Milenio 3
Sobre San José de Valderas
Algo había ocurrido en el extrarradio de Madrid. Fue portada en muchos periódicos. Por ejemplo, Informaciones abría su primera plana con este titular: «Platillo volante sobre Madrid». Lo más asombroso es que los principales testigos de esta observación describen el objeto volante no identificado y aseguran que, en su base, había un símbolo. ¿Cuál? ¡La H de Ummo!
Los dos testigos del avistamiento ocurrido aquel día eran José Luis Jordán Peña y el citado Vicente Ortuño. Aseguraban que era un objeto incandescente, que se posó muy cerca del antiguo Polígono C de Aluche, en los extrarradios más alejados de Madrid, en aquel entonces. Vicente Ortuño observó la llegada y partida del artefacto desde una ventana situada en el sexto piso de la calle Rafael Finat. José Luis Jordán Peña se hallaba por uno de los caminos del Polígono C de Aluche, y desde su coche observó cómo un aparato discoidal, de tono anaranjado, descendía sobre un descampado cercano. Se acercó hasta el lugar y pudo comprobar que era un objeto de considerables proporciones, y que tenía tres soportes triangulares, a modo de patas en la parte inferior, y unos trazos negros que describía como una línea recta situada entre dos paréntesis abiertos hacia fuera (la H de Último). Otros testigos fueron Juan Jiménez Díaz y María Teresa Ruiz Torres. Más tarde, Mariano de las Heras, dueño del Bar Palencia, aseguró que un grupo de reclutas afirmaba haber visto también el aterrizaje. Al parecer entraron en el sombrío local, ya de noche, presos de un gran nerviosismo y comentando el extraño suceso.
Al día siguiente, los periódicos hablaban de huellas: ese artefacto, fuese lo que fuese, había dejado una especie de marcas rectangulares en plena capital de España. Aquellas huellas fueron localizadas en el mismo lugar donde el objeto había aterrizado. El 7 de febrero fueron fotografiadas por el redactor del diario Informaciones, Antonio San Antonio. Formaban un perfecto triángulo equilátero de seis metros de lado y se complementaban con una zona no muy extensa del descampado totalmente calcinada.
Sobre San José de Valderas
En aquel café de la calle de Alcalá, Fernando Sesma, Dionisio Garrido (comisario de policía), Antonio Buero Vallejo y tantas y tantas personas iniciadas en el asunto de las cartas ummitas se quedaban asombrados. Al parecer, los testigos hablaban del mismo símbolo que aparecía en las misivas, a modo de anagrama o logotipo. A veces venían con una especie de huella dactilar y, en el interior, como si el sujeto firmante la llevase grabada en la piel, ese símbolo. El signo de Ummo aparecía en muchos documentos, en tonos morados y tonos violetas. Dada la extrema complejidad de la información tecnológica y científica que contenían, algunos expertos las consultaron, y certificaron que eran conceptos elevadísimos de ingeniería, biología y otras disciplinas.
Por otro lado, al tiempo que se daba a conocer que los ummitas tenían contactos muy avanzados con gentes de Albacete y Alicante, y otros lugares no menos insólitos de España, los tertulianos del Café Lyon comprobaron aterrorizados que los alienígenas tenían conocimientos muy precisos de su vida, de su familia, de sus casas… ¡Estaban siendo vigilados! Enrique Villagrasa, uno de los miembros de la tertulia ufológica leía este comunicado: «Ummoaelewe. Lengua español. Dirigido a Dionisio Garrido. Madrid. España. Señor Dionisio Garrido, mi primer deseo escriba en una expresión de mis más cordiales saludos hacia usted, su honorable esposa, sus hijos, en especial al más caro, que sabemos ya restablecido de su dolencia circulatoria, y sus hermanos atentos al análisis de nuestra información ofrecida antaño, por estos expedicionarios que le escriben. Señor, de mis hermanos no presentes hoy he recogido este escrito…».
