Milenio 3
«¿Por qué me has abandonado?»
Los romanos contaban con estas alteraciones fisiológicas para asegurar la muerte de los reos. Si no era suficiente el dolor, el escarnio y las flagelaciones, si no era suficiente la pérdida de sangre, la asfixia cumpliría su cometido tras un inconcebible sufrimiento. Para que el peso del cuerpo definitivamente impidiera la respiración, los romanos utilizaban una técnica violentísima, que consistía en romper las piernas o las rodillas del reo, con el fin de que no pudiera apoyarse en ellas para poder respirar. Estas tareas las ejecutaba el carnifex, el verdugo. Según el Evangelio, esto no se produjo en el caso de Jesús: «Como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas» (Jn 19, 33).
«¿Por qué me has abandonado?»
Uno de los momentos más patéticos de la Pasión de Jesús de Nazaret se produce precisamente en la cruz, pero no atañe al dolor físico ni al increíble sufrimiento humano, sino al desamparo emocional. Parece una contradicción que el hombre que en cierto modo había buscado el sacrificio personal y la autoinmolación se sienta desprotegido y abandonado. En el momento supremo de su sufrimiento, tal vez esperaba una señal que lo consolara. Es imposible saberlo, pero los Evangelios recogen una súplica y una queja verdaderamente estremecedora: «¡Padre, Padre…! ¿Por qué me has abandonado?». Semejante súplica sugiere que la fortaleza de Jesús se quiebra… Los psiquiatras hablan de siete fases por las que pasa un reo que va a ser ajusticiado: choque, negación, cólera, depresión, negociación, aceptación de su pena y cátexis (asunción de la muerte). ¿Esa frase respondería a un estado depresivo próximo a la muerte?
César Vidal, periodista, escritor prolífico y experto en este y otros muchos asuntos, nos explicaba así cómo entendía él ese espacio de duda o depresión de Jesús frente a su muerte inminente y por qué pronuncia esas palabras: «Yo creo que Jesús, muy posiblemente, está rezando el salmo 22».
El salmo 22 dice:
Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has desamparado
ajeno a mis socorros y a mis gemidos…?
Según César Vidal, en ese salmo se da expresión a la idea del justo que reflexiona sobre el hecho de que ha quedado abandonado a su destino. «Es un salmo escrito unos diez siglos antes de Jesús, pero en el que curiosamente hay una referencia al Mesías que morirá con las manos y los pies horadados, al hecho de que se repartirán sus vestiduras jugándolas a suertes, y añade que se burlarán de él en el momento de la muerte, etcétera. En fin, yo creo que hay una identificación absolutamente directa con esa figura del Mesías sufriente, que muere en medio de la mofa y la burla de sus verdugos, con el reparto de sus vestiduras y, además, con las manos y los pies taladrados».
Desde el punto de vista psicológico y psiquiátrico, las referencias son otras, naturalmente. José María Porta Tovar cree que la humanidad de Jesús se abrió paso en esos momentos. En su opinión, el rabí seguramente no contaba con la seguridad de que ése iba a ser su destino desde que tuvo uso de razón; probablemente fue descubriendo que ése era su destino a medida que se enlazaban los acontecimientos. «Yo creo que lo más doloroso de la Pasión de Cristo fue la duda. Yo creo que las dudas que tuvo que soportar y que resolver configuraron el sentimiento más doloroso que Jesús padeció durante la Pasión. No sabemos si las resolvió o no hasta el final». Las circunstancias condujeron a Jesús a la cruz y, en este punto, las distintas creencias y opiniones pueden ofrecer conclusiones y matices también diferentes. Los creyentes asegurarán que las circunstancias estaban decididas de antemano y que Jesús sólo cumplió un deseo propio y de Dios. Para los escépticos, quizá fue sólo una concatenación de hechos aislados. En todo caso, como advierte el doctor José María Porta Tovar, «él fue aceptando una tras otra estas circunstancias y solventando esas dudas en la fe de una manera prodigiosa y ejemplar».
Las palabras de Jesús en la cruz son sorprendentes desde cualquier punto de vista. Como simple ser humano que sufría un tormento horroroso, exclamó que tenía sed; se ocupó del más joven de sus discípulos e hizo prometer que Juan se ocuparía de su madre y que ésta sería una madre para Juan; al tiempo, lamentó su desamparo o, según César Vidal, oró recordando los salmos antiguos (al fin y al cabo, era un rabí instruido en las Escrituras); y, además, clamó al Cielo por aquellos que lo estaban ejecutando. Sin duda, era un mensaje revolucionario y, en cierto modo, incomprensible. Finalmente, dijo: «Todo se ha cumplido», y expiró.
José Antonio García Andrade, profesor de Psiquiatría Forense, como si tuviera en su mesa de trabajo a aquel reo ajusticiado en la cruz, nos explicaba que la crucifixión era realmente un procedimiento muy cruel. «Fue una muerte cruel porque son muchos los elementos que se van sumando poco a poco y en las distintas fases, las distintas etapas por las que atraviesa la agonía».
En aquella época, añadía el profesor García Andrade, lo importante era que el condenado a muerte padeciese una agonía lo más cruel posible y lo más larga posible. «En la muerte por crucifixión predomina un síndrome de asfixia», concluye el forense.