Milenio 3
Laroya y la niña del fuego
El suceso anterior aún se mantiene vivo en la memoria porque ocurrió hace relativamente poco tiempo.
Pero sucesos semejantes se han dado en otros lugares del mundo. Aquí, en España, contamos con una serie de casos verdaderamente inquietantes y apasionantes.
El primero ocurrió hace ya más de medio siglo, en Laroya (Almería), y constituye uno de los episodios más sorprendentes que he tenido la oportunidad de investigar. Tierra límite con el desierto de Tabernas, lugar donde hubo viejos cultos árabes al dios Reshef, deidad maléfica de «fuego y cólera».
En junio de 1945, una comisión de diecisiete miembros del Instituto Catastral, del Servicio de Magnetismo y Electricidad Terrestres y del Instituto Sismológico de Almería fueron enviados por el antiguo Ministerio de la Gobernación a la localidad almeriense de Laroya. Su misión, al parecer, era bien simple: saber qué ocurría.
Esta decisión gubernativa venía precedida de los alarmantes titulares que podían leerse en la prensa: «Lluvia de fuego atemoriza al pueblo de Laroya», «Miedo en Laroya», «Más de trescientos incendios»…
Todo comenzó el 10 de junio de 1945 en un pequeño cortijo llamado Pitango. María, una niña de pocos años, se despierta aterrorizada y gritando, envuelta en llamas. Dijo que una pelota azulada había entrado por el ventanuco de su alcoba y, acto seguido, se había prendido su cama. Eran aproximadamente las tres de la madrugada. Su hermano dijo que, poco después, varios enseres se habían prendido de repente, que aparecían envueltos en una especie de aura de fuego azulado, distinto a todo lo que ellos conocían… Distinto al fuego de la leña y las velas…
Casi simultáneamente, o muy pocos días después, el fenómeno empieza a extenderse. Dos cortijos cercanos comienzan a sufrir los mismos incendios incomprensibles. Ocurren cosas insólitas: los enseres, las sillas, los abrigos o los embutidos colgados del techo se ven envueltos en esas llamas y se carbonizan.
Y el fuego surge aquí y allá sin ningún sentido lógico… Luis Silverio, el párroco de Laroya, permanece en vela y se ve obligado a tocar la campana casi constantemente, de madrugada, para que los vecinos acudan a los numerosos lugares donde se producen aquellos repentinos incendios.
El temor comienza a apoderarse de los habitantes de los cortijos y las aldeas cuando se descubre que en el cortijo Pitango se han producido las primeras heridas. Los propietarios del cortijo sufren quemaduras en los brazos, en las piernas, en la cara, en la espalda… A veces sus ropas, la camisa o el pantalón, quedan carbonizados en un instante sin que las llamas rocen la piel.
No faltó quien volviera la mirada a la joven María, llamada «la niña de los fuegos», porque decían que allí donde ella estaba, allí ardía todo… Ramón Rubio, un vecino de Laroya, a quien entrevisté hace algún tiempo, me decía: «¿Cómo iba a ser aquella niña la que pegara fuego…? ¿Cómo iba a estar en todas partes…? Es lo que yo decía».
Cayetano Martínez era por entonces un niño que ayudaba a apagar los fuegos junto a sus padres y sus tíos. Y nunca olvidó el pánico que causaron en los aldeanos aquellos fuegos que, según él, a veces bajaban del cielo. «¡Cono! ¡Mira! ¡Que se ha pegao fuego allí!», decía Cayetano como si estuviera reviviendo aquellos angustiosos momentos, «íbamos corriendo, con retamas, a apagar… íbamos a apagar aquel fuego y a cien metros ya había otro. ¡Ahí hay otro! Y a correr a apagar…».
Y Ramón Rubio recordaba así aquellos días en que apagaban aquellos incendios incomprensibles. «Se repetían casi todos los días. Se pegaba fuego en un cortijo, luego en el otro… Aquello duraría un mes… o así».
Los testigos a los que pude entrevistar me contaban que había algo extraño en los cielos aquellos días. Con mucha ingenuidad y con absoluta sinceridad, me aseguraban que cuando empezaron los fuegos se veía una especie de niño en el aire. A veces lo llamaban niño y a veces esqueleto o calavera. Otros dicen que esto no fue así… exactamente. «¡De noche se veía una calavera!», exclamaba Cayetano, y hacía un arco con la mano, como si algo hubiera volado en el cielo: «¡Sssssssh…! Aquello duraba poco tiempo, pero se veía, y luego salía por aquel lado, pero ya no era la misma cosa, era otra clase de figura».
¿Una ilusión? ¿Una alucinación?
El equipo enviado por el gobernador civil de Almería se emplazó en un lugar que se llama Piedras Negras. Allí dispusieron sus aparatos de medición y toda la tecnología que tenían a su alcance en la década de 1940.
«No se lo creían», me aseguraba Cayetano.
Colocaron un trípode y… «¡Catapum…! ¡Las tres patas aquellas comenzaron a arder!». Al cabo de la Guardia Civil le empezó a arder la capa y otro tanto ocurrió a un médico de la comisión y a otros científicos. ¡Los equipos también estaban envueltos en aquel maldito fuego…!
La comisión no tardó mucho en abandonar el lugar. Pero a finales de aquel mes, los científicos firmaron un informe que daba cuenta de lo que habían podido constatar en Laroya. En el informe «Los fenómenos de Laroya: estudio sobre la posibilidad de combustiones espontáneas en la atmósfera», del Instituto Geográfico y Catastral, primera sección, Servicio de Magnetismo y Electricidad Terrestre, el ingeniero geógrafo don José Cubillo y otros dieciséis científicos aseguraban que los fenómenos de Laroya deberían englobarse, sin duda alguna, dentro de los fenómenos insólitos. Ésta es la conclusión de dicho informe: «Del reconocimiento y pruebas efectuadas por la comisión encargada del Exmo. Sr. Gobernador Civil, puede deducirse que los sucesos no han sido originados por actividad volcánica, ni por trastornos geológicos que hayan dado lugar a desprendimiento de materias en ignición, ni a gases inflamables de ningún tipo. El origen de los incendios no se halla en manifestaciones internas ni en la superficie del terreno. Tampoco cabe achacar la causa a fenómenos eléctricos ni a la ionización de la atmósfera, ni a efectos térmicos de radiaciones solares. En resumen, no hay una causa definida a la que pueda achacarse todos los sucesos ocurridos y debe desecharse desde el primer momento toda sospecha de que hayan sido provocados por la mano del hombre. Se ha producido verdadero pánico, obligando a las gentes a tener en la calle sus modestos ajuares y vituallas. Es de esperar, quiera Dios, que el suceso no tenga repetición. Almería, 30 de junio de 1945».