Milenio 3
La casa maldita: Amityville
«Son almas que no descansan, y tampoco se dan cuenta
de que no están en el mundo de los vivos. No tienen
la misma percepción de las cosas que nosotros:
permanecen en un perpetuo estado de sueño,
una pesadilla de la cual no pueden despertar».
Poltergeist (1982), de Tobe Hooper.
Hay una casa en Long Island que lleva treinta años deshabitada. Una fría noche de noviembre de 1974, ese lugar fue testigo de una de las matanzas más espeluznantes de todos los tiempos. Un joven de 23 años acabó con la vida de sus padres y sus cuatro hermanos. Una misteriosa voz se lo había ordenado.
Un año después, otra familia compró la casa, ajena al horror del que habían sido testigos sus paredes. Sólo veintiséis días más tarde, abandonaban la mansión tras vivir fenómenos escalofriantes. Nunca más regresaron y allí quedaron, olvidados, hasta los juguetes de los niños.
Tres décadas han pasado. Abramos las puertas de ese lugar donde nadie ha vuelto a entrar jamás.
«La voz del maligno»
A las seis y media de la tarde alguien llamó muy nervioso a la centralita de la policía del condado de Suffolk, en Nueva York Denunciaba un tiroteo en el 112 de Ocean Avenue, Amityville. Todos los miembros de una familia habían sido asesinados… Todos, excepto uno de los hijos.
Ronald DeFeo había comprado aquel caserón a orillas del río. Era una vivienda preciosa, con dos pisos y ático, e incluso un pequeño embarcadero. Estaba tan feliz, con todos los suyos a su alrededor, que al cerrar la puerta del porche en su primera noche, colocó un cartelito en rojo que representaba un deseo de futuro: «Grandes esperanzas».
¡Qué equivocado estaba!
Uno de los hijos, el mayor de aquella familia aparentemente bien avenida, pasaba mucho tiempo solo en su dormitorio. Era Ronald DeFeo Jr., aunque habitualmente lo llamaban Butch. Tenía mal carácter y a veces cometía pequeños hurtos. Empezaba a tomar heroína y LSD. Y comenzó también a robar el dinero familiar. Cuentan que un día, mucho antes de la matanza, unas voces empezaron a hablar en su cerebro, unas voces que le obligaban a actuar…
—Me lo han ordenado… —decía.
Aquellos sonidos imperativos le ordenaron coger un rifle del calibre 35 y, en pleno silencio, acudir hasta el dormitorio de sus padres. Por fortuna, aquella noche, el arma se encasquilló y su dedo se quedó enganchado en el gatillo. Butch observó la escena con aquella mirada fría y vacía, y regresó a su habitación como un autómata.
Allí volvió a sumirse en las tinieblas de su pensamiento, quizá pensando en una próxima ocasión.
Aquella noche del 13 de noviembre de 1974, a las tres y cuarto de la madrugada, la familia DeFeo descansa plácidamente. Todos están dormidos. Un plan macabro, urdido por el joven, está a punto de ejecutarse.
Horas antes había aprovechado un descuido para añadir narcóticos en la densa sopa de la cena. La velada transcurrió con la habitual armonía en torno a la mesa. Cuando sus padres y hermanos sucumbieron ante el sueño provocado por aquella sustancia adormecedora, Ronald fue trasladando sus cuerpos dormidos, uno por uno, hasta una de las dependencias de la mansión. Allí los fue colocando boca abajo, con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados. Acompañado en aquel largo ritual por el leve sonido de sus respiraciones suspendido en el aire. Después, tomó una escopeta que había preparado y culminó su espeluznante obra.
Seis disparos retumbaron en la casa y el aire se contaminó con el penetrante olor de la pólvora y la muerte. En el exterior, el silencio sólo anunciaba una noche tranquila…
Butch utilizó un rifle del calibre 35. Le pegó dos tiros al padre: uno atravesó el riñón y salió por el pecho; otro le quebró la espina dorsal; después disparó a su madre, Marie Louise; y luego, con una frialdad que sobrecoge el alma, se encargó de sus hermanos menores, dos niños y dos niñas.
A la mañana siguiente, en un bar, Ronald detalló a sus vecinos la dantesca escena que más tarde la policía encontraría en su casa.
¿Cómo pasó aquella noche Ronald DeFeo Jr.? No sabemos qué cruzó su pensamiento realmente. Lo que sí sabemos, por las fotografías que se difundieron, es que arrastró los cadáveres y los colocó de un modo que quizá tenía algún significado para él. Quizá estaba actuando con un método, ajustándose a un plan. Da la impresión de que, de repente, fue consciente de lo que estaba haciendo e incluso pudo llegar a intuir que alguien dominaba su mente durante aquellas horas.
Eran aquellas malditas voces otra vez…
A las seis y media de la tarde llamó a la oficina de la policía, notablemente nervioso y farfullando palabras inconexas, asegurando que había permanecido toda la noche en vela, sin dormir, y que a las cuatro de la madrugada, sin escuchar nada aparentemente extraño, se dio una ducha y salió de la casa… al regresar se había encontrado con su propia familia aniquilada.
Cuando la policía llega al número 112 de Ocean Avenue y accede al domicilio de los DeFeo, encuentra una verdadera carnicería. «Es inusual que seis miembros de una familia mueran así», decía un testigo que había estado presente en aquellas primeras horas: «El chico simplemente llegó y disparó a los seis miembros; afirmaba estar poseído por el demonio y que éste le hablaba en su interior pidiéndole que ejecutara a todos».