Milenio 3
Las manos femeninas… y el veneno
¡Aquella espantosa criada los estaba envenenando!
Pilar fue detenida, confesó haber utilizado matarratas y matahormigas para envenenar a sus víctimas y declaró que, en el caso de Adela Pascual, la mujer del carnicero, sólo pretendía hacerse la dueña de la casa.
Pilar Prades fue la última mujer ejecutada en España. El verdugo era Antonio López Guerra, un verdugo al que le correspondía la zona de Levante. En realidad, no le correspondía a él, sino a otro que tenía encomendada la provincia de Valencia, pero éste se negó, y Antonio López Guerra tuvo que sustituirlo. Fue un hecho terrible, nos lo cuenta Marisol Donis, la especialista: «Fue tremendo, porque esperaban el indulto. Todos los presentes empezaron a sufrir ataques de nervios y al final se fueron. Sólo permanecieron allí el sacerdote, el verdugo y ella. Se había pedido el indulto y estuvieron esperando hasta las seis de la mañana. No llegó, y a las seis de la mañana del 19 de mayo de 1959 la ejecutaron».
Cuentan los que todavía viven y presenciaron aquella ejecución que fue un momento estremecedor. Nadie creía que le pudieran negar el indulto, pero sin defensa y sin ser arropada por nadie, sin dinero y sin nadie que velara por ella… al final acabó sentándose en el garrote vil. Basilio Martín Patino, a mediados de los setenta, entrevistó a una serie de verdugos que habían actuado para la administración penitenciaria. Gracias a su trabajo podemos escuchar al verdugo de Pilar Prades. Antonio López Guerra, explica cómo fue aquella terrible noche, previa a la ejecución: «Y ya… llegó la hora de la verdad. Eran las seis de la mañana. Sacaron a la muchacha de la capilla… Era una muchacha bajita, regordeta, y al llegar la hora, el aparato estaba allí colocado, llegó ella y al ver aquello… Estaba allí el tribunal, y a los diez minutos de estar allí… pues nada… nadie decía nada. Y la pobrecita muchacha, pues… allí estaba, llorando, dando gritos… Total, que allí todo Dios lloraba, estaban llorando allí hasta las ratas. Entonces ella me dijo: “Está usted deseando matarme”. Yo le dije: “No, ¿cómo yo…? Lo único que estoy deseando es que esta gente diga que te deje y que te marches a tu casa”. Entonces ella me dijo: “¿Tú tienes hijas?”. “Tengo una”, le contesté. Y me dijo: “Pues… ¡ten piedad de mí!”».
Pedro Costa, en aquella producción llamada La huella del crimen, recreó con una impresionante actuación de Terele Pávez la vida de esta mujer.
—¿Quiere otra tacita de hierbas, señora? —preguntaba Terele Pávez con mirada sombría.
Las manos femeninas… y el veneno
Hay algo delicado en el uso del veneno, una actitud especial, una finura y un gusto por el detalle… Las mujeres que destapan una cajita de porcelana, las damas que abren un anillo, las doncellas que espolvorean finísimas sustancias en los alimentos… Todas ellas actúan con la serenidad de quien está seguro de sus actos. Es tan característica en ellas esta elegancia criminal como típica en el hombre la brutalidad y el salvajismo. Quizá la psiquiatría nos ofrezca algún día una explicación a estas singulares diferencias.
Una de estas «delicadas» envenenadoras fue Teresa Gómez Rubio, en la década de 1940, también en Valencia. Esta mujer envenenó a su compañera, Isabel Leonarte. Utilizó unas gotas de líquido insecticida que compró en el comercio. Por el mismo método envenenó a otra compañera de la misma casa, Teresa Doménech. Por si fuera poco, también una amiga de sus señores recibió la misma muerte, y lo intentó con otra criada y una costurera, pero éstas consiguieron salvar la vida, aunque quedaron inválidas. Teresa se vio obligada a comenzar a servir, ya que su novio estaba cumpliendo una condena en la cárcel y la hija de ambos padecía trastornos psíquicos. Comenzó a trabajar en una casa donde ya había una criada, Isabel, pero ella se llevaba las peores tareas y peleaba continuamente con su compañera. Teresa tampoco se comportaba bien ante las visitas, de modo que los señores decidieron despedirla. Ella no quería dejar la casa y la solución era acabar con la vida de su compañera. Así envenenó a cuantas personas se cruzaron en su camino. Fue condenada a pena de muerte como autora de tres delitos de asesinato y dos delitos de asesinato frustrado.
En otros casos son mujeres sin nombre, mujeres ejecutadas también por el poco apropiado método del garrote vil. Por ejemplo, D. P Esta envenenadora llevó a cabo uno de los asesinatos más crueles de la época, en la década de 1940. Acabó con la vida de su marido, con el que se llevaba realmente mal, administrándole matarratas en el café con leche. Cuando encontró el cadáver decidió deshacerse del cuerpo, y no se le ocurrió mejor forma de hacerlo que descuartizarlo. Con un cuchillo lo partió por la cintura y con un hacha le partió la columna vertebral, quemó los despojos en la lumbre y arrojó los restos incinerados al río. La extraña desaparición del marido llevó a las Fuerzas de Seguridad a investigar el suceso. Y en el domicilio hallaron restos del asesinato. Fue condenada a la pena de muerte.
María Domínguez Martínez era natural de Paterna del Campo, un pueblo de Huelva. Siendo muy joven se trasladó a la ciudad para servir en casa de un teniente coronel, con el que, además, mantuvo una relación íntima. La esposa de éste estaba enferma con frecuencia y esto le sirvió de coartada a María: en los vasos de leche que le ofrecía continuamente le suministraba un insecticida muy potente. Cuando la señora murió, nadie se extrañó. Sin embargo, el militar viudo no se casó con ella, sino con otra mujer. Tras el éxito de su primer asesinato, cobró confianza suficiente para acabar también con la nueva esposa, que estaba en avanzado estado de gestación. Esta nueva muerte hizo sospechar a las autoridades policiales y, tras exhumar los cadáveres, se hicieron análisis de las vísceras, que dieron como resultado la presencia de arsénico. Fue condenada por tres crímenes y ajusticiada el 23 de mayo de 1949. El verdugo era Bernardo Sánchez, que resultó ser su propio primo. Bernardo, que contaba con catorce ejecuciones en su historial, tuvo que ponerse capirote para dar muerte a su prima.