Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 161 de 198

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Milenio 3

Hurdanos

He dejado para el final un asunto que —los lectores me perdonarán— me es especialmente sensible. Hace ya algún tiempo que se publicó El paraíso maldito, dedicado a Las Hurdes. A pesar de algunos inconvenientes —no debidos en absoluto a sus pobladores—, debo confesar mi predilección por esa parte escondida del mundo. Porque si ha habido unas tierras distintas al resto, ésas posiblemente son Las Hurdes. No había allí una etnia ni una raza diferente, sino un grupo humano prácticamente olvidado, en un entorno natural distinto a todo lo conocido. En los pueblos colindantes se hablaba de brujería, de monstruos, de un mundo oculto, de un mundo oscuro, en el que historiadores de hace apenas un siglo no se atrevían a entrar.

En el año 1630, en una obra básica para comprender el siglo XVII en España, Curiosa filosofía, del padre Nieremberg, se describe del siguiente modo ese paraje insólito. Es la primera noticia sobre una zona en el norte de Extremadura: «Existe en este reino un áspero valle infestado de demonios. Un lugar que los pastores creen habitado por salvajes, gente ni vista, ni oída de lengua, de usos distintos a los nuestros, que andan desnudos y piensan ser solos en la Tierra. Algún testigo declaró haberles oído voces góticas y otras imposibles de entender».

En teoría, para algunos, en El paraíso maldito yo volvía a incidir en la historia negra. En realidad, no necesitaban referirse a mí: ahí estaba el padre Nieremberg, ahí estaba Lope de Vega, ahí estaba George Borrow, ahí estaba Pascual Madoz, ahí estaban el doctor Gregorio Marañón, Maurice Legendre o Miguel de Unamuno. Todos ellos viajaron a Las Hurdes y quedaron cautivados, fascinados y, al tiempo, horrorizados: seres humanos viviendo en chozas, sin luz ni agua, junto a los animales… Algunos historiadores decían que las mujeres parían en las calles. Era un mundo de la prehistoria en pleno siglo XIX y en pleno siglo XX. ¿Eran los historiadores y los periodistas los causantes de aquel abandono? ¿O es que la vergüenza de un país soporta mal estos hechos? Los habitantes de Las Hurdes acabaron por no tolerar que algunos indeseables fueran a sus tierras en busca de monstruos que no existían. Es comprensible que, después de siglos de abandono y miseria, no deseen ser los monstruos que se exponen en el circo de los medios de comunicación. Lo diré una vez más: El paraíso maldito era una crónica y una historia de ese pueblo.

George Borrow, un autor de cierta fama en el siglo XIX, recorrió España vendiendo biblias protestantes y redactó su viaje en un libro de mediano éxito titulado La Biblia en España. Explicaba así su emoción romántica en Las Hurdes: «No hay tierra tan fascinante como ésta. Tiene sus secretos y sus misterios. Muchos son los que se perdieron en ella y no ha vuelto a saberse nada de su paradero. Existen profundas lagunas habitadas por monstruos y hay un valle tan estrecho en el que sólo se le ve la cara al sol en pleno mediodía, dominando la penumbra el resto de la jornada».

Es cierto que en Las Hurdes había ídolos desconocidos y es cierto que se practicaba la brujería, pero destinada a la curación y la salvación; y también es cierto que se hablaba una lengua distinta, pero ocurre que, durante siglos y siglos, esa comunidad vivió encerrada en sí misma, olvidada del mundo, desamparada. Decían que los cazadores del duque de Alba se encontraron con aquella gente vestida con pieles y que hablaban un dialecto que nadie podía comprender.

Gregorio Marañón, una de las grandes personalidades intelectuales del siglo XX, también visitó Las Hurdes. Y redactó un célebre diario: «Nadie sabe con fijeza la edad que tienen y casi nadie de sus familias. Cuando vienen a registrarse suelen decir que se les ponga el nombre del santo que más les guste».

¿Qué ocurrió cuando se produjo el encuentro entre el siglo XX y Las Hurdes? En ocasiones se acudía a esa remota tierra para encontrar monstruosidades perdidas, y los habitantes entendieron esa curiosidad morbosa como humillación y desprecio.

Por fortuna, hoy Las Hurdes es una región que no se diferencia mucho de otros rincones de España. Aún mantiene —y seguramente mantendrá durante mucho tiempo— el encanto de un paisaje maravilloso y de un misterio que cautivará a todos aquellos que de buena fe quieran acercarse al último paraíso maldito.