modo, si se producía algún movimiento, la campana sonaba y los vigilantes acudían a recuperar a aquellos que regresaban del mundo de las sombras. Se dijo que todo aquello era un engaño y una añagaza para lograr otros fines. Probablemente los sacamantecas y los médicos poco escrupulosos los utilizaban con objetivos no muy piadosos.