Milenio 3
Mitología: oro, cuevas y dioses
Sin embargo, ni Armstrong ni el jefe de la expedición, Stanley Hall, vieron la Biblioteca de Oro. Comprobaron, eso sí, que efectivamente existían unas galerías que parecían cortadas a cincel, a unos treinta metros bajo tierra en la Sierra de los Tayos. En esa expedición participaron varios ingenieros y ellos afirman que existe todo un complejo de redes subterráneas en el lugar. No hablan de un solo túnel, sino de un complejo perfectamente tallado y desde luego artificial. La importancia de la cueva de los Tayos reside en las construcciones arqueológicas que no tienen explicación natural.
En particular, hay estructuras arquitectónicas que han atraído las miradas de los especialistas, como el llamado «arco Von Daniken», que es una pared de ladrillos. O las técnicas de la piedra angular, para pulimentar y modificar la roca; técnicas que se encuentran en las ciudades precolombinas de Perú y en Egipto, y que se pueden ver en las profundidades de la cueva de los Tayos.
«En cierto sentido», explica Chionetti, el trabajo de Hall «fue una expedición fallida. Y no creo que Neil Armstrong estuviera muy enterado de que tal vez, a la vuelta de la esquina, en un recodo de la cueva, pudiera haber una biblioteca de láminas de oro que contaría la Historia de la Humanidad en época antediluviana».
Mitología: oro, cuevas y dioses
A pesar de todos los fraudes y mentiras, la leyenda de las cuevas de los Tayos sigue viva. Se habla de individuos que, tras haber visto la Biblioteca de Oro, fueron asesinados en circunstancias extrañas. Tal fue el caso, por ejemplo, de un tal Petronio Jaramillo, que fue tiroteado en 1999, seguramente por razones políticas.
También se habla de tribus peligrosísimas, aunque esto parece formar parte de la mitología de los expedicionarios del siglo XIX: «Algunas de las tribus indígenas podían tener una cierta peligrosidad hasta hace algunos años», asegura Chionetti. «Y ha habido casos de crímenes y muertes, pero es una zona tranquila. Lo que ocurre es que la guerra de 1995 y 1996 entre Perú y Ecuador produjo muchos cambios en el lugar… En este momento, el mayor peligro son las minas: esa zona fue minada por las partes en conflicto, Perú y Ecuador».
El interés en este mito obligó a la Administración ecuatoriana a realizar mapas y planos de la zona, aunque quizá también se ocultaban motivos estratégicos relacionados con las convulsas relaciones con los vecinos. «Por cierto», precisa Javier Sierra, «el ejército ecuatoriano había obtenido unas fotografías de las que Von Daniken se apropió para su libro».
Después de tantos hechos fraudulentos y de tantas falsificaciones, ¿cómo es posible que el mito siga vivo?
En primer lugar, la cuestión afecta a los intereses científicos. Como dice Javier Sierra, «no se tiene ni la tecnología, ni la motivación ni la subvención para explorar esos lugares». Juanjo Revenga y Nacho Ares coinciden en afirmar que este tipo de expediciones cuesta muchísimo dinero, en personal cualificado, equipos, permisos, etcétera. Hay que luchar permanentemente con las instituciones locales y, en cierto modo, con la población local. Si los especialistas realizan un hallazgo, ello supone un verdadero conflicto para las administraciones, que se ven obligadas a invertir en su protección, a crear museos o a fundar grupos de investigación locales. Eso, en países pobres, constituye todo un problema. Hay pirámides y conjuntos arquitectónicos perfectamente identificados y localizados en América, pero no hay dinero para mantenerlos y estudiarlos. Algunos arqueólogos prefieren que se mantengan así, ocultos, hasta que se den las condiciones apropiadas para su investigación.
Además, en el caso concreto de los Tayos, existe una imposibilidad física de acercarse a esos lugares en temporada seca, porque los caudales son muy escasos y es necesario esperar las crecidas de los ríos para adentrarse en la selva por vía fluvial: ir caminando por la selva es simplemente imposible. Y los conflictos armados en la zona no son desestimables: aunque aparentemente todo esté tranquilo, los roces entre los grupos militares pueden ser frecuentes.
El único medio actual de poder investigar estos lugares «secretos» parece ser la asociación con grandes empresas de comunicación, como Discovery Channel o National Geographic Channel, que financian expediciones contando con resultados económicos y publicitarios. Algunos especialistas piensan que esta metodología puede constituir una cierta «prostitución» de la arqueología, pero quizá no quede más remedio que unir la investigación científica y el espectáculo si se quieren obtener resultados positivos.
Así pues, la leyenda de los Tayos se engrandece porque, simplemente, resulta inaccesible y no se conoce bien.
Pero lo que verdaderamente mantiene viva la historia de la cueva de los Tayos es la tradición del oro americano. Eldorado, las Siete Ciudades de Cibola, la provincia de la Canela y otras mil leyendas en las que se habla de tesoros maravillosos y enormes cantidades de oro han contribuido a perpetuar el mito. A esta idea se une otra muy popular desde la Antigüedad: las ciudades subterráneas.
En algunas historias se mezclan ambos argumentos, el oro y las cuevas. Por ejemplo, la que cuenta que los incas escondieron su tesoro ante la previsible conquista de los españoles en el siglo XVI. En las junglas de Madre de Dios, una de las selvas menos exploradas del planeta, hay en teoría «una ciudad perdida que se ha buscado miles de veces. Como no se ha encontrado, al final, se ha llegado a la conclusión de que es una ciudad subterránea, donde huyeron los incas con todos sus tesoros. Y eso es lo que se continúa buscando», subraya Juanjo Revenga. Este especialista añade además que ni la Ciudad Perdida de los incas ni la cueva de los Tayos son las únicas historias. Hay ciudades perdidas desde Estados Unidos hasta Tierra del Fuego. En Brasil, por ejemplo, en el distrito de Minas Gerais, se cuenta que una de las muchas cuevas que se abren en aquella zona comunica directamente con las estribaciones andinas. Y en Cuzco y Sacsayhuamán, la zona más visitada y turística de Perú, se asegura que las ciudades se comunican con túneles. «Y en ellos ha desaparecido muchísima gente. La gente que entraba allí no volvía a salir», explica Revenga. «Son túneles reales. Y en Honduras había una cueva donde desaparecieron muchas personas, pero como no había dinero para ir a buscarlas, allí se quedaron. El mito de Eldorado (o El Dorado) ha sido simplemente eso: los tesoros indígenas que se ocultaron en las selvas o en los túneles y que, presumiblemente, están ahí».
De modo que el fundamento de la leyenda síes real. «Claro», afirma Nacho Ares, «son leyendas que tienen un principio de realidad. No son realidad en su totalidad, pero contienen un poso de verdad. En la leyenda de Eldorado conocemos todo el desarrollo de la historia, pero no conocemos el principio, ese principio de verdad. En la cueva de los Tayos, del mismo modo, puede haber un trasfondo de realidad que después se ha desarrollado, se ha extendido y ha aumentado hasta un tamaño exagerado. Pero la posibilidad de un tesoro en esas cuevas no es extraña ni extravagante».
La configuración geológica de América, al igual que sucede con otros lugares del planeta donde hay infinidad de cuevas y pasadizos subterráneos, permite justificar la idea de que fueran utilizadas en momentos de crisis como refugios. Además, en muchas ocasiones, tenían un significado especial desde el punto de vista religioso para aquellas culturas primitivas. De modo que, según los especialistas, es muy lógico que alguna de esas cuevas tuviera ese significado mágico y que algunas culturas antiguas depositaran en ellas su legado arqueológico, material, bibliográfico, etcétera. Puede que algún personaje local lo encontrara y de ahí naciera la leyenda. En todo caso, según Nacho Ares, «el problema es que no hemos conseguido asir ese principio real que nos daría la clave». Los túneles, las galerías, los pasadizos y las cuevas son paisajes recurrentes. En esos lugares se refugiaron los hombres primitivos, allí construyeron sus templos, allí decían que estaban las puertas del infierno; allí se escondieron eremitas y bandidos, allí se ocultaron tesoros, se encerraron criminales e inocentes; por esas galerías se escapaba de los castillos y las ciudades, etcétera, etcétera. Desde la pitonisa de Delfos, que dictaba sus vaticinios junto a una sima, hasta Julio Verne, que hizo descender por una gruta a sus protagonistas para encontrar el centro de la Tierra, la Humanidad ha mirado estos espacios como lugares de misterio.
En 1994, un equipo dirigido por Javier Sierra descubrió que las principales iglesias de Cuzco, construidas sobre los antiguos templos sagrados incaicos, se podían alinear en la ciudad, de parte a parte y en línea recta. «Eso entroncaba con una leyenda antigua que decía que a través de todos esos antiguos templos sagrados incas se podía acceder a un túnel que podría haber sido utilizado en tiempos de Atahualpa para esconder el famoso oro sagrado del Templo del Sol o Coricancha. La evidencia arquitectónica estaba a la vista de todo el mundo, nadie la había sabido ver, pero las fotos satélite evidenciaban que todas esas iglesias estaban alineadas. Años después se emprendieron las excavaciones en el convento de Santo Domingo (antiguo Templo del Sol en tiempos de los incas). Y hallaron evidencias de que efectivamente existió un túnel, ya hundido».
Finalmente, para que este mito de los tesoros perdidos de América permanezca vivo, es necesario añadir un elemento imprescindible: es una constante en todas aquellas civilizaciones la tradición según la cual los dioses descendieron del cielo —a veces envueltos en luces o en aparatos increíbles— y les legaron «algo». Esa historia, en buena parte de los pueblos americanos, hablaría de los principios de la especie humana, lo cual se vincula con las hipótesis de Erich von Daniken y las tablillas de la Biblioteca de Oro. Los enviados del cielo, o como quieran llamarse, no sólo contribuyeron al progreso de aquellas civilizaciones, sino que, al parecer, depositaron en ellas un bagaje cultural que en Occidente se considera mitológico. Esas culturas, esos pueblos indígenas, transmitieron su sabiduría de modo oral. Los niños escuchan las historias de los viejos porque, a su vez, ellos tendrán que contárselas a sus nietos. Es un hecho que parece común a todas aquellas civilizaciones: todo lo basan en alguien que vino del exterior.
Las entrañas de nuestro planeta esconden aún muchos tesoros por descubrir, pero los problemas se acumulan: financiación deficiente, errores en la investigación, falsificaciones, peligros objetivos en los accesos, incompetencia administrativa, etcétera. De modo que la conclusión popular es más que evidente: no se investiga y no se dan a conocer los resultados porque «alguien» no quiere que todos los secretos que esconde la cueva de los Tayos —y otras— se revelen. Es decir: «conspiranoia».