Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 78 de 198

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Milenio 3

«¿Quiere otra tacita de hierbas, señora?»

En fin, ésta es la historia del crimen de la calle Fuencarral y la historia de la última ejecución pública en España.

Pero… ¿qué querría decir la rea cuando gritaba «¡Dolores, catorce mil duros!»? Nunca lo sabremos. Algunos dicen que podía estar llamando a una persona que tal vez podría haberle encomendado el crimen… «¡Dolores, catorce mil duros!».

 

«¿Quiere otra tacita de hierbas, señora?»

Las mujeres, cuando deciden ejecutar un crimen, suelen emplear métodos poco agresivos, si es que un crimen puede dejar de serlo. Lo que se pretende decir es que raramente emplean la fuerza y la violencia. Por eso los novelistas afirman que las damas son especialistas en el envenenamiento.

Hay una historia de envenenamientos que, por la popularidad que alcanzó en su época, superó a todas las demás. Es la historia de una criada llamada Pilar Prades Santamaría —a veces su nombre se cita como Pilar Prades Expósito—. Como en el crimen de Fuencarral, toda Valencia fue testigo de las peripecias de esta mujer durante el juicio, aunque los valencianos no pudieron presenciar su ejecución. El principal móvil de Pilar Prades era la envidia y todos sus crímenes se basaban en una especie de avaricia envidiosa que la condujo al garrote vil.

Pilar Prades es la última mujer ejecutada en España.

Todo ocurrió en 1959, hace casi cincuenta años. Pilar Prades era natural de un pueblo de Castellón. (Los valencianos se quejaban amargamente de que la llamaran «la envenenadora de Valencia»: ¡si ella no era de Valencia, era de Castellón!). Pero incluso en su Castellón natal negaron que aquella mujer hubiera nacido allí: decían que había nacido en una masía, por ahí, en una especie de suburbio llamado Los Pérez. Nadie quería tener como paisana a Pilar Prades.

Marisol Donis, licenciada en Farmacia, especialista en el mundo de los venenos y autora de un libro apasionante, Envenenadoras: la crónica negra de los cuarenta casos más célebres cometidos por mujeres en España (La Esfera de los Libros, Madrid, 2003), explicaba que Pilar Prades fue, en el fondo, una mujer con muy mala suerte. Esa mujer iba de un sitio a otro por Valencia, por los mercados, cargada con un baúl y con su ajuar, ofreciendo sus servicios. Su única ilusión en la vida era casarse. «Pilar Prades, como muchas mujeres de esa década de 1950, que habían nacido en pueblecitos, fue a la capital para servir. Y ésta marchó a Valencia para emplearse como sirvienta. En aquellos años no tenían ningún problema para encontrar trabajo: iban a un mercado, preguntaban al frutero o al carnicero y encontraban trabajo con muchísima facilidad. Esta mujer entró a trabajar en casa de un carnicero y lo que más distinguía a Pilar Prades era lo envidiosa que era. Envidiaba todo, cualquier cosa: un par de zapatos, un abrigo, envidiaba los novios de todas sus amigas, y de la señora de la casa envidió el negocio que tenía el marido. Y entonces comenzó a envenenarla con un producto que contenía arsénico, era un matahormigas que se llamaba Diluvio o Diluvión…, pero que no llevaba a engaño: era un frasquito de cristal con un dibujo de una calavera y dos tibias cruzadas, y debajo ponía: “VENENO”».

Pilar Prades sabía perfectamente lo que hacía y por qué. Efectivamente, como narra Marisol Donis, al llegar a Valencia, Pilar se emplea en la casa de la familia Villanova Pascual, que eran dueños de una chacinería. Al poco tiempo de entrar a trabajar en la casa, demuestra un cariño excepcional por la señora, que era doña Adela Pascual y que tomaba con frecuencia agua de Vichy e infusiones, ya que padecía alguna molestia en el hígado. Pero la salud de doña Adela empieza a empeorar y muere en mayo de 1955, después de una terrible agonía. Los médicos diagnosticaron colapso de pancreatitis hemorrágica. A los pocos días, Pilar fue despedida por el viudo.

Pero enseguida entró a trabajar en casa de la familia Alpere Greus. Desde el primer momento se ganó la confianza de los señores, que la tenían por una mujer trabajadora, atenta y cariñosa. No había pasado mucho tiempo en su nuevo empleo cuando la señora comienza a ponerse enferma. Pilar pudo sufrir algún contratiempo o tal vez se sintió amenazada; el caso es que decide abandonar ese trabajo.

Inmediatamente entra a trabajar en la casa de don Manuel Berenguer, un prestigioso médico militar. Entra en la casa recomendada por una amiga que prestaba allí sus servicios, Aurelia Sanz. Pero la envidia que corroía las entrañas de Pilar vuelve a aflorar: ambas criadas se fijan en el mismo joven, pero éste prefiere a Aurelia. Los celos devoran a Pilar y decide envenenar a su compañera. La locura parece apoderarse de esta mujer, que intenta también envenenar a algunos miembros de la familia del médico. Sin embargo, éste comienza a sospechar, descubre algunos indicios y la sorprende manipulando ciertas sustancias…

Pilar Prades era una mujer muy osada o muy necia: era hasta cierto punto comprensible que los dueños de una chacinería jamás supieran que había utilizado venenos, pero ¿cómo pudo imaginar que un médico no la descubriría?

El doctor Berenguer sospecha de la nueva criada, pero calla prudentemente. Toda la familia y los sirvientes parecen tenerle miedo. Para confirmar sus intuiciones, decide visitar al carnicero viudo. Éste le cuenta su triste historia y le dice que su esposa había muerto mientras esa criada se encontraba en su casa. ¡Los síntomas que padeció son muy parecidos a los que padece su esposa! Además, también investiga la extrañísima enfermedad de la pobre Aurelia Sanz: esta criada logró salvar la vida, pero quedó paralítica, con atrofia en los pies y en las manos.