Milenio 3
Adiós al vampiro
«Cuando todo se supo», nos explicaba Javier García Sánchez, «los ciudadanos no daban crédito… Y aunque estaban probados sus crímenes, tardaron dos años en poderla atrapar. Al fin y al cabo, era un personaje importante de la nobleza y estaba emparentada con los reyes de Transilvania, Valaquia y Polonia. Detenerla, juzgarla y ejecutarla, como hicieron con sus cómplices, habría supuesto una guerra segura entre esos tres países».
Así que el rey Matías decidió emparedarla viva en una habitación de su castillo. Sólo le hacían llegar comida cada dos meses. «Y aun así», concluye Javier García Sánchez, «¡la bruja aguantó cuatro años…!».
Adiós al vampiro
Aquí acaba, por el momento, este apasionante viaje por las tierras del Este de Europa: el lugar donde habitan los no muertos, los vampiros y los monstruos más sanguinarios.
Transilvania es una región que aún mantiene inmensos bosques, profundos y oscuros. Situada en la región central de Rumanía, es una meseta elevada, rodeada por los llamados Alpes de Transilvania, una cordillera de los Montes Cárpatos. Las montañas rodean la región como un muro y en varios lugares avanzan hacia el interior. Conocer la región de Transilvania supone entrar en un magnífico paisaje de bosques, valles y colinas, y castillos y poblaciones medievales como Sighisoara, ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad.
Hay dos «Rumanías». La Rumanía de las grandes ciudades y la Rumanía rural. Pero la Rumanía rural representa casi el 70 por ciento de la población del país, donde aún perviven hondas tradiciones. La fuerza de la naturaleza —aún hay osos que matan a dos o tres personas cada año— y la profundidad de sus bosques se conjugan bien con los cuentos de los campesinos, que hablan de temibles criaturas de la noche y de demonios.
Pero el marketing turístico también ha llegado a esa remota parte de Europa. Allí, Vlad IV es un héroe, el príncipe valaco que luchaba contra los húngaros y los turcos. El Empalador: un héroe. Así que durante un tiempo se propuso levantar un gran parque temático dedicado a Drácula: Draculandia. Sin embargo, es prácticamente innecesario. A la entrada del castillo de Bram (por Bram Stoker) se encuentra todo tipo de merchandising relacionado con el Drácula romántico: tazas, llaveros, pins, tridentes, sombreros con los cuernos del diablo… En medio de una infinidad de tenderetes, está ese castillo fronterizo, entre la antigua Valaquia y la antigua Transilvania, donde estuvo establecido un regimiento que se encargaba de cobrar impuestos a los viajeros que cruzaran la frontera.
La fantástica ciudadela de Sighisoara es distinta. En su punto más alto se puede visitar un cementerio que recuerda las mejores películas de terror. Losas con musgo, ramas de árboles pelados cayendo sobre las lápidas, estelas torcidas y agrietadas. Aún quedan restos del antiguo miedo en Sighisoara.
Respecto al vampiro, sólo los muy temerosos encuentran en esa figura algún rastro de temor. Óscar Urbiola, coautor de Vampiros, nos explicaba cómo se había modificado la idea del vampiro y cómo en la actualidad se le considera un personaje atractivo, glamouroso y sexualmente apetecible para las jóvenes. «Suena un poco paradójico, pero la vida ha tratado bien a los no muertos. Los vampiros de antaño, los que dieron origen al mito, causaban terror y en absoluto resultaban atractivos. Pero la literatura, el cine y el teatro se han encargado de ir perfilando este personaje y confiriéndole características bien distintas: ahora el público lo desea y lo envidia. El vampiro es inmortal, vive de noche (los jóvenes viven de noche, sobre todo), tiene poder sobre los elementos, sobre los animales… Y posee una atracción erótica irresistible, sobre todo para las mujeres. Además, los condes tienen mucho dinero, dinero acumulado a lo largo de los siglos: tienen poder».
Tal vez el mito del vampiro moderno no es tan horrible como antaño. Seguramente los miedos que hoy nos proporciona no tienen nada que ver con los que atormentaron la última noche de Stoker. Ésos que se concentraban en una esquina de la humilde pensión. Ésos que intentaba alejar de su lecho gritando: «¡Strigoiu…! ¡Strigoiu…!».