Milenio 3
Bebedores de sangre en el matadero de Madrid
Pero no sólo en Cataluña existían estos personajes. La historia negra de España, con sus vampiros, sacamantecas y asesinos, ocupa la práctica totalidad del territorio peninsular.
Pueden rastrearse ejemplos en los cuatro puntos cardinales. Por ejemplo, éste: «Relato del horroroso crimen y descuartizamiento de una niña en Hurdes de Plasencia». El criminal fue José de la Iglesia, que mató a una niña llamada Francisca, de doce años, con la idea de arrancar las mantecas y salvar de la tisis a su hermana.
O este otro caso: el asesinato y descuartizamiento de dos niños, de siete y nueve años, en Béjar, provincia de Salamanca, por parte de dos sacamantecas, tristemente célebres, llamados Juan y Luisa Carricedo. El objetivo: extraer tejido graso de los niños para sanar la enfermedad de un rico ganadero.
Y el hombre del saco no es ningún cuento de niños: se llamaba Francisco Leona, vivía en Gádor, Almería, y se apoderó del cuerpo de un niño de siete años, llamado Bernardo González Parra, y lo anduvo transportando por el paisaje lunar de Almería, a cuestas, con el macabro encargo de utilizar su sangre para sanar a un rico hacendado conocido como Francisco Ortega. El crimen, cometido en un aislado cortijo que llevó el nombre de San Patricio, fue cantado por los ciegos durante décadas, estigmatizando el derruido lugar como enclave casi diabólico donde decían escucharse voces y donde casi nadie osaba acercarse.
En Madrid, a mediados de la década de los treinta del siglo pasado, en el antiguo matadero, ocurrían algunas cosas que estremecen al más templado. La revista Estampa decidió publicar un reportaje sobre un tema tabú: los bebedores de sangre. Imaginemos la escena: mujeres pálidas, enlutadas, que cargan con pucheros y con tinajas, se dirigen al matadero. Acudían a un ritual que se mantenía siempre en secreto y que se practicó hasta 1935. Eran los bebedores de sangre. Ellos aseguraban que ingerían la de los animales por prescripción médica, aunque en este punto caben todas las dudas.
Ángel Briongos, que ha estudiado en profundidad este siniestro episodio de la España más tétrica, explica en qué consistían estas prácticas: «En principio, se utilizaban toros. Eran toros especialmente seleccionados para este fin: beber sangre. Los clientes esperaban el turno, elegían al toro y cuando se les hundía el cuchillo en el pecho, colocaban el vaso debajo y bebían la sangre caliente del animal. Era así: ellos se acercaban con latas y pucheros, con cualquier recipiente… Había gente que bebía la sangre en ese preciso momento. Puede imaginarse: ese líquido espeso, rojo, humeante y cálido… Debería producir una angustiosa sensación de asco. Pues bien, ellos apuraban el vaso al máximo y lo tenían que tragar. Otros no lo bebían: lo transportaban rápidamente y se lo llevaban corriendo a determinadas personas que no se atrevían a dar la cara, a personas que no se atrevían a salir a la calle para que no las vieran beber sangre, pero que llevaban a cabo esos rituales en privado».