Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 56 de 198

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Milenio 3

Herederos de la injusticia

El Cepa venía ataviado con una boina y con chaqueta de pana. Regresaba al pueblo ante la mirada atónita de los aldeanos:

—¡Soy yo! ¡Soy el Cepa! ¡Estoy vivo! ¡Nadie m’a matao!

 

Herederos de la injusticia

Pero… ¿qué ocurrió entonces? ¿Qué medidas se tomaron? ¿Qué hizo el juez que condenó a dos inocentes por un crimen que no habían cometido? ¿Qué fue del párroco empeñado en culpar a los dos «anarquistas»? ¿Qué ocurrió con los miembros de la Guardia Civil acusados de torturas?

Daniel Sánchez es nieto de León Sánchez Gascón, uno de los acusados en falso. Cuando se le recuerda aquella historia, apenas queda en él resentimiento o deseo de justicia. Más bien, como su abuelo, trata de olvidar: «Sólo siento una tristeza muy grande. Fueron dos personas inocentes que sufrieron mucho. En realidad, no solamente ellos, sino toda la familia, debido a un grave error judicial». Daniel asegura que «aquello lo ocultaron políticamente» y recuerda con amargura que pasaron doce años y cuatro meses en la cárcel —desde la sentencia— pagando un crimen que no habían cometido. Respecto a las torturas, «mi abuelo me decía que jamás se puede saber lo que un hombre es capaz de soportar, como él lo soportó. Me decía que a él le habían dado más palos que a un burro enganchado a un carro cuando éste se queda atascado. Eso me decía». Daniel añade que su abuelo no solía comentar aquel episodio, porque «cada vez que salía el tema se ponía enfermo. No quería ni recordarlo. Los castigos fueron horribles».

Su abuelo, León Sánchez, y Gregorio Valero sólo se reencontraron cuando salieron de la cárcel. Según Daniel Sánchez, su abuelo llegó a creer que su compañero había matado al Cepa, y, por su parte, Gregorio había llegado a convencerse de que el asesino era León. «Ellos nunca confesaron… Pero era tanto el castigo y la presión, que hubo gente que les aconsejó que inculparan al otro, o que firmaran que efectivamente lo habían matado y se declararan culpables para que los dejaran tranquilos. Era eso o morir». El nieto de León Sánchez explica que los reos se inventaban cualquier cosa con tal de evitar las torturas: «Llegaron a decir que lo habían enterrado en el cementerio, que lo habían enterrado en otro sitio… Iban y cavaban allí y, claro, no había nada, no había ningún resto. Decían que lo habían matado y que lo habían echado a comer a los cerdos, y que los huesos los habían machacado con una piedra y… En fin, barbaridades, porque ya no sabían ni lo que decían. Les ataban una cuerda en sus partes y el otro extremo, en el pie, y les daban palos como a animales. Lo poco que les daban de comer era bacalao y no les daban agua y les hacían pasear por delante del río para que vieran el agua. Mi abuelo se tiró al río para beber agua aunque iba esposado…».

La España de 1910 heredaba todos los vicios y las corrupciones del siglo XIX. Cuando Daniel habla de que aquel desastre judicial se «tapó políticamente», se refiere a una práctica habitual en todas las sociedades corruptas: compensar miserablemente lo que no puede tener compensación alguna. Se les asignaron dos puestos de guardas en el parque madrileño de El Retiro, y, al parecer, mantuvieron su antigua amistad.