Milenio 3
Brevísima historia de los aparecidos
Probablemente se trata de una burbuja temporal en la que la realidad y los sucesos que se están viviendo sean procesos distintos. Lo que pueden ser segundos en el mundo real tal vez se conviertan en minutos u horas si se está en contacto con ese otro plano. A ciencia cierta, nada sabemos.
Y por lo que respecta a las consecuencias, como se ha advertido, suelen producirse dos efectos principales: la negación, la ocultación —generalmente por razones sociales— o la comunicación en círculos íntimos. Generalmente, los testigos admiten que no pueden sobrellevar esa experiencia solos y que se ven obligados a comunicarlo. Un segundo efecto es el cambio en su percepción de la vida. Aunque esos visitantes no siempre hablan o sugieren actuar de un modo u otro, en ocasiones comunican algo que los protagonistas deben callar para siempre. Entonces suele producirse un cambio radical en sus vidas y, generalmente, para bien.
Brevísima historia de los aparecidos
«Un ángel del Señor se le apareció a José en sueños, y le dijo:
“Levántate…”». Mt 2, 13.
Todos los pueblos y todas las civilizaciones, en todo tiempo y lugar, han conocido a estos visitantes. Y han interpretado su presencia conforme a su religión (ángeles, demonios, manes, íncubos o súcubos, espíritus e incluso extraterrestres) y de acuerdo con sus temores o sus deseos.
Sócrates (470-399 a.C.) ya hablaba de estos seres. Decía que desde su niñez le acompañaba «por disposición del Cielo, un ser casi divino cuya voz me aconseja algunas veces hacer algunas cosas, pero que nunca me insta a realizar algo».
Literatos, pensadores, filósofos, políticos y militares han sufrido estos terrores nocturnos y a todos les ha cambiado la vida. A poco que se indague en la Historia, se encontrarán numerosos casos. Por ejemplo, el que protagonizó Dante Alighieri (1265-1321), autor de la inmortal Divina comedia. Dante dedicó buena parte de su vida a componer este imponente poema místico pero, celoso de su trabajo, guardó secretamente los últimos trece cantos del «Paraíso» (la primera parte es el «Infierno» y la segunda, el «Purgatorio»), quizá con el fin de revisarlos más adelante. Pero la muerte le sorprendió en ese punto y la familia y los sabios de su tiempo no fueron capaces de encontrar aquella parte final del poema que tanto ansiaban… Jesús Callejo, escritor y divulgador de estos misterios literarios, lo explica así: «Nadie encontraba esos cantos, pero se sabía que los había escrito, porque era una persona bastante metódica y sistemática en sus costumbres. No se encontraban por ninguna parte, aunque buscaron y rebuscaron en su casa y en los lugares que frecuentaba. ¿Cómo se dio con esos cantos perdidos? Tuvo que aparecer su fantasma ocho meses después de fallecido, y se apareció a su hijo menor, a Jacopo, para revelarle el lugar exacto donde están escondidos los manuscritos. No deja de ser sorprendente que sea un coetáneo, Boccaccio, el que narre este episodio, en la primera biografía de Dante Alighieri, y él cuenta con pelos y señales cómo ocho meses después de su fallecimiento se le aparece una figura resplandeciente y luminosa a su hijo menor…».
Durante la Edad Media, cuando la religión cristiana ejercía gran influencia en las gentes, estas visiones se atribuían a ángeles o demonios. En la versión más terrorífica, los íncubos eran demonios transfigurados en figura humana que asaltaban las habitaciones de las damas para tener tratos carnales con ellas. Los súcubos son la forma femenina de esos espíritus o demonios.
Más adelante, durante la Contrarreforma, la presión eclesiástica era enorme, de modo que aquellas personas que tenían este tipo de visiones debían vincularlas a lo demoníaco con frecuencia. Muchas monjas y numerosos monjes sufrieron casos típicos de la fenomenología diabólica. Durante la construcción del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, se hablaba de un perro negro o de un niño embozado en ropajes negros que aparecía tras una muerte o tras una reyerta (cfr. Iker Jiménez: Camposanto. Suma, Madrid, 2005). Esto atormentó al propio Felipe II, y así lo revela Juan Ginés de Sepúlveda: en su agonía, Felipe II estaba convencido de que aquel ser vagaba por el monasterio durante la noche. Todo aquello produjo un verdadero estado de pánico en la corte escurialense.
En siglos posteriores, durante la Ilustración y el Romanticismo, la influencia eclesiástica disminuyó y estos episodios comenzaron a atribuirse a espíritus que amenazaban las vidas de los hombres y llegaban desde «el otro lado». Los avances científicos del siglo XIX y del siglo XX y la preponderancia del racionalismo provocaron una regresión a la hora de comunicar estas experiencias, pero ello no significa que no existieran. Por ejemplo, Carl Jung, discípulo de Sigmund Freud, estudió las visiones y los terrores nocturnos, y los interpretó de acuerdo con la psicología de su tiempo. En su opinión, el hombre sustituía a los antiguos dioses (o ángeles o demonios) por esos seres espirituales y vaporosos.
Aunque los casos de apariciones animales no son los más frecuentes, cabe recordar aquí los sucesos que le acontecieron al padre Pío de Pietrelcina (1887-1968): al parecer, sufría con frecuencia los ataques de un perro negro que entraba por la ventana durante la noche. Sus cofrades escuchaban en la celda del padre Pío grandes gritos, y aullidos, y ruidos. Al día siguiente, el monje aparecía con moratones, arañazos e incluso mordeduras que se atribuían al perro o los perros negros que entraban en su celda durante las horas de sueño.
Las visiones de los religiosos no son siempre beatíficas. Algunas monjas se vieron atacadas en sus celdas, como María Luisa Zancajo de la Mata (en pleno siglo XX): en su convento de Albacete vivían con ella más religiosas y muchas aseguraban haber visto cómo una mano invisible la arrastraba del pelo y la zarandaba por la celda. Hubo muchos testigos de aquellos sucesos. Además, veían cómo ese pelo estaba estirado hacia atrás, como si una mano invisible lo estuviera sujetando.