Milenio 3
Ataúdes
¿Esta dolencia es un mito?
Lo cierto es que hasta bien entrada la década de 1980 se podían ver procesiones de gente en los mataderos en busca de sangre. «Algunos comerciantes y carniceros de algunos mercados de Barcelona me han dicho que hay personas que van a primera hora de la mañana para ingerir los restos de sangre de las bandejas, de las vísceras… Es asqueroso», dice Gordón. «Eso sigue ocurriendo».
Las sectas satánicas y sus ritos, como beber sangre, tienen más relación con las paranoias y otras enfermedades mentales que con el verdadero vampirismo. En algunas sociedades se llenan huevos con sangre humana y se consumen en ceremonias de vudú. La sangre es un elemento primordial en todas las culturas y el hombre la consume para buscar su hipotético poder. También se habla de los vampiros psíquicos, que absorben toda la energía de aquellos que se encuentran a su alrededor.
En la década de 1970, José Antonio García Andrade, el más prestigioso forense español, tuvo que tratar a un vampiro, sin capa y sin colmillos, pero con una auténtica sed de sangre: «Era un muchacho relativamente joven, con poca dotación intelectual, y se dedicaba a pinchar a las mujeres porque le gustaba succionar su sangre. Era curioso. Era un chico que disfrutaba y tema especial satisfacción en succionar la sangre de sus víctimas. Es el único caso de vampirismo que yo he conocido».
Ataúdes
Dice Bram Stoker en su inmortal novela que el conde Drácula, dentro de su ataúd, se hizo embarcar en una goleta llamada Démeter (nombre de una diosa griega tradicionalmente asociada a la muerte) y así llegó a las costas de Inglaterra, en medio de una formidable tormenta.
Es ficción.
Pero he aquí otra historia: a mediados de la segunda década del siglo XX —unos hablan de 1915 y otros de 1919— llegó al puerto de Cartagena un ataúd de un noble serbio. Es el caso del ataúd maldito.
Ese siniestro objeto llegó un día al puerto cartaginés y fue reclamado desde A Coruña, y así empezó un largo viaje sembrado de muertes. Manuel Montero de Espinosa siguió este asunto y aseguró que llegó a Santillana del Mar y, por medio, en distintas poblaciones, fue dejando gente desangrada y gente que fallecía cuando lo custodiaba en oficinas de correos y en las estaciones de su pestífero recorrido.