Milenio 3
«Lo envolvió en una sábana limpia»
Con la muerte de Jesús en la cruz —así lo atestiguan los evangelistas— se puso fin a la Pasión. Aquí, tal y como lo entendieron los mismos discípulos, acababa la historia. Pedro y los suyos se escondieron por temor a las represalias. No confiaban en las predicciones de su maestro. (Tal y como se ha avanzado, no todos los especialistas consideran que Jesús muriera en la cruz. Para tratar de explicar lógicamente un suceso prodigioso, se han aventurado un sinfín de teorías que, en resumen, sugieren que el rabí no estaba muerto cuando lo descendieron y que, posteriormente, huyó de Palestina).
Según las Escrituras, un rico hacendado judío, llamado José de Arimatea, amigo de Jesús, solicitó hacerse cargo del cuerpo aquel mismo viernes, dado que en el sabbat estaba prohibido realizar cualquier trabajo y, desde luego, tampoco se podían celebrar ceremonias de enterramiento. Así, José de Arimatea, junto a algunas mujeres (María y María Magdalena entre ellas), perfuman el cuerpo del crucificado y lo envuelven en «una sábana limpia». Lo introducen en una tumba nueva —quejóse de Arimatea había comprado para sí mismo— y regresan a sus casas.
Y aquí comienza uno de los grandes misterios de la Historia. ¿Qué ocurrió en aquella oscuridad sepulcral? César Vidal nos explicaba que, de acuerdo con el Derecho romano, el cuerpo se entregaba a aquella persona que lo solicitara. El hecho de que José de Arimatea tuviera un sepulcro en Jerusalén no es insólito, porque muchas personas compraban tumbas en la capital porque deseaban que su cuerpo reposara en la Ciudad Santa tras su muerte. «Se ordenó que una guardia vigilase la tumba, porque, efectivamente, se temía que alguien pudiera robar el cuerpo. Jesús había anunciado que iba a resucitar y, desde luego, la autoridad no quería dar pábulo a ese rumor. Pero la mañana del domingo, a pesar de la guardia, lo cierto es que el sepulcro aparece vacío. Yo creo que ésos serían, en definitiva, los hechos constatables», concluye César Vidal. Sin embargo, hay aún algún aspecto que vale la pena destacar: «No solamente el sepulcro aparece vacío, sino que, además, no aparece el cadáver. Y no solamente nadie encuentra el cadáver, sino que además las personas que desde un principio tienen algún tipo de duda de que allí haya podido suceder algo parecido a la resurrección se van convenciendo con el paso de las horas como consecuencia de una serie de apariciones».
La resurrección de Jesús es un hecho irrenunciable y decisivo para los fieles cristianos. Si Jesús hubiera muerto y su cuerpo se hubiera mantenido en el sepulcro y se hubiera descompuesto y sus huesos finalmente hubiesen sido removidos durante los siglos posteriores, nada tendría sentido en la religión cristiana y sus variantes. La resurrección es un dogma de fe. Su mensaje podría haber tenido cierta importancia, pero lo que le confiere el verdadero poder es el hecho de que resucitara y de ahí la fuerza y el vigor con el que los cristianos primitivos se esforzaron en la difusión de su creencia. De hecho, ni les importaba morir como mártires, a la vista del ejemplo de su maestro.
Milenio 3 no entra a juzgar los aspectos religiosos de la cuestión: lo único visible y palpable a lo que podemos aferramos es a ese lienzo que, según los expertos, quedó en el sepulcro y fue guardado, custodiado y venerado desde entonces como la prueba de la existencia, el martirio y la resurrección del rabí Jesús el Nazareno.
Es la Sábana Santa. Aunque hay muchas otras «sábanas santas» en todo el mundo y en España —hasta una treintena—, los datos históricos y el seguimiento de los investigadores se ha centrado en la llamada Síndone, el lienzo que se custodia en la catedral de Turín. El recorrido histórico de esta pieza se ha estudiado con mucho detenimiento y sus características parecen ajustarse a lo que se espera del Santo Sudario. El resto de las piezas son copias, o se consideran «santas» por haber estado en contacto con la que, a todas luces, parece más cercana a la original.
Como era previsible, la Síndone turinesa está rodeada de polémica y no todos los especialistas admiten que sea el tejido que verdaderamente envolvió el cuerpo de Jesús. Algunas investigaciones técnicas han adolecido de rigor y fiabilidad —como las que se hicieron con la prueba del Carbono-14— y por desgracia no se ha podido corroborar científicamente que la Sábana Santa sea exactamente lo que se dice que es. A pesar de ciertas incompetencias científicas, sí parece estar demostrado que se trata de un lienzo fabricado según las técnicas del siglo I en Palestina y los restos de polen ratifican presencias biológicas de plantas endémicas de la zona.
(Aprovechando circunstancias más o menos literarias, no ha faltado quien asegure que el lienzo fue «manufacturado» por Leonardo da Vinci. El genio renacentista era, desde luego, capaz de muchas cosas, pero es dudoso que contara con la tecnología para efectuar quemaduras superficiales tan precisas como las que muestra la Síndone).
Con todas las precauciones, por tanto, se puede admitir que se trata de un lienzo del siglo I. En él, mediante un proceso del que no se sabe prácticamente nada, quedó impresa la figura de un hombre, al que los creyentes dan el nombre de Jesús de Nazaret. La figura es, claramente, la de un individuo crucificado. Se posee tanto la parte frontal como la parte dorsal. Como si de una radiografía se tratase, quedaron impresas en ese lienzo todas las marcas, heridas y magulladuras del reo. Incluso pueden apreciarse dos monedas de cobre (leptones) que solían colocarse sobre los párpados, conforme a las tradiciones paganas de Grecia y Roma. Desde muy antiguo, solían colocarse unas monedas en la boca o en los párpados de los muertos para que el barquero Caronte, que cruzaba la laguna de los muertos o laguna Estigia, pudiera cobrar el pasaje.
¿Qué puede apreciarse en los restos de ese lienzo custodiado en Turín? Pues bien, se han contado hasta ciento veinte latigazos en la espalda causados por la flagelación. Una fuerte contusión en la mejilla derecha, justo debajo del ojo. Un golpe dado con un bastón en la región nasal. Un impacto en el labio superior. Cinco golpes de flagelo en el bajo vientre. Numerosas heridas en la cabeza y nuca provocadas por una especie de casco de espinas. Escoriación en el hombro derecho con forma de rectángulo provocada por el roce y peso del patibulum, el madero transversal de la cruz. También hay marcas causadas por esta pieza en el omóplato derecho. Heridas en las rodillas causadas por caídas. Incisión en el costado provocada por una lanza, entre la quinta y la sexta costilla. Y, por último, dos heridas en ambas muñecas provocadas por clavos; el mismo tipo de llagas aparece en los pies. No tiene las piernas quebradas.