Milenio 3
Fulcanelli
¿Máquinas del espíritu? ¿Conjunción de elementos para que sintamos cosas que ya no sabemos sentir? ¿Podemos volver a entrar en esos estados alterados de conciencia dentro de una catedral? ¿Fijándonos en qué? ¿Cómo podríamos comprenderlo hoy?
Fulcanelli
Fulcanelli es el nombre del autor o autores que en 1926 dieron a conocer uno de los tratados de simbología arquitectónica más importantes de nuestro tiempo: El misterio de las catedrales. ¿Qué se sabe de Fulcanelli o «los Fulcanelli» de principios de siglo?
Sobre este libro y su autor hay muchísimas dudas y diversas teorías. Se cree que Fulcanelli es el fundador de toda una escuela del saber. También se piensa que podría tratarse de Eugéne Canseliet —prologuista de la primera edición— o, incluso, que el libro fue escrito por varias personas pertenecientes a esa escuela alquímica. En la obra se quiso sugerir que las claves que explican los más recónditos secretos de la experiencia humana están encerradas en las catedrales medievales y que éstas son susceptibles de ser activadas mediante prácticas alquímicas. Además, El misterio de las catedrales constituye un sorprendente y revelador estudio sobre las obras maestras del arte gótico y un compendio de la sabiduría hermética. Se trata de una obra poblada de símbolos y referencias a los más diversos aspectos del conocimiento.
En definitiva, ¿este texto es la herramienta para activar todos los aspectos que parecen dormidos y muertos en las catedrales? En principio, El misterio de las catedrales estaba dedicado «A los hermanos de Heliópolis». Heliópolis fue una ciudad del antiguo Egipto de gran importancia filosófica y religiosa y, tal y como su nombre indica, centro principal del culto al Sol. Los Hermanos de Heliópolis, al parecer, constituirían una sociedad filosófica secreta dedicada principalmente a la alquimia, la cábala y otros saberes esotéricos. Esa dedicatoria, dice Javier Sierra, «llamó mucho la atención, porque era tanto como vincular el Egipto antiguo con los constructores de catedrales». Para Sierra, el libro del misterioso Fulcanelli es en realidad «una guía de lectura de la catedral de Notre Dame de París, pero en una clave que no se había publicado antes jamás».
Con motivo de las distintas restauraciones, en la catedral de París se fueron eliminando las referencias a los trabajos alquímicos que se realizaban en su interior o en lugares adyacentes. Fulcanelli, o el grupo que se hacía denominar así, estudió los símbolos que podían revelar esos trabajos en la Edad Media. Medallones, inscripciones y estatuas fueron analizadas detenidamente para extraer el saber antiguo y perdido. «Uno de esos medallones, según Fulcanelli, representa el trabajo alquímico por excelencia», añade Javier Sierra. «Allí se ve una misteriosa figura sujetando unas extrañas escaleras que conectan la Tierra con el Cielo. Según Fulcanelli, ésa es la representación por excelencia del trabajo alquímico, que consiste en sublimar la materia terrestre con lo celeste a través del proceso alquímico: este proceso estaría constituido por los distintos peldaños de esa escalera. La metáfora era bellísima, y nunca hasta ese momento había sido comprendida».
Entonces, ¿es cierto que había símbolos de la alquimia en las catedrales? ¿Los hay aún? Y, respecto a los alquimistas, ¿perseguían únicamente convertir los metales en oro? Parecen haber coexistido dos tradiciones en este aspecto: una, más cercana al mito y la leyenda, trataría de manipular materia física, como el mercurio, el azufre, la plata y otros materiales con el único fin de obtener oro u otros beneficios, como la inmortalidad, por ejemplo, utilizando la llamada «piedra filosofal». Este parece haber sido el fundamento de la ciencia alquímica —la química, en definitiva—, la medicina, la farmacéutica y otras disciplinas adyacentes. Carlos V y Felipe II, por ejemplo, fomentaron y mantuvieron talleres alquímicos en sus palacios. Una segunda tradición, según indican los textos, tendría objetivos distintos: modificar y alentar la espiritualidad humana. La transformación en oro, en este caso, sería interna. Es decir, los materiales básicos serían el cuerpo y el espíritu del hombre, y, siguiendo determinados procesos, podría purificarse el alma y alcanzar la sabiduría. Tal sería, por tanto, la auténtica conversión o transmutación en oro.
Mar Rey, historiadora y autora del libro Magos y reyes, advierte que «Fulcanelli dijo haber conseguido el elixir de la transmutación, capaz de favorecer con la inmortalidad a todo aquel que lo tomaba, y nos mostró la importancia que tenía toda la simbología alquímica en las catedrales». Rey lamenta que aún no se hayan iniciado este tipo de trabajos en las catedrales españolas. En Francia, el estudio de las moradas filosofales es una variante historiográfica común y respetada, pero no ocurre lo mismo en nuestro país. Sin embargo, es evidente que este tipo de estudios es necesario, porque las preguntas se acumulan sin que puedan ofrecerse, si no respuestas, al menos teorías o hipótesis válidas: ¿dónde están situadas las catedrales? ¿Por qué se eligieron esos emplazamientos? ¿Existen alineaciones de templos con coordenadas prefijadas? ¿Guardan alguna relación con los estudios astronómicos? ¿Qué significan esas tallas y representaciones cuyo sentido hoy parece olvidado?
Lo cierto es que el hombre del siglo XXI parece perdido ante estas moles de piedra que se alzan hacia el firmamento, porque es incapaz de revelar todo el potencial que encierran. Al observarlas en sus originales emplazamientos, cabe preguntarse si los hombres del medievo que acudían a los templos de Burgos, León, Sevilla, Toledo, Barcelona, etcétera, serían capaces de leer y comprender ese mapa que hoy resulta casi incomprensible. ¿Cómo afectarían estos edificios a aquellos hombres y mujeres de «los siglos oscuros»? ¿Comprenderían lo que significaba? ¿Sabrían leer esos códigos?