Los ummitas podían tener dificultades con la sintaxis del castellano, pero eran educados y correctos. De eso no cabía duda. Y tampoco cabía duda de que conocían perfectamente a la familia de Dionisio Garrido.
Estos alienígenas, finalmente, empezaron a tomarse demasiadas confianzas: empezaron a citarse con los miembros de La Ballena Alegre. En un momento dado, incluso llegaron a comunicar que pensaban llamar a tal o cual persona.
Ocurrió en casa del señor Donis Ortiz, en 1967. El señor Ortiz, con una pequeña grabadora, pudo registrar una conversación con un ummita. El comunicante, con una voz nasal, emite una especie de graznido incomprensible. El bueno del señor Ortiz le dice: «Perdone, señor ummita, pero es que no le entiendo ni palabra». El alienígena, visiblemente molesto porque no puede comunicarse con el señor Ortiz debido a sus problemas foniátricos, le grita, pero lo que dice es indescifrable. Finalmente, el extraterrestre se cansa y dice: «Des-co-nec-to. Des-co-nec-to».
Los ummitas decían en sus cartas que tenían una especie de deformidad en la glotis que les hacía imposible hablar correctamente. También aseguraban que llevaban infiltrados entre nosotros desde mucho tiempo atrás, más del que imaginábamos, desde 1950. Afirmaban que habían sabido de la existencia de vida en la Tierra por una especie de emisiones que un barco noruego realizó por radio accidentalmente. Decían que habían llegado a los Alpes franceses en 1950 y que se habían instalado en lugares como Albacete, donde al parecer estaban realizando experimentos con personas y que tenían el aspecto de médicos nórdicos.
El 26 de mayo de 1967, un escuetísimo mensaje indica que algún día próximo en alguna parte del perímetro de Madrid —cientos y cientos de kilómetros— se podrá ver el platillo volante de los ummitas.
Fue asombroso. Sencillamente asombroso.
El 2 de junio de 1967, el diario Informaciones reproducía el carrete fotográfico o varias tomas del fotógrafo Antonio Pardo, uno de los dos reporteros que habían captado algo impresionante junto al castillo de los marqueses de Valderas, en San José de Valderas, cerca de Madrid. ¿Qué se veía en esas fotos? ¡Se veía una especie de disco sobrevolando grandes explanadas! ¡Un disco volador en pleno día! Probablemente habría cientos de testigos. Como era previsible, puesto que lo habían anunciado a bombo y platillo, en una de las tomas aparece el ovni mostrando su base y, allí, en la parte inferior… ¡el símbolo de Ummo!
El diario Informaciones, en portada, mostraba las fotografías de un gigantesco ovni, sobrevolando la barriada de San José de Valderas, en el pueblo madrileño de Alcorcón. El objeto, al parecer, se balanceó por encima del castillo de los marqueses de Valderas. Según la noticia, el aparato era ovalado, tenía unos doce metros de diámetro y se movió por el lugar durante diez minutos, hacia las ocho y diez de la tarde.
El grupo de Sesma estaba convencido de que era la prueba irrefutable de que los ummitas ya estaban aquí.
La cosa no quedaba en esto. Con ser mucho. En el diario Pueblo se publicó otra noticia asombrosa esos días. El titular decía: «Cápsulas de otros mundos en terrenos madrileños». Y la foto era de un vecino de la zona, que estaba buscando… ¿buscando qué?
Al parecer, un misterioso ingeniero francés —un supuesto científico anónimo realmente, porque nunca se pudo saber quién era—, había recorrido la barriada de Santa Mónica, junto a Prado del Rey, después de aquel prodigioso avistamiento. ¿Qué buscaba ese científico? ¿Qué quería?
Llamamiento a todos los vecinos de la barriada de Santa Mónica sobre unas misteriosas cápsulas cilíndricas de 128,80 mm de longitud, provistas de un disco central, aparecidas en varios descampados del kilómetro 3 de la carretera de Boadilla, tras los acontecimientos del primero de junio de 1967. Mi comunidad científica se compromete a ofrecer hasta 18.000 pesetas, por cada uno de los tubos que se puedan recuperar, y poner a nuestra disposición. El aspecto exterior es el de un tubo pulimentado, con sus extremos en forma de ojiva. Algunas ya han llegado a nuestro poder, y adjuntamos croquis y fotografía de una de ellas. Nuestro interés es puramente científico. Las citadas cápsulas no contienen dispositivos de interés crematístico o militar. Nuestra área de estudio son los objetos celestes no identificados. Firmado. Henri Dagousset. Dirijan la correspondencia antes del 28 de junio a Lista de Correos. Madrid.
En aquella fotografía-modelo que el supuesto científico había distribuido, se veía un tubito de níquel, abierto por un extremo y dentro una especie de tirilla de plástico; una tirilla de plástico color verde manzana. Y en esa tirilla de plástico, un símbolo troquelado. Un símbolo bien conocido.
Muchos madrileños —y de eso daba fe el diario Pueblo— se lanzaron como locos a la busca de los famosos tubitos de níquel. ¡Eran 18.000 pesetas de la época! ¡Ni más ni menos! ¡Y 7.000 si el artefacto estaba roto! Algunas personas escribieron al periódico advirtiendo que aquellos cilindros podían ser radiactivos, que podían ser peligrosos…
No tenemos noticia de que se recuperara ninguna cápsula.
Se encontró algo, una pequeña lasca que decían que tal vez podía pertenecer a esos tubos. Aquel reluciente material se envió a un laboratorio del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA). Este prestigioso instituto emitió un comunicado en el que decía lo siguiente.
«Análisis del INTA. Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial. La muestra identificada es una película de aspecto flexible, de plástico de color verde claro, opaca, de forma rectangular, con unas dimensiones de 2x7 cm y espesor de cincuenta mieras. Según la información que poseemos de este material, al que identificamos como polifluoruro de vinilo, sólo la firma americana DuPont, bajo el nombre comercial de Kevlar, la fabrica. Es una sustancia de extraordinaria resistencia a la radiación UVA, a los agentes atmosféricos, químicos y a la abrasión. Su campo de utilización es fundamentalmente el de recubrimiento de estructuras para su protección. Tenemos noticias de que en ciertas instalaciones militares y en Cabo Kennedy se protegen los cohetes y propulsores con estas láminas de material de PFV».
¡Material para recubrir satélites! ¡Y patentado y comercializado por una importante marca norteamericana! ¿Qué era aquel asunto de las cápsulas en el barrio de Santa Mónica?
Para mucha gente, incluso para los propios miembros de ese criptogrupo de elegidos, aquello empezaba a oler mal… aquello tenía conexiones que no estaban muy claras. ¿Qué pretendían los alienígenas lanzando cápsulas sin ton ni son que además podían llegar a manos de personas que nada tenían que ver con el asunto?
El grupo de La Ballena Alegre, entretanto, seguía recibiendo cartas, inmensos dossiers y volúmenes mecanografiados, plagados de fórmulas químicas y análisis matemáticos. Algunos llegaron a verificarlas en laboratorios, al parecer, e intentaron llevar a cabo los experimentos que los ummitas les ofrecían de buen grado. Una de esas personas era Rafael Farriols, un importantísimo y prestigioso industrial catalán. En compensación, al parecer, los ummitas deseaban instalar cámaras en su domicilio. ¿Para qué? «Hace veintiocho años, yo recibí un comunicado de los ummitas en el que me decían: “Hemos puesto en su casa, o vamos a poner en su casa, uno de nuestros microelementos de control de imagen y sonido. Para que nos podamos enterar de lo que ocurre en su reducido entorno, porque es para nosotros muy interesante… un ejemplo de cómo vive una familia en un país, de un planeta, que es ajeno al nuestro”».
Los ummitas, decididamente, eran unos curiosos.
Pero, emocionados con la posibilidad de entablar contacto con galaxias lejanas, los miembros del criptogrupo ufológico les siguieron la corriente porque estaban convencidos de estar en contacto con una civilización extraterrestre.