Milenio 3
Las profecías de Juan XXIII
«Sí, es una cosa curiosa» admite Javier Sierra, «porque este final catastrófico es algo en lo que han abundado prácticamente todos los profetas, desde la Edad Media hasta el segundo milenio». En opinión del director de Más Allá, quizá todos estos personajes tenían un poso de milenarismo muy arraigado: como no se produjo el final de los días en el primer milenio, tendría que producirse, necesariamente, en el segundo.
Quizá no exista más explicación que esta reacción psicológica, pero es curioso cómo todos inciden en el mismo fin terrible y, especialmente, los propios papas.
Pío X, por ejemplo, tuvo una visión poco conocida, pero muy interesante en 1909. Se desvaneció y, cuando se recuperó de ese desvanecimiento, comentó: «Acabo de ver algo terrible, que no sé si me sucederá a mí o a mi sucesor. Lo único que puedo decir, con certeza, es que llegará un día en que el Papa abandonará Roma. Y tendrán que llevarle, porque estará enfermo, pasando por encima de los cuerpos muertos de sus cardenales. Se refugiará de incógnito lejos de Roma y poco después fallecerá de muerte cruel».
Por fortuna, Pío X no era un buen intérprete de sueños. Semejante tragedia no le ocurrió a él, ni a su sucesor, ni al sucesor de su sucesor.
Las profecías de Juan XXIII
El último profeta Papa fue Juan XXIII. Angelo Roncalli era historiador, había sido secretario en un obispado y fue enviado a Roma. Allí le encomendaron una misión diplomática en Bulgaria, que por entonces no tenía relaciones diplomáticas con el Vaticano. Al parecer, hubo algún problema allí y, según Manuel Robles, Roma lo envió a Turquía. Roncalli era un hombre afable y encantador, de modo que fue utilizado por el Vaticano para solventar numerosos conflictos políticos, entre otros la disputa que mantenía con la V República Francesa y De Gaulle. Poco después, el papa Pío XII lo nombra nuncio. Y aquí comienza a girar la política vaticana. Acababa de terminar la Segunda Guerra Mundial y había mucho trabajo por hacer. Roncalli fue receptivo a los nuevos planteamientos de los famosos curas obreros y a los nuevos aires liberales que exigían los fieles. Poco después fue nombrado cardenal y arzobispo de Venecia. (Pastor et nauta). Cuando muere Pío XII, es elegido Papa.
Se cuenta —en realidad, prácticamente sólo lo cuenta un escritor llamado Pierre Carpi— que Angelo Roncalli participó en una ceremonia rosacruciana durante su estancia en Estambul (1935), y durante esa ceremonia tuvo ciertas visiones que fueron descritas posteriormente como «las visiones de Juan XXIII». En una de ellas, parece vaticinar el uso de la bomba atómica: «La gran arma estallará en Oriente, produciendo llagas eternas. La infame cicatriz no se borrará jamás de la carne del mundo. Mas antes de sus palabras de ciencia verdadera, el secreto del arma que destruye las armas, vendrá, entonces, un tiempo de paz y el nombre de Alberto se inscribirá en la lápida». Esto es lo que se supone que dijo o escribió Juan XXIII según Pierre Carpi. Este imaginativo escritor piensa que hace referencia a la Guerra Mundial y a las bombas atómicas que Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima y Nagasaki. Por supuesto, también parece referirse a enfermedades incurables derivadas de la radiación. Y Albert, naturalmente, es Albert Einstein, el padre teórico de semejante engendro atómico.
Otras profecías, al parecer, se referían a Stalin, al nazismo y al Estado de Israel. Pero, como siempre, eran bastante difusas. Sin embargo, hay algunas sorprendentes. Por ejemplo, en una de esas visiones de 1935 parece remitir al Muro de Berlín, levantado dos décadas después: «Europa está dividida: un pequeño muro, una gran vergüenza».
¿Qué hay de cierto en las llamadas Profecías de Juan XXIII? Lo más cierto son las sospechas de fraude. Javier Sierra nos recordaba que la única fuente de esas supuestas profecías son las palabras de Pierre Carpi. «No hay evidencias independientes que demuestren que Juan XXIII cayera en ese trance ni que hubiera un grupo de personas que tomaran nota de sus palabras. Por lo demás, el libro de Carpi se publicó en 1976 y, por lo tanto, muchos de los hechos que supuestamente profetizó Juan XXIII ya se habían cumplido. Era relativamente fácil crear una falsificación. Ahora bien, hace una serie de profecías para el futuro y si se cumplieran…».
Algunas de esas profecías «de futuro» sugerían que una mujer llegaría a ser presidenta de Estados Unidos, que un dictador sometería todo el sur de África o que un Papa peregrino llegaría a Roma y desposeería a la Curia de sus riquezas.
Ante este despliegue imaginativo de augures, profetas, magos y adivinos, le preguntamos a Manuel Robles cuál era su opinión al respecto y cuál era la opinión de la Iglesia. «Es verdad que la Iglesia no es ajena a este tipo de fenómenos, como San Malaquías y algún otro. Pero la Iglesia sólo tiene como eje central la revelación del Antiguo y Nuevo Testamento. Es verdad que hay personajes a lo largo de la historia de la Iglesia que hablan del futuro y comentan la vida de los papas o la vida de la Iglesia, pero son cuestiones individuales, particulares, privadas, y no pertenecen al patrimonio de la revelación de la Iglesia».
En definitiva, la Iglesia considera todas estas profecías como curiosidades. «La Iglesia no lo puede entender ni admitir. Utilizando una frase común: sobre el futuro no hay nada escrito».