Milenio 3
Catedrales: enclaves del poder
«Santuario de la Tradición, de la Ciencia y del Arte,
la catedral gótica no debe ser contemplada como
una obra únicamente dedicada a la gloria del cristianismo,
sino más bien como una vasta concreción de ideas,
de tendencias y de fe populares, como un todo perfecto
al que podemos acudir sin temor cuando tratamos
de conocer el pensamiento de nuestros antepasados,
en todos los terrenos: religioso, laico, filosófico o social».
FULCANELLI, El misterio de las catedrales.
Torres tan altas que parecen querer tocar el mismo cielo.
Ocurrió en un momento impreciso, a finales del medievo, y aún nadie sabe a ciencia cierta cómo y por qué sucedió. De pronto, en la oscura noche de los siglos medios, el arco de medio punto, la solidez de los muros y la penumbra del románico cedieron ante un arte nuevo que buscaba la altura de la divinidad y pretendía transformar al ser humano. Cuentan que en algunos templos que hoy conocemos con el nombre de catedrales la conjunción de la luz de las vidrieras, ciertas enigmáticas músicas entonadas en momentos precisos y extraños símbolos que hoy ya no sabemos leer producían en los fieles una suerte de cataclismo interior, una catarsis o una experiencia mágica que parece haberse olvidado.
Los manuales de arte, los libros de historia y las colecciones de documentos oficiales pueden ofrecer información y documentación precisa y necesaria. Pero, teniendo en cuenta la gran cantidad de detalles que aún permanecen ocultos a la mirada del hombre del siglo XXI, ¿no sería posible observar las catedrales con otros ojos?
Un mapa de la espiritualidad
Se da por cierto que el primer edificio gótico de Europa Occidental es la abadía de Saint-Denis, en París, comenzada hacia el año 1135. Y también se asegura que ciertos hallazgos arquitectónicos, como la bóveda de crucería (cruce de dos bóvedas de cañón románicas) y el arco ojival, fueron esenciales para levantar templos más altos y mejor iluminados.
A partir de ese momento, se produce una eclosión arquitectónica que se extiende rápidamente por Europa, y se levantan templos en Noyon, Senlis, Chartres y la catedral de Notre Dame de París (a partir del año 1163). Siguiendo las rutas del sur y los múltiples Caminos de Santiago, los arquitectos y canteros llegan hasta los reinos peninsulares, y así se levantaron las prodigiosas catedrales de Burgos, León, Toledo, Sevilla, etcétera.
En teoría, por tanto, se conocen la mayoría de los aspectos históricos, técnicos y arquitectónicos en los que se basan estas construcciones. Entonces, ¿por que el hombre del siglo XXI sigue volviendo la mirada a estos edificios, como si no los comprendiera en toda su extensión o reservaran información o emociones desconocidas? José Luis Corral, profesor de la Universidad de Zaragoza y autor del libro El número de Dios, intenta explicar por qué en esta época de satélites y tecnología avanzada el hombre moderno está volviendo las miradas a los símbolos de las catedrales, como si fuera consciente de que ha perdido un saber que ahora pretende recuperar. «Seguramente volvemos la mirada atrás porque estamos viviendo tiempos convulsos y, en tiempos convulsos, el ser humano suele echar la mirada atrás y fijarse en esas épocas en las que la gente ha sabido dar soluciones imaginativas y soluciones brillantes a problemas concretos. El problema concreto, en este caso, era que había que iluminar un edificio, que había que construir edificios más ligeros, menos pesados, mucho más brillantes, y eso se consiguió gracias al arte gótico. Las catedrales son un ejemplo del doble sentido de la luz: la luz interior, la luz que ilumina el alma, la razón y la inteligencia, y la luz que ilumina un edificio».
Conviene recordar las palabras del profesor José Luis Corral: «El doble sentido de la luz». Luz física y luz espiritual o intelectual. En realidad, parece que las catedrales —como intuye cualquier viajero que accede a uno de estos templos— proporciona un conocimiento intuitivo y espiritual. La conjunción de elementos decorativos, como gárgolas, esculturas, capiteles, etcétera, y luces y sonidos configuran en estos templos todo un mapa del conocimiento, un mapa de la espiritualidad. Hay mensajes en todos estos elementos, mensajes que pretendían transmitirse. Los maestros constructores, los maestros canteros, los vidrieros o los escultores parecían muy conscientes de esos mensajes trascendentes. Toda su obra traza un mapa de espiritualidad —desgraciadamente perdido e incomprensible para el hombre actual— y por ello, cada catedral se podría entender como una gran máquina de potenciación del espíritu y del conocimiento.
Cuando penetramos en una catedral, el alma, sea cual sea nuestra creencia, se expande y amplifica al entrar en contacto con la realidad asombrosa de estos templos del gótico. Conceptos, claves, códigos y secretos con los que los maestros canteros y arquitectos alzaron esas torres y cúpulas para alcanzar el mismísimo cielo. Auténticas máquinas de espiritualidad, repletas de símbolos que ya no sabemos leer, llenas de misterio, que plantan cara al paso de los siglos; en España y en toda Europa tenemos ejemplos que deberíamos ver con otros ojos.
Javier Sierra, escritor y periodista, director de un maravilloso monográfico de la revista Más Allá titulado «Los misterios de las catedrales: entre la alquimia y los templarios», explica cómo funcionan estas «máquinas de la espiritualidad»: «Las catedrales son máquinas de espiritualidad porque ayudaban a los antiguos, cuando entraban en esos recintos perfectamente orientados a los cuatro puntos cardinales, e incluso a determinadas constelaciones del firmamento, a trascender la materia. Sobre todo, ese sentido se encuentra en las catedrales góticas, donde su arquitectura, perfectamente matemática, sus armonías, su proporción y, sobre todo, algo que se tiene poco en cuenta, la luz filtrada a través de las vidrieras, el eco de la música retumbando en esas superficies pulidas y amplias, hacían que esa persona, por un mecanismo de transformación interior, pensara que estaba mucho más cerca de Dios».