Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 43 de 198

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Milenio 3

Gárgolas y marcas de canteros

Aunque no puede generalizarse el uso de la simbología de los colores en las vidrieras góticas, dada la maravillosa variedad de las mismas, los maestros vidrieros solían tener en cuenta que cada color y cada matiz tenía un significado: así, el color rojo vivo evocaba la sangre, la Pasión de Cristo y el fuego, los bajos instintos o el mundo de tinieblas infernales que han de ser sacrificados para llegar a la purificación. Cuando era un rojo más o menos anaranjado o dorado, se pretendía remarcar el valor de lo espiritual frente a lo mundano. El color blanco, el color de la túnica que Jesús llevaba en la Transfiguración, evoca la luz original, el Paraíso y la elevación. El verde hace referencia a la naturaleza, a la capacidad de germinación que poseen todas las cosas vivas gracias a la intervención divina. El dorado significaba la culminación de la obra alquímica, la perfección. Es el color que aparece en las aureolas de los santos y de los ángeles. El azul aludía, por supuesto, al cielo. Y el ocre es el color con el que los creadores solían pintar los rostros, simbolizando aquello que ha sido creado del barro primordial.

 

Gárgolas y marcas de canteros

Las gárgolas son una solución arquitectónica a un problema meteorológico: son canalones ornamentales que servían para expulsar lejos de los muros el agua de lluvia que caía en los tejados. A esta necesidad funcional, como desagüe de los tejados, se añadieron a partir del siglo XII objetivos ornamentales. Los escultores dejaron en las gárgolas todo un muestrario de la imaginación medieval, recreando representaciones de monstruos, seres demoníacos o deformes, y figuras grotescas, auténticos bestiarios en piedra.

Sin embargo, no todas las gárgolas son funcionales: algunas no tienen ninguna utilidad real como elementos arquitectónicos (véanse, por ejemplo, las figuras demoníacas que parecen otear los tejados parisinos desde Notre Dame). Y, sobre todo, cabe preguntarse por qué las gárgolas adoptan esas figuras espantosas en recintos presuntamente sagrados y dedicados a Dios.

Si se admite la explicación de Fulcanelli, según el cual gótico es una variante de artgoético, o arte mágico, o argot (esto es, una lengua y un código sólo asequible a un grupo de iniciados), las figuras de las gárgolas tendrían significados precisos — aunque hoy se hayan perdido—.

En el ámbito espiritual y subliminal, las gárgolas tenían tres funciones principales: advertir, formar y distinguir o señalar. Algunas de ellas fueron colocadas como una señal de determinada orden o filosofía secreta. Dependiendo del animal que representaran, tenían un sentido u otro. Por ejemplo, las que tenían cabeza de dragón representaban la transmutación alquímica o el fuego del infierno. Con cabeza de gallo, representaban la fuerza de la energía, la valentía o el liderazgo. Las cabezas de león aluden a la potencia física, a la vez que actúan como guardianes de los templos. Las gárgolas con cabeza de engendro o figuras demoníacas —que son las más comunes, pero no por ello menos importantes— manifiestan las bajas pasiones, la sexualidad y los instintos primarios.

La teoría común que explica la presencia de estos monstruos en templos dedicados a Dios habla, precisamente, de advertencias: el Mal, el demonio y los seres infernales están siempre vigilantes y al acecho. Es una explicación, pero… ¿es toda la explicación? Resulta difícil creer que tantas y tan magníficas esculturas de París, Reims, Barcelona, Burgos, etcétera, sean caprichos de escultor, que monstruos y demonios coronen templos sagrados o que sean advertencias a individuos que apenas pueden divisarlos desde el suelo.

Los aficionados a la novela histórica seguramente recordarán Los pilares de la Tierra, de Ken Follet, el cual desarrolla una trama de amores, pasiones y odios en torno a la construcción de una catedral en la Inglaterra medieval.

El protagonista es un maestro arquitecto que visita los trabajos del primer templo gótico francés, Saint-Denis. Las agrupaciones de canteros y constructores (magones) se establecieron en gremios que viajaban y se desplazaban juntos de acuerdo con las necesidades y contrataciones, y muchos de ellos participaron en la construcción de los templos que jalonan el Camino de Santiago, llamado también Camino Francés. Lo que sabemos es que hubo una serie de hermandades, una serie de grupos o de familias que tenían sus símbolos y los dejaban grabados en las piedras de los templos. Son las marcas de canteros. En este punto, los historiadores están seguros de que se trata de marcas «industriales» o de producción que se hacían en las canteras, pero es difícil explicar la identidad de marcas en lugares muy alejados o definir por qué están colocadas en unos lugares y no en otros.

En relación con estos grupos de obreros y especialistas, uno de los grandes misterios, sobre los que se están redactando infinidad de libros, remite a la financiación de los templos góticos. ¿Cómo pudieron llevarse a cabo tal cantidad de templos en tan breve espacio de tiempo? ¿Quién pagaba a esos arquitectos y obreros especializados? Por supuesto, algunos estudiosos acuden aquí a los templarios. Dicen que fueron los benefactores o los financiadores de las grandes catedrales góticas y que sustentaron las grandes cuadrillas de arquitectos, canteros, vidrieros, pintores y escultores con plata traída… En fin, la historia es conocida y aún está viva la polémica: lo que algunos estudiosos sugieren es que la Orden del Temple viajaba a América antes del descubrimiento y explotaba las minas de plata del lejano continente. Esta hipótesis supone que con esa plata se financió la construcción de buena parte de los templos góticos. Aunque hay coincidencia en el tiempo, es imposible —por el momento— saber si ese cambio radical en la historia de Europa y de la religión se debe a los freires del Temple. Simplemente, no lo sabemos.

Pero Javier Sierra puede ofrecer algunas pistas: «La primera gran catedral gótica es la catedral de Chartres, que se empieza a construir a principios del siglo XII. Es una catedral extraña, porque para una población pequeña, de veinte mil habitantes en la época, se empieza a construir un templo colosal, con unos maestros de obras que no se sabía de dónde habían venido, que parecen gozar de recursos materiales ilimitados y que empiezan a colocar piedra sobre piedra con una seguridad que no se veía siquiera en los arquitectos del arte románico. No trabajaban con planos, o no se conocen o no se conservan planos de la época, no se conocen los nombres de esos maestros y, simultáneamente a la construcción de esta catedral, que requiere recursos económicos impresionantes, empiezan a aparecer, como si fueran hongos, en distintas localidades, constructores que propician la elevación de esa clase de templos. En menos de cien años se construyen más de doscientos templos en toda Europa. Es como si, de repente, toda Europa entrara “en obras”, sin saber muy bien de dónde había venido el dinero y la fuente de información».