Milenio 3
¡Estoy vivo!
Aterrados y humillados, Gregorio y León no habían vuelto a verse, habían declarado lo que sus torturadores habían deseado, se habían contradicho, se habían acusado mutuamente con el único afán de sobrevivir. Ante ellos, una terrible perspectiva: dejar pasar los días, los meses y los años en un sombrío penal…
¡Estoy vivo!
Incluso para un asesino convicto o para un criminal, la simple idea de pasar cinco, diez o quince años entre rejas seguramente es lo más cercano a la desesperación. ¿Qué será para un inocente?
Gregorio Valero y León Sánchez llevaban ya dieciséis años en la cárcel, pagando un crimen que decían no haber cometido y del que la administración judicial, la Guardia Civil y, en realidad, el pueblo los acusaba sin dudar.
Sin embargo, cuando ya casi todo se había olvidado —¡dieciséis años después!— ocurre algo sorprendente, increíble y casi alucinante. A Tresjuncos llega una carta. Alguien pide una partida de bautismo. El remitente solicita dicho documento desde un pueblo situado a unos cuarenta kilómetros de allí. Increíblemente, ¡lo firma José María Grimaldos López! Al parecer, deseaba casarse y precisaba la partida de bautismo para poder llevar a cabo su matrimonio.
¡El Cepa estaba vivo!
La Guardia Civil se apresura a investigar los hechos y descubre la historia más ridícula, dramática y absurda que pueda imaginarse: aquel hombre al que «le faltaban varios veranos», analfabeto y que debía subirse a un taburete para alcanzar el metro y medio, simplemente… se había ido, no había dado cuentas a nadie, había pasado unos días en el campo, se había trasladado a otro pueblo y había comenzado una nueva vida. ¡Vivía al otro lado de la sierra! Como no sabía leer, como no existían los medios de comunicación actuales, como no le importaba haber dejado atrás a familiares y conocidos, como no se sentía obligado a dar razón de su vida y como no parecía muy despierto, había permanecido ajeno a todo lo ocurrido. De espaldas al espantoso drama que había provocado inconscientemente.
Efectivamente, hace apenas un siglo, cuarenta kilómetros eran un mundo: en ocasiones, poblaciones cercanas permanecían aisladas, sin ningún contacto exterior, ajenas a todo, cocinándose en su endogamia y en sus relaciones ancestrales. En la actualidad, con Internet, podemos hablar en tiempo real con un ciudadano de Nueva Zelanda y conocer las tiendas y los comercios de Vancouver sin salir de casa. Pero en 1910, el mundo rural de la España interior se parecía más a los poblados visigodos que al país que hoy conocemos. Sólo así era posible que sucediera un caso como el del Cepa. Simplemente, se había ido: en su ausencia, aparecieron espectros, rencores y fobias políticas. Y por ello, dos hombres habían estado dieciséis años en la cárcel.
¡No se había enterado absolutamente de nada!