Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 74 de 198

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Milenio 3

La muerte de nadie

La oscura historia de Heinz Chez no daba para mucho más. Durante treinta años, todo lo que se supo de él era lo que se ha transcrito arriba, con algunas notas más o menos vagas y más o menos reales.

Y fue así hasta que un grupo de investigadores encabezados por Joan Dole, director y guionista, y ante todo con la increíble labor de rastreo y documentación del periodista valenciano Raúl Riebenbauer, quiso saber qué fue de ese vagabundo, el último ejecutado en España, del que nadie sabía nada. Heinz Chez podía ser un fantasma, pero hasta los fantasmas tienen su propia historia. Y esa historia se convirtió en el magnífico documental La muerte de nadie. El enigma de Heinz Chez, un trabajo de cuatro años que sobrecogió a los espectadores, especialmente porque en él descubrían la impresionante cortina de humo que desplegó el régimen franquista en sus últimos años. «Llegó a nuestras manos la única copia que había del sumario», decía Joan D0I5. «Era una copia mutilada, con datos dispersos que nos dieron a entender que podríamos llegar a conocer la verdadera identidad de este hombre. Era, por decirlo así, un asunto pendiente, que estaba ahí… flotando en la memoria colectiva de todos los que vivimos aquella época. Era uno de los grandes misterios judiciales del tardofranquismo, de la historia reciente. Y era un caso tan extraño que no se había podido borrar a lo largo de tanto tiempo. Digamos que quisieron crear una víctima tan perfecta que nadie se la creyó, y siempre quedó como un caso abierto».

Se eligió a un hombre sin pasado y sin futuro para oscurecer la ejecución de Puig Antich, una ejecución muy polémica, porque era un ajusticiamiento político. Se colocó a su lado a un hombre con apariencia de vagabundo y criminal para que aquel crimen pasara como una ejecución de delincuentes.

La única foto que se distribuyó de aquel hombre misterioso fue la que apareció en El Caso. Tiene una especie de abrigo, con forro, un medallón, el pelo desgreñado, bigote y su mirada es realmente facinerosa.

No era cierto.

Habían manipulado la foto.

Pedro Costa, director de la mítica serie de televisión La huella del crimen, era reportero de El Caso en aquella época: «El Caso era el único periódico de sucesos que hubo en España hasta la muerte de Franco, desde 1952 hasta 1975. Tenía muchísimos contactos y muchísimas relaciones con la policía. Cabe pensar que esa fotografía la proporcionaron con la condición de que camuflaran la imagen y que no se pudiera reconocer claramente a ese segundo personaje. Yo creo que El Caso aceptaría con tal de publicar una foto de aquel individuo, aunque estuviera manipulada. Efectivamente, se nota que el pelo estaba hecho a mano y el bigote está pintado con tinta encima, es una manipulación horrible».

Le habían pintado un bigote, le habían pintado un pelo añadido, habían deformado la foto. Pero el equipo de Joan Dole, encuentra la foto original. En ésta aparece un hombre repeinado; puede que fuera un asesino, porque atentó contra la vida de un guardia civil. En todo caso, luce un aspecto muy diferente al que se difundió en la prensa.

¿Por qué se manipuló la fotografía del último ejecutado en España con garrote vil? ¿Acaso para que nadie supiera quién era? ¿Quizá para que ni su propia familia descubriera que había muerto en España?

Joan Dole, director de esta espectacular investigación periodística, La muerte de nadie, nos habla de esa fotografía manipulada: «Sí, únicamente se repartió una fotografía, en aquel momento, y se publicó en El Caso. Yo no sé si la fotografía la retocó El Caso o la policía, pero la cuestión es que publicaron aquella fotografía ostensiblemente retocada. En aquel momento no se notaba tanto, porque los medios de reproducción no permitían advertirlo, como sucede ahora. Es una fotografía retocada que acababa de borrar la identidad de este hombre. Porque toda la operación fue una operación de “desidentificación” de este personaje. Para poder matarlo como un perro, le arrebataron todo rasgo humano, incluida su propia cara».

Es increíble, pero treinta años después, gracias a las pesquisas del periodista valenciano Raúl Riebenbauer, que incluso localizó a los familiares, sabemos que este Heinz Chez no se llamaba así. Su nombre era Georg Michael Welzel. Oficialmente, Chez era un vagabundo, probablemente un polaco apátrida; no tenía domicilio ni hijos; no tenía a nadie que fuese a ver el cajón que le servía de ataúd.

Pero Georg Michael Welzel no era polaco. Era alemán. Había huido de Alemania del Este y había viajado por Europa buscando una nueva vida lejos de la represión comunista de la República Democrática Alemana. El hecho de que nadie sepa por qué apareció en España y por qué disparó a un número de la Guardia Civil aún genera más dudas sobre el procedimiento judicial. En todo caso, Georg Michael Welzel tenía familia y tenía hijos. Eran alemanes. Y treinta años después se han enterado de lo que le sucedió a su padre.

Para explicar la manipulación, las mentiras y las trabas que rodearon este episodio se habló del conflicto entre la dictadura franquista y los países comunistas del Este, aunque la estructura política interior seguramente bastaría para arrojar luz a este tipo de corrupciones. Se dijo que si alguien supiera la verdad o reclamase el cuerpo, podrían producirse ciertos conflictos… así que no se concedió la menor posibilidad. Georg Welzel estaba acorralado, como un perro, y todo se hizo como se hacían estas cosas: rápidamente y a escondidas.

Sin embargo, Interpol sí supo quién era aquel hombre al que acababan de ejecutar en Tarragona. «En España se supo la verdadera identidad de este hombre al poco de iniciarse el proceso», asegura Joan Dole. «Lo supo la policía con toda la certeza, porque la Interpol le dio información detalladísima, pero lo escondieron y, a partir de ahí, no quisieron saber nada más, evidentemente. La familia y los hijos no lo supieron nunca».