Milenio 3
Noches de miedo en Pakadas
Cuando la Guardia Civil llegó a la casa, no podía dar crédito a lo que veían sus ojos: había dos cuerpos —más tarde se supo que eran un hombre y una mujer—, con los brazos en cruz, carbonizándose en una macabra hoguera. El fuego los había reducido al tamaño de dos muñecos deformes.
Es comprensible que el terror y el espanto se apoderaran de aquellos dos miembros de la Guardia Civil y de los cinco trabajadores que habían penetrado en la casa del cortijo de Los Galindos. Por allí vagaba una perrita, propiedad del capataz, Manuel Zapata, y tenía el pecho y las patas llenas de sangre, y estaba dejando sus huellas impresas en las losetas del cortijo. Parecía que rascaba una puerta y que trataba de llamar su atención sobre algo… Un candado aseguraba la puerta de una habitación. Se abrió, y allí apareció otro cuerpo, el de una mujer, Juana Martín Macías, de 33 años, con los brazos en cruz, tumbada encima de la cama, y con la cara tan destrozada que resultaba casi irreconocible.
El horror no acababa aquí. En la parte de atrás, junto a un arroyo, otro hombre, un tractorista de la finca, apareció con el pecho abierto, tiroteado, de rodillas, y también con los brazos en cruz…
Noches de miedo en Pakadas
Naturalmente, cuando se supo lo que había ocurrido, el pueblo de Paradas se estremeció. Es fácil imaginar el miedo de aquella noche, las escopetas muy cerca de cada cama, las puertas y ventanas cerradas a cal y canto, la tensión que podía cortarse… Juan León, un habitante de Paradas que vivió de cerca aquel episodio, recuerda el ambiente del pueblo en estos términos: «Todas las puertas de las casas cerradas, las ventanas cerradas y todos los candados echados».
La investigación policial comenzó inmediatamente.
Todos los indicios apuntaban a un hombre que debería haber estado allí y… no estaba: el capataz, Manuel Zapata, de 53 años. ¿Se habría vuelto loco? Incluso se pensó que el calor le había afectado el cerebro y había decidido acabar con todos sus semejantes. Los aldeanos de algunas zonas de España están persuadidos de que algunas variaciones meteorológicas enloquecen a los hombres. En Asturias, por ejemplo, se habla del viento sur como un índice peligroso, y lo mismo ocurre en Cádiz y en Levante, donde el viento del este parece azuzar instintos criminales. ¿Habría sufrido Manuel Zapata este violento impulso? ¿Qué le había ocurrido a Manuel Zapata? ¿Qué se le había pasado por la imaginación para cometer aquel crimen? Y, sobre todo, ¿dónde estaba? ¿Dónde había ido después de la matanza?
A lo largo de los días y las noches siguientes, los habitantes de Paradas y los pueblos cercanos sólo esperaban ver la imagen de un loco, un hombre trastornado que vagaba ensangrentado y furioso por aquellas dehesas sevillanas.
Pero Manuel Zapata ya estaba muerto. Probablemente había sido el primero en morir. Lo encontraron en el hueco de un árbol, envuelto en paja y con la cara completamente desfigurada. Alguien le había destrozado el rostro con un garfio de la empacadora de un tractor y se había ensañado en él repitiendo hasta veinte veces los golpes…
Salvador Ortega Mallén, jefe de la Brigada de Investigación Criminal de Sevilla, fue la persona a la que le correspondió investigar el crimen de Los Galindos. Contaba con técnicos y avances propios de aquel año 1975, aprendidos de Scotland Yard y del FBI, pero se encontró ante el caso probablemente más difícil de su carrera. Al parecer, todo el pueblo —y los propios investigadores— estaba convencido de quién era el culpable. Como se ha indicado, se trataba del capataz Zapata. Y, de repente, aparece, envuelto en paja y con la cara brutalmente masacrada. Revive esos momentos Salvador Ortega: «Al no encontrar el cadáver de Zapata, pensamos lógicamente que él era el autor. Todas las inclinaciones y todas las tendencias iban en este sentido, de acuerdo con las investigaciones que realizó en aquel momento la Guardia Civil. El primer sospechoso era Zapata, que no aparecía. Después, al cabo de unos días, apareció su cuerpo detrás de unos bloques de paja, donde se sentaba a comer el bocadillo la pareja de la Guardia Civil que estaba vigilando el recinto. Es decir, imaginamos que lo habían trasladado a aquel lugar para que lo descubriéramos de una vez y para que no culpáramos a aquel hombre. Porque, en realidad, él no había sido el autor».
Manuel Zapata fue el «culpable oficial» durante unas 48 horas. La prensa recogía el sentimiento popular y se advertía, al dar algunas informaciones, que había habido enajenamiento mental o que había sido un crimen pasional…
Sin embargo, había algo muy raro: nadie había robado nada. Nadie había sustraído nada a ningún cadáver y todo parecía en orden dentro del cortijo. Entonces ¿qué clase de crimen era aquel?
José González, Asunción Peralta, Juana Martín Macías, Ramón Parrilla y Manuel Zapata eran los nombres de las víctimas. Cinco muertes horribles en un entorno aparentemente pacífico. El resultado inmediato: el terrible y conocido «torbellino del miedo psicosocial». Es habitual en estos casos —aunque también se produjo en el caso de Jarabo (véase el capítulo «Garrote vil»)—: cuando este tipo de crímenes se producen en entornos pequeños y cerrados, el eco se multiplica y se expande, los hombres y mujeres se ven atenazados por el terror y distorsionan cualquier investigación objetiva.
En todo caso, la policía trata de reconstruir la escena del crimen para dar con alguna pista coherente: el pasillo principal del cortijo de Los Galindos aparecía con rastros de sangre, probablemente del cuerpo de Juana. ¿Por qué la habían encerrado en aquella habitación? ¿Por qué habían cerrado la puerta con un candado? ¿Por qué la habían colocado con los brazos en cruz, con la cara sobre la almohada, con una expresión que ya era imposible de vislumbrar porque su rostro estaba completamente deformado?