Milenio 3
El poder de las estrellas
Célebres historiadores como el Inca Garcilaso o Bartolomé de las Casas, asombrados ante la hazaña de ese hombre, aseguraban que la actitud de Cristóbal Colón era verdaderamente portentosa. ¿Cómo era posible que aquella sucesión de maravillosos acontecimientos no parecieran sorprenderle? En sus palabras, daba la impresión de que aquel hombre, el almirante, ya sabía a qué atenerse.
Nadie duda de la capacidad de Cristóbal Colón como navegante. Es cierto que hay zonas oscuras en su biografía, como su pasión por la Orden de los Caballeros de Cristo, o una singular faceta como maestro de religión, que casó con una noble portuguesa y que otros muchos detalles de su biografía parecen velados para la Historia, pero su instrucción y su saber marino están fuera de toda discusión.
Al parecer, hacia 1484, Colón visita la Universidad de Salamanca y se entrevista con astrónomos y cosmógrafos. Para la navegación, la astronomía —o astrología, pues en aquella época constituían una misma disciplina— era absolutamente imprescindible. La orientación de las naves se basaba precisamente en el movimiento de las estrellas. Y, para eso, se necesitaban astrónomos que pudieran hacer cálculos matemáticos y geográficos. La segunda parte de esa disciplina era más peligrosa en aquellos tiempos, aunque difundidísima, y se centraba en las posibilidades de las influencias de los planetas en la vida de los hombres. Ambas partes llegaron a Occidente a través de los árabes. «Si Colón era un conocedor de astronomía y astrología, es lógico que también lo ocultara», nos decía el escritor y editor Sebastián Vázquez.
Sea cierta o no la existencia del prenauta, sea cierta o no la posibilidad de que el propio Colón hubiera realizado el viaje, sea cierto o no que dispusiera de mapas, dibujos o cartas que informaran de un nuevo mundo, lo cierto es que aquellas embarcaciones capitaneadas por el almirante se adentraron en el mar tenebroso, donde los eruditos de la época advertían de la existencia de bestias monstruosas, peces con cabezas de hombres, ballenas con varias hileras de dientes y feroces engendros marinos.
Enfermos y asustados, observando cómo el almirante garabateaba números y cifras en sus cartas de navegación, por fin los marineros escucharon la alegre voz de Rodrigo de Triana que anunciaba «¡Tierra!». El día 12 de octubre de 1492, unos marineros castellanos, enfermos y hastiados tras una agotadora travesía, cambiaron el rumbo de la Historia.
Cientos de estatuas y monumentos diseminados por todo el mundo celebran a Cristóbal Colón; hay plazas, parques, avenidas y calles en miles de ciudades que llevan su apellido; e incluso hay países y Estados que lo llevan en su nombre oficial. Sin embargo, el continente que debería haberse llamado Colombia se denominó finalmente América porque el cosmógrafo Waldseemüller creyó un relato del navegante florentino Amerigo Vespucci (Américo Vespucio), que aseguraba haber llegado al Nuevo Mundo antes que el propio Colón.
Y, mientras el mundo se asombra ante la fama de los grandes navegantes, nadie repara en un pequeño monumento que se encuentra en una recoleta plaza de Huelva. Es un monumento a un hombre que oficialmente nunca existió: Alonso Sánchez, el prenauta.