Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 77 de 198

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Milenio 3

«¡Dolores, catorce mil duros!»

El mecanismo del garrote es tan simple como efectivo: es una silla de madera, con un poste rígido en su parte posterior. Sobre ese poste se apoya la cabeza del reo y en su cuello se abraza una especie de corbatín de hierro que se ciñe violentamente y, de este modo, estrangula y a la vez asfixia al penado.

Fernando VII estableció tres tipos de garrote: ordinario, vil y noble. En función de cada uno de ellos, el ceremonial requerido para el traslado del reo hasta el patíbulo era uno u otro. El noble exigía que el reo fuera trasladado en caballería y con la cabeza descubierta. El vil debía hacerse en pollino, montando al reo al revés, y con la cabeza cubierta, el ordinario era simplemente sentar al reo en la silla y darle muerte.

Era realmente la forma de acudir al patíbulo la que diferenciaba los tres modelos, no la forma de morir. Finalmente prevaleció la forma de garrote vil para denominar a esta forma de ajusticiamiento.

De modo que el rey Fernando VII, que no se caracterizaba precisamente por la piedad —son famosas sus órdenes sanguinarias para apresar, torturar y ejecutar liberales en una época que justamente se denominó Ominosa Década—, decidió la promoción del garrote para evitar sufrimientos en los reos. Ocurrió que, en muchos casos, fue todo lo contrario, y las ejecuciones se convertían en una agonía insoportable. Como en todas las naciones que mantienen la pena de muerte, el Estado proporciona el método, pero ¿quién se ocupa de llevar a cabo la sentencia? El verdugo es un personaje mítico en el imaginario colectivo. En ocasiones, eran asociales como los propios criminales. Otras veces, no eran más que pobres desgraciados, como el personaje que interpreta Pepe Isbert en la inmortal película de Luis García Berlanga El verdugo (1963), una verdadera obra maestra.

 

«¡Dolores, catorce mil duros!»

¡Vaya un crimen criminal

el que ha pasao el mes pasao

en la calle Fuencarral!

Vaya un crimen de verdad,

con incendio y puñalás

con robo y misterios grandes

pa’ que no le falte ná.

Dicen que si la criada

dio mulé a doña Luciana…

Ocurrió hace más de un siglo, a finales del siglo XIX. Fue el famosísimo crimen de la calle Fuencarral que se cantaba en coplas. La protagonista de la historia se llamaba Higinia Balaguer y fue la última ejecutada en público en España. Aquel día se dieron cita en torno al patíbulo más de veinte mil personas que se disputaron sitios para ver la ejecución de una criada.

El 2 de julio de 1888 se escucharon gritos desgarradores de una mujer que procedían del segundo piso del número 109 de la madrileña calle de Fuencarral. Y se observó cómo de la vivienda salía mucho humo. El juez Felipe Peña fue avisado y, al entrar en la casa, descubrió el cuerpo de una mujer, al parecer, apuñalada.

Cuando se hacen las primeras pesquisas, los testigos decían que se había armado un revuelo tremendo con el incendio. Los vecinos habían roto la puerta y se habían encontrado a una señora llamada Luciana Borcino envuelta en una humareda. Como las técnicas de investigación forense eran muy precarias, inmediatamente se deduce que el incendio es el culpable de la fatídica muerte.

Sin embargo, el forense se acerca al cuerpo y lo que se encuentra será el principio de un verdadero folletín que ocupó durante dos meses las portadas de todos los periódicos de Madrid. El informe forense decía lo siguiente: «La autopsia determina sin lugar a la duda que la muerte de Luciana Borcino ha sido a resultas de una profunda cuchillada seguramente efectuada con machete carnicero que le atraviesa el corazón. Presenta el cadáver otras dos heridas con otro instrumento que podría ser navaja o cuchillo de canto poco grueso. Las quemaduras observadas se han producido por lo tanto, después del óbito. Además, añado que a la acusada Higinia Balaguer le he descubierto erosiones y contusiones que, en mi opinión, podrían deberse a una última defensa de la víctima en los estertores de la muerte».

La acusada, Higinia Balaguer, a la que se refería el forense, era la criada de la víctima. Esa mujer, el día de autos, apareció sofocada, tosiendo, como si hubieran sido atacadas por alguien o se hubieran visto repentinamente asediadas por el fuego. Había cerrado la casa con su propia llave.

Todos los periódicos, con Benito Pérez Galdós a la cabeza, dibujantes y cronistas, hablaban del crimen de Higinia Balaguer.

Cuando cometió el crimen, sólo llevaba seis días al servicio de su víctima, Luciana, que era una señora muy rica. Y cuando la ejecutaron, el 19 de julio de 1890, la agarrotan delante de miles de personas. Allí estaba Pardo Bazán, entre los espectadores, y también Pío Baroja. Así que puede decirse que todo el mundo cultural estaba allí. Después de ser ejecutada, la mantuvieron a la vista de todos durante nueve horas, en la calle, para que sirviera de ejemplo.

Aquel crimen tuvo algún detalle sumamente curioso y extraño; las últimas palabras de la ejecutada, antes de expirar, fueron unos terroríficos gritos que espantaron al público: «¡Dolores, catorce mil duros! ¡Dolores, catorce mil duros!».

El hecho de que el crimen adquiriera gran relevancia mediática y el hecho de que fuera a ejecutarse públicamente tuvo consecuencias importantes. En principio, Higinia Balaguer negó haber cometido el asesinato, aunque todas las pruebas la incriminaban. Pero la prensa y la sociedad madrileña presionaron hasta tal punto a la mujer que, finalmente, confesó. Los más inteligentes, como Pío Baroja o Benito Pérez Galdós, se percataron de que Higinia Balaguer se había «emborrachado de fama», que se sentía protagonista y que, además, le encantaba. Se sintió muy feliz aquellos últimos días. Iba a convertirse en la atracción de Madrid. Todas las miradas se fijarían en ella… ¿Qué importaba que fuera culpable o no? ¡Veinte mil personas la verían morir! Es de esperar que ése no sea siempre el precio de la fama…