Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 197 de 198

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Milenio 3

Testimonios en 'Milenio 3'

Cuando el doctor Vila la entrevistó, la señora le dijo:

—Sí… no me lo habían dicho. Pero yo ya lo sabía.

 

Testimonios en «Milenio 3»

Es difícil saber si la influencia del libro de Moody ha influido en el inconsciente o el subconsciente para que los casos registrados tengan características semejantes. Quizá el libro sólo espoleó el deseo de comunicarlos y, en realidad, siempre haya sido así.

Algunos especialistas sugieren que las medicinas que se les suministraban a los enfermos podían generar esa suerte de visiones y, en otros casos, se explica que el cerebro, ante una situación de shock, reaccionaba generando ese tipo de visiones. En todo caso, ello no explica que los pacientes puedan asistir a actos y acontecimientos de los que no deberían saber nada y, aún más importante, ¿estas razones explican por qué precisamente el cerebro escoge esa secuencia —desdoblamiento, túnel, luz, entes, etcétera— y no otra cualquiera? Y desde algunas ramas de la fisiología se ha intentado demostrar que, dado que el abastecimiento de oxígeno al cerebro se suspende durante la muerte clínica, el fenómeno percibido sería un último estímulo del cerebro. Según Moody el error de esta hipótesis es que muchos de los casos descritos de ECM se produjeron antes de que hubiera cualquier tensión fisiológica. En algunos casos, ni siquiera hubo daño corporal.

José Antonio García Andrade, nuestro «forense de cabecera», por su parte, tiende a creer que en situaciones límite son factibles las alucinaciones de índole visual o auditiva, y en ocasiones podría darse por intoxicación, por ejemplo con la anestesia u otros medicamentos, como ocurre con la intoxicación alcohólica. «Verdaderamente, no podemos hablar del túnel hacia la luz o el túnel hacia la oscuridad. Yo creo que tenemos que tener en cuenta que ese retorno es un retorno que se produce siempre en personas que no llegan a morir. Por lo tanto, podemos establecer que son alucinaciones de tipo psicótico, pero fundamentalmente tóxico».

No se trata de preguntar quién tiene razón sino, más bien, quién puede aportar razones sólidas que nos hagan avanzar en el conocimiento de este extraordinario proceso. ¿Médicos? ¿Forenses? ¿Psicólogos?

En Milenio 3 los oyentes siempre tienen la última palabra. Son lo más importante, la demostración, noche a noche, de que el misterio sigue existiendo. Pese a quien pese.

Así que es justo que ellos, con sus voces hechas palabra, concluyan este libro. Estas son las experiencias cercanas a la muerte. Las que ellos mismos nos contaron con total confianza. Entre amigos:

«Yo me caí por unas escaleras. Y estuve en coma unas ocho o nueve horas. Durante ese período yo no soy consciente de nada, claro. Y, entonces, yo sentí… Fue un instante, fue un instante antes de despertarme. Y yo sentí como una luz grande, grande. Yo no soy consciente de un túnel, como dice mucha gente. Era una luz grande, grande. Entonces, yo me sentí con las manos abiertas y me veía las manos abiertas y me decía: “Pero… ¿cómo me voy a morir ahora si tengo las manos vacías? ¿Cómo me voy a morir ahora si no he hecho nada?”. Tenía la sensación… “¡No me puedo morir!”, eso sentía. Estaba casi como avergonzada… “¡Yo no me puedo morir ahora!”. Y, entonces, en ese instante… fue un instante, pero que no se me olvidará mientras viva, volví en mí. Había tenido una sensación de paz, de plenitud, de tranquilidad… ¡y venir a un estado de dolor, a estar fatal, mareada, muy mal, muy mal…! ¡Yo no sabía que iba a sentir ese dolor al volver! Fue un instante tan… Sólo sé que había una claridad tremenda y no sabía delante de quién estaba. Yo no sabía que iba a sentir ese dolor tan tremendo al volver». (Ana, de Cantabria).

«Empecé a notar que me faltaba el oxígeno y me costaba trabajo respirar, y poco a poco me faltaba… hasta que llegó un momento que me entró un ligero sueño, me quedé inconsciente, dormido, dulcemente dormido. Y sí, recuerdo que vi un montón de imágenes, algunas podía recordarlas, pero otras no venían a cuento, como… Era como cuando ves una película en DVD y la pasas para atrás y para adelante rápidamente, esas personas que se mueven hacia atrás o hacia delante tan ligeramente, pues todo era así; eso sí lo recuerdo, pero nada más. Vi imágenes de personas, unas conocidas, otras desconocidas, no lo sé… Había imágenes de las que podía decir: “Sí, esto me ha sucedido a mí”, pero otras no las había vivido nunca. Todo fue así, como si pasásemos una cinta, una película. Luego volví poco a poco a despertar, como si me hubiera quedado dormido; desperté muy cansado, el cuerpo me temblaba y estaba sudoroso, muy sudoroso. Yo no sentí nada, simplemente al despertar me di cuenta de que todo eso había sucedido». (Alberto, de Badajoz).

«Fue una chiquillada: una de esas tonterías que se hacen… Unos amigos míos me dijeron que si realmente me quería morir. Y como era… Bueno, el caso es que me pusieron contra una pared y, de pronto, me apretaron. Me apretaron en el tórax y yo me caí. Y en ese momento… Vi pasar un tren, que se iba metiendo en un túnel. Y yo no estaba dentro del tren, yo estaba fuera. Y veía cómo el tren iba pasando. Y la verdad es que sentía una paz inmensa. El tren iba avanzando y se iba metiendo en un túnel, como llamándome, para que yo entrara a él. Pero es que yo creo que aún no era mi hora. Hasta que, de pronto, me empezaron a dar golpes. Sentí unos golpes y sentí que algo me volvía a entrar otra vez en el cuerpo. Y, en ese momento, desperté. Yo, de todas formas, nunca he tenido miedo a la muerte. Porque siempre he pensado que es parte de la vida. Pero lo único que no haré nunca es jugar con eso, con esos juegos de muerte, de espiritismo, ni cosas de ésas. Pero la verdad es que sentí una paz inmensa…». (David, de El Escorial, Madrid).

«Operaron a mi marido y cuando se despertó, me contó. Sólo me lo contó a mí. Me dijo que había visto como una luz. Y en el fondo de la luz vio a su madre fallecida. Y su madre le dijo que no… lo esperaba todavía, que no quería que todavía se reuniese con ella. Fue muy breve, para él fue un instante muy breve. La vio, pero desapareció enseguida. Cuando se despertó, estaba con una sonrisa… Sí, mi marido estaba radiante… Me dijo que su madre estaba muy feliz, que tenía una cara de felicidad inmensa y que… bueno, eso le dijo: que no le esperaba todavía. “Todavía no te espero”. Fue… bueno, para él fue muy importante. Tenía una paz y una tranquilidad…». (Lola, de Valencia).

«Salí corriendo de la casa de mi abuelo y no miré al cruzar… Y, en esto, pasó una moto, me atropello y ya no me acuerdo de nada más. Posteriormente, mis padres me han dicho que me trajeron a Águilas, y de aquí a Lorca, y de Lorca a Murcia. Yo no me acuerdo de nada. Sólo me acuerdo de que vi a mi madre. Y me veía las manos. De lo único que me acuerdo es de que me veía las manos. Y vi a mi madre, como nerviosa, buscaba ropa en su ropero. Y la veía nerviosa, llorando. Y era por eso, iba a ir a verme al hospital. Como si yo estuviera así en alto, me veía las manos y mi madre nerviosa cogiendo ropa. Yo estaba bien, aun viendo a mi madre nerviosa, yo estaba bien. Eso es de lo único que me acuerdo. Del resto, no me acuerdo de nada, ni del accidente, ni del hospital: nada. Estuve tres días ingresado, pero no me acuerdo de nada. No me acuerdo. Sólo tengo esa imagen: mis manos vacías y mi madre llorando». (Feli, de Águilas, Murcia).

«Me abrí la cabeza en dos. Me partí las piernas. Tengo cicatrices por todo el cuerpo. Yo no sentía dolor ninguno… era una cosa rara. Porque si tienes la cabeza abierta, tienes heridas por todos lados y no sientes dolor… Lo que notaba era una sensación de frío y tranquilidad. Una cosa rara. No sabría cómo explicarlo… Y al tiempo, oía voces que me decían que no, que no era mi momento. Me decían que siguiera adelante. Era una voz seca, muy tajante, y me decía que no… ¡No! ¡No!». (Luis, de La Palma, Canarias).

«Yo vivía en una situación… bastante estresante, y… bastante mala vida, por así decirlo. Me sentía muy mal; llevaba un tiempo bastante mal. Tenía un trabajo muy agobiante y vivía a base de café y aspirinas para quitarme el dolor de cabeza. Hasta que un día decido ir al médico. El médico me receta unas pastillas y, al tomarme aquellas pastillas, todo alrededor se dispara. La cabeza me iba a estallar. Y empecé a vomitar sangre… se me había perforado el estómago. Todo alrededor de mí era sangre, sangre… Me agarran por detrás para sujetarme y, en ese momento, el suelo me succiona. Prácticamente siento que me voy como por una espiral hacia el fondo, como por un sumidero que me… “Bueno, esto es la muerte”, pensé. La espiral sigue girando hasta que pasa del negro a un blanco y, de repente… como si estallase. Me quedé en suspensión, en un estado de suspensión absoluto… La idea más clara que recuerdo es que pensé: “¡Uf, menos mal que vuelvo a casa!”. En esa situación, de repente, vuelvo a sentir que deshago el camino hacia atrás… ante lo que reacciono bastante mal. Esa es mi historia. Y esta experiencia, verdaderamente, cambió mi mundo». (Santiago, de Canarias).

«Nunca le presté demasiada atención a la muerte. Hasta que una noche, de camino a Guardamar, tuve un accidente con el coche. Fue muy desagradable. Mi padre se tuvo que tirar hacia un lado para que yo no me diera el golpe más fuerte, pero aún así perdí la consciencia. Lo pasé mal. En un momento pasó toda mi vida por delante… todos los momentos malos que había vivido, los buenos, el tiempo que no había aprovechado… Era bastante joven, pero me pasó esa idea por la cabeza: que no había aprovechado mi tiempo. Entonces yo estaba terminando el instituto y aquello me hizo recapacitar muchísimo. En fin, ves lo que has vivido, lo ves rápidamente y dices: “¡Vaya, estoy aquí otra vez…!”. Había podido ver lo importante… y debía saber aprovecharlo. Y pensé: “Bueno, si me han dado otro poco más… voy a intentar sacarle provecho a lo que me queda…”». (David, de Alicante).