Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 160 de 198

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Milenio 3

Chuetas

Las palabras de Sebastiá d’Arbó suenan crueles. Pero él puede hablar con propiedad porque fue, quizá, el último periodista que pudo ver a los últimos enanos de ese valle de Ribes de Freser.

Las teorías para explicar esa anomalía fueron variadas. Se intentó comparar con el dantesco espectáculo que Buñuel retrató en Las Hurdes, el norte de Cáceres; se habló del aislamiento provocado por las montañas; se dijo que la pureza excesiva del agua y su ausencia de yodo producía ese bocio; se argumentó que la endogamia había producido el enanismo y otras características físicas.

Los nanos, con suerte, vivían en chozas de piedra, y así lo revelan algunos reportajes en las revistas de la época, como Crónica o Estampa, que también desvelaron otras historias que deberían haber avergonzado a un país, como la de Las Hurdes, que provocaron el viaje de Alfonso XIII para redimir a aquella gente.

Sebastiá d’Arbó nos decía que él había encontrado a uno de aquellos nanos de Ribes de Freser. «Lo tenían escondido las monjas en una residencia. Al parecer, apareció bajando la montaña. No sabía ni quién era, ni cómo se llamaba, ni cuántos años tenía. Las monjas le ayudaron… Él, de vez en cuando, saltaba la tapia y volvía a desaparecer. Al cabo de un tiempo, el pobre volvía a tener hambre y regresaba a la residencia con las monjas. Aquel hombre ya murió. Era tan pequeñito que no levantaba un metro de altura…».

 

Chuetas

Éste es el nombre que se da en las islas Baleares a los que se suponen descendientes de judíos conversos. Desde el principio fueron apartados de la sociedad, marginados por completo, e incluso se les llegaba a denominar «marranos». Sólo podían casarse con los de su misma comunidad, no podían acudir a los espectáculos, no eran invitados a ninguna reunión social y nadie deseaba estar a su lado. Por supuesto, los ciudadanos comunes se negaban a estrecharles la mano.

La persecución de los chuetas comenzó en 1675. Ese mismo año fueron ajusticiados y quemados, en un solo auto de fe, veinticuatro de ellos. En el claustro del convento de Santo Domingo se colgaban los nombres de los condenados, su culpa, su condena y una suerte de retrato de cada uno de ellos.

A los chuetas se les despojaba de sus bienes, se les acusaba de criptojudaísmo y de simular los tormentos de la Pasión de Jesús. Llegó a decirse que raptaban niños para beber su sangre, que profanaban las sagradas hostias o que realizaban ritos heréticos. Los chuetas sufrieron todos los tormentos en las cárceles del Santo Oficio y fueron conducidos en dantescas procesiones por las calles de Palma.

Tras una historia de tragedia y persecución, en el siglo XIX comenzaron a tener acceso a la escuela… siempre que ésta se encontrara en el gueto donde vivían